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Relato breve.

02/03/2015

Manos suaves, Manos Malditas

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Sentada en la terraza de un bar miraba las palmeras que se movían al son del viento, el aire era cálido, la primavera había llegado

Sentada en la terraza de un bar miraba las palmeras que se movían al son del viento, el aire era cálido, la primavera había llegado

Amor, ambición, mentiras, engaños y muerte. Un relato con un desenlace trágico, una historia de una vida de mentira, la chica que quería ser lo que no era, tener lo que no tenía, y ensuciar sus manos  si hacía falta para conseguirlo.

Sentada en la terraza de un bar miraba las palmeras que se movían al son del viento, el aire era cálido, la primavera había llegado. El sonido de las cotorras llenaba el ambiente, un par de gorriones se acercaban tímidamente por unas migas de pan tiradas en el suelo,  pero si sentían algún movimiento brusco echaban a volar rápidamente.

La silla era algo incómoda y el café amargo e intenso hicieron que en más de una ocasión tuviera arcadas, todo quedó en un intento no hubiese sido muy educado empezar a vomitar en medio de la terraza llena de extranjeros. Merecía la pena al ver la inmensidad del mar, tranquilo de color azul brillante, donde se posaban los rayos de sol, era un paisaje que hipnotizaba.

Llena de nostalgia volvieron aquellos recuerdos, los de su infancia jugando con muñecas, sin preocupaciones, ni obligaciones, sin necesidad de controlar el tiempo, con la inocencia característica de los más pequeños donde prima la sinceridad ante todo. Se preguntaba en qué momento había perdido todo aquello,  cuándo se había convertido en esa persona que al mirarse al espejo no se reconocía.

¿Quién no ha mentido alguna vez?, su pensamiento iba más allá de aquello, miraba sus manos, eran suaves y delicadas, con las uñas largas y pintadas de color rosa, un toque de brillo hacía que resaltasen y brillaran junto al mar compitiendo por los rayos de sol. Esas manos preciosas y cálidas, finas y dulces guardaban un secreto muy oscuro.

Amaia provenía de una familia humilde, había sido feliz durante su niñez, en su etapa de adolecente tuvo problemas con sus padres, nada fuera de lo normal, para esa etapa tan dura que empieza a mostrar los primeros cambios, los pequeños  pasos  que la van guiando hacia la madurez. Ambiciosa y con un carácter destacable no le gustaba que le digan lo que debía hacer, no aceptaba críticas, y no se arrepentía de sus errores. Su fuerza se desarrollaba en su mirada, intensa y penetrante, directa y firme que muchas veces emitía miedo y frío.

Conoció el amor, las primeras veces no le fue bien, pero lo dejó pasar, hasta que vio que el amor no la llevaría hacia dónde ella deseaba ir, así que se decantó por otras opciones.

Era un lunes al atardecer, Franco saldría de la oficina siguiendo su rutina de siempre, pararía por su café de la tarde y viajaría hasta su lujosa casa en el centro de Madrid, era su oportunidad, todo preparado, planeado, no había motivos para fallar.

Llevaba un vestido elegante y fino, marcaba la curvatura de su cuerpo de una forma atractiva, sin ser vulgar, sus movimientos eran delicados y lentos, sentía como si tuviera una cámara observándola, lo fingía todo a la perfección.

-Un café por favor, con una gota de leche, por favor.

Se sentó en la barra, a su lado, sin mirarlo, sin olerlo, sin sentirlo. Sacó su tableta y buscó varios archivos de economía que previamente se había descargado, algunos estudios económicos y algunas estadísticas.  Franco no pudo resistir hacer  todo lo contrario, la miró, sintió su olor incluso pudo sentir el rose de su brazo con el suyo.

En ese instante un ruido sobresaltó sus pensamientos eróticos, el móvil cayó y quedó dividido en tres partes, la tapa voló  hacia un extremo mientras la batería y la carcasa se quedaban extendidas justo debajo de su tamborete.

-Lo siento, que torpe, se me ha caído, sería tan amable de… no dejó que acabara la frase, inmediatamente la tomó del brazo para que no se agachara y él caballerosamente, recogió el móvil.

-Intentaré armarlo.

-No hace falta, muchas gracias.

-Sí, tranquila, esto se me da bien, esperemos que funcione.

-Mi torpeza siempre me juega malas pasadas. Me llamo Amaia Ruiz. Su voz era firme pero a la vez suave, quería denotar cierta timidez.

-Un placer señora Amaia, me llamo Franco Salinger.

-Señorita, por favor, dijo soltando una sonrisa que pretendía encandilarle, envolverlo, atraerlo, como una trampa diseñada especialmente para su presa.

-Bueno, el móvil está listo, ahora esperemos no tenga ningún fallo, señorita Amaia. Se miraban el uno al otro, se deseaban, se sonreían.

El tiempo pasó y la trampa dio resultado, ahora comenzaba a recoger la cosecha, todo lo que había sembrado durante algunos años. Ya no era Amaia Ruíz, ahora era la señora Salinger.

Franco era diez años mayor que ella, pensó que había encontrado al amor de su vida, a quién lo había rescatado del mundo del trabajo y le había demostrado que había cosas por descubrir y disfrutar.

Franco había fundado la empresa Salinger junto con su hermano Julio, se encargaba de la venta de software para diversas empresas, programas informáticos especializados para la mejora de la administración. Habían desarrollado un modelo nuevo de asistente virtual, que podía llevar la agenda de una empresa sin ningún inconveniente, reuniones, calendarios, viajes, elaboración de nóminas y contratos, archivos de documentación, diversas formas de organización en un solo software. Este método al ser digital, virtual, moderno y eficaz, ahorraba a la empresa de un departamento de administración específico, de una secretaría y de papeleo y extra papeleo. Estaban en una era digital, de expansión de la tecnología, las comunicaciones y los negocios, y Franco y Julio sabían aprovecharlo. La empresa a lo largo de los últimos años había recaudado millones de euros, se habían expandido a otros países, y ya no era una simple empresa familiar, eran una multinacional que tenía la patente de unos de los proyectos más innovadores del momento.

Amaia no podía dejar pasar esa oportunidad, era lo que siempre había soñado, una vida llena de lujos, era ambiciosa fría, y calculadora. En sus primeros encuentros había sentido cierta atracción hacia él, un mundo desconocido una vida y entorno nuevos que descubrir. Con el paso del tiempo su relación avanzaba, pero sus sentimientos retrocedían, ya no lo quería, no lo soportaba, no quería que la tocara, que la acariciara, ni besara. Sentía asco, pero no podía dejarlo, lo perdería todo pensaba.

Amaia había firmado unas clausulas que en caso de divorcio se quedaría sin nada, con excepción de si tuvieran hijos, ellos serían los herederos. Ella no quería tener hijos, su vida independiente se acabaría, y quedaría atada aún más a una familia que detestaba.

-Hola cariño, hoy llegas pronto.

-Sí, quiero que cenemos tranquilamente, tengo algo para contarte, es una sorpresa.

Amaia se puso un vestido nuevo que acababa de comprarse, a pesar de los años seguía hermosa, con su figura intacta, sexy y provocadora.

Franco elegante, con un taje color azul marino bajó las escaleras para tomar su mano, besarle y observarla con la mirada llena de deseo. La amaba.

-¿Dónde has reservado mesa?

-En casa, en el jardín, Blanca se ha encargado de todo.

-¿Vamos a cenar en el jardín?, me apetecía salir. Amaia sabía que si salían podría esquivar sus caricias y besos, ya que en público era un caballero.

Salieron hacia el lujoso jardín, una mesa los esperaba llena de comida y champan, el mantel era blanco, los sillones eran cómodos y suaves como la seda, podían desvanecerse en ellos eternamente.

-¿Qué querías contarme?, se sirvieron una copa, las burbujas subían hacía arriba, la espuma se derramaba.

-Nos vamos a vivir a Rusia

-¿qué? ¿Cómo?

-He cerrado un trato con una empresa allí que comprará nuestros servicios y he pensado que lo mejor sería trasladarnos allí para expandirnos más hacia el este, me han propuesto la investigación de un nuevo proyecto de software orientado a la seguridad nacional.

-No creo que sea buena idea, no quiero dejar Madrid, puedes ir tú y luego yo viajar a verte de vez en cuando.

-Amaia ¿tú crees que soy tonto?

-¿qué estás diciendo?, no te entiendo, no me consultas nada, lo planificas todo tu solo.

-Sé que no te quieres ir por Rubén, sé que tienes una aventura con él.

-¿Qué?, la cara de Amaia comenzaba a enfurecerse, pero no sólo con Franco, si no, con ella misma, ¿cómo la había descubierto?, ¿qué había salido mal?

-¿Cómo voy a estar involucrada con alguien de mi familia? Rubén es mi hermano y lo sabes.

-Eso es lo que me has hecho creer todos estos años, lo he descubierto y estoy dispuesto a perdonarte, nos iremos a Rusia, si no, ya sabes dónde tienes la puerta.

Amaia tiró la copa al suelo, los cristales estallaron contra el suelo. Se dirigió a la habitación, tumbada en la cama no sabía qué hacer, ni qué decir. Claro está que la había descubierto, después de diez años de engaños y falsedades. No podía irse allí, no podía dejar a Rubén, no podía quedarse sin nada.

Pensó lo peor, sería improvisado pero debía hacerlo esa noche, ya no aguantaba más.

Franco seguía en el jardín, apenas habían probado bocado, miraba las estrellas, se sentía traicionado, pero su amor era más fuerte, la amaba tanto que quería tenerla sólo para él, ya no le importaban las mentiras, los engaños ni lo que haya hecho, sólo quería estar con ella, y lejos de España, muy lejos de allí.

Sintió unos pasos, giró su cabeza y era ella, radiante, con un picardías blanco, sexy, su piel dorada resaltaba entre la seda blanca, su cabello castaño estaba recogido con un moño, sus ojos verdes intensos lo miraron fijamente, era imposible resistirse ella.

-Lo siento, siento la discusión, siento mi comportamiento, quiero estar contigo, y estoy dispuesta a olvidarlo todo junto a ti, nos iremos juntos a vivir una nueva vida. Su interpretación intentó ser lo más creíble posible, incluso pudo fingir una lágrima que cayó sobre su mejilla.

-¿Te apetece un baño relajante en el jacuzzi, con una buena copa, buena compañía y mucho deseo? Dijo, estirando su mano hacia él, aquella mano que esa noche se convertiría en más que una extremidad del cuerpo.

Franco estaba embobado, su belleza, sus palabras, su dulzura, era inevitable decir que no. Se levantó, la besó con mucha pasión, y de la mano fueron a su habitación. Él desnudo se metió en el jacuzzi, ella se fue desvistiendo como iniciando un ritual, lentamente, despertando deseo, pasión, y violencia. Franco nunca imaginaría que sería la última vez que la tocaría, que deslizaría sus dedos por sus pechos, por su cuerpo entero.

En el extremo derecho de la bañera había un champan helado, y dos copas a su lado, Amaia eligió la derecha, tomó un trago, y la colocó en el otro extremo, se abalanzó sobre él, lo besó, pidió con ganas que la penetrara, que estuviera dentro de ella, él estaba loco, la abrazó con fuerza y hundió su pene lo mas que pudo para saciarla, hicieron el amor varias veces, luego bebieron relajadamente. Franco comenzó a sentirse cansado, sus ojos se cerraban, e intentaba mantener la cabeza firme pero era más fuerte que él. Intentó salir de la trampa, y ella con sus delicadas manos lo retuvo dulcemente.

-¿A dónde vas? , quiero que te quedes conmigo, aquí los dos relajados.

-No me encuentro bien, saldré un momento

Otro intento para levantarse y cayó de rodillas, no lo pudo evitar, se desvaneció.

-Cariño, ¿te encuentras bien?, no recibió respuesta, tocó su rostro por última vez, posó sus manos sobre su cara rodeándola y hundiéndola bajo el agua, no había resistencia alguna, lo mantuvo así unos cinco minutos, lo suficiente para que ya no respirara.

 

Sentada en aquella terraza de sillas incómodas, sintiendo el sol, contemplando el mar, y escuchando a los pájaros cantar y hablar en su propio idioma. Escuchó la sirena de la policía.

 

jacuzzi

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Relato breve.

08/09/2014

El Sueño

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He soñado reiteradas veces que asesino a mi padre y a mi hijo.

Tranquila, estamos aquí para hablar relajadamente si quiere puede tumbarse y cerrar los ojos si le hace sentir más cómoda.

Tranquila, estamos aquí para hablar relajadamente si quiere puede tumbarse y cerrar los ojos si le hace sentir más cómoda.

 

Estaba nerviosa, el Doctor  López me hizo pasar a la consulta  saludándome muy amablemente, su gesto cercano al abrir la puerta y su mirada dulce hizo que me sintiera más cómoda. El despacho era grande, muy amplio, había un escritorio grande de color marrón oscuro,  con un sillón grande que seguramente cubría toda la espalda al sentarse.  Enfrente había dos sillas más pequeñas, no parecían tan cómodas cómo el sillón.

Me hizo señas con la mano hacia un sofá que estaba en el lado derecho del despacho, al sentarme, noté su suavidad, él me miraba de una forma especial. Estaba acostumbrada a estar con hombres y nunca nadie me había mirado así, con ternura y simpleza. Ni mis curvas extravagantes, ni mi gran escote habían provocado nada en él.

Tenía el pelo canoso, un hombre adentrado en cierta edad, era normal que sea prudente con sus pacientes. Podría ser mi padre, tal vez era así como me miraba como un padre.

-Bueno señorita Arantxa, ¿qué es lo que la trae a esta consulta?-, su delicadeza hacía que le mirara embobada en vez de prestar atención a mis verdaderos motivos.

– No sé, por dónde empezar, estoy un poco nerviosa-

– Tranquila, estamos aquí para hablar relajadamente si quiere puede tumbarse y cerrar los ojos si le hace sentir más cómoda. -Prefería observar su rostro y sus gestos, así que desistí de su proposición.

-Últimamente no me encuentro bien, mi vida nunca ha sido fácil, pero estoy teniendo pesadillas todos los días, no puedo descansar bien-

-¿A qué se dedica?

-Soy puta, dicho vulgarmente, ejerzo la prostitución como medio de subsistencia, para mantener a mi hijo y a mi padre- Observé detenidamente su rostro y no se sorprendió de mi oficio. Tenía razón Susana cuando me dio su número, no me siento incómoda.

-¿Sobre qué sueña?

Eso es lo alarmante doctor, son pesadillas muy feas que no paran y estoy empezando a tener miedo. Yo vivo con mi padre ciego, está mayor y enfermo y tengo un hijo de seis años, se llama Lucas, es muy guapo y cariñoso. He soñado reiteradas veces que asesino a mi padre y a mi hijo.

El doctor seguía sin sorprenderse y con tranquilidad me preguntó cuándo habían empezado los sueños, y con qué frecuencia los tenía.

-Hábleme sobre su padre-

Cuando era pequeña mi padre Francisco me decía: – eres una princesa muy bonita y cuando seas mayor serás una hermosa Reina.

–          ¿Reina de qué? Preguntaba con curiosidad

–          Reina de tu propio mundo, de tu vida y tu futuro. Cuando llegue el momento te darás cuenta.

Esas palabras aún están en mí, luché con todas mis fuerzas para llegar a ese reino, para ser la máxima autoridad de mi vida, pero las cosas no salieron como pensaba, la vida es muy difícil, el mundo muy complicado.

Mi padre se quedó ciego a causa de un accidente laboral, la empresa no se hizo responsable, y la subvención  que le asignaron no le alcanzaba para vivir, mi madre huyó cuando yo era muy pequeña, no se adaptó a la vida familiar, y decidió seguir volando  abandonándonos a los dos. Él sufrió mucho pero siguió adelante por mí, para que no me falte de nada, y ahora me toca a mí hacer lo mismo.

-¿Se siente en deuda con Francisco?

-No – Su pregunta me tomó desprevenida y me quedé muda.

-Amo a mi padre, jamás le haría daño, quiero lo mejor para él.

-Yo no he dicho que no le quiera, simplemente pregunto si siente que es su responsabilidad, si siente que le debe algo-

Su tono de voz era sereno, mientras hablaba tomaba nota en una libreta que apoyaba en su regazo, me intrigaba saber qué anotaba, tal vez en un descuido si estiraba mi cuello podría leer algo.

-¿Cuántos años tiene su padre?-

Sesenta y tres, él está bien, sólo que la ceguera lo complica todo, ya se acostumbró a moverse por la casa, pero no puede hacer su vida de antes. Durante el día yo estoy allí. Hasta las nueve de la noche, cuando me voy al club. Vuelvo sobre las siete de la mañana.

-¿Tiene miedo de perder a su padre, Arantxa?-

No sé, supongo que sí, todo el mundo tiene miedo cuando se trata de perder a un ser querido.

-¿Cuénteme el último sueño que tuvo?-

Fue todo muy extraño, me desperté sudada entera y agitada, nunca había pasado tanto miedo. Era de noche, estaba muy oscuro, yo caminaba con prisa, miraba hacia atrás pero nadie me seguía, trotaba cada vez más rápido, de pronto corría con todas mis fuerzas pero no avanzaba, intentaba mover mis piernas más rápido pero ahí seguía en el mismo lugar. Miró mis manos y tenía sangre en ellas, no entendía que había pasado. Aparecía mi casa a lo lejos, caminaba hacia allí, estaba la puerta abierta, los llamaba y no contestaban, y de repente estaban  tumbados en el suelo, miraba mi mano y ya no sólo tenía sangre si no, que tenía unas tijeras y comenzaba propinar puñaladas por todo su pecho, sin parar. En ese momento me desperté. No pude evitar alterarme al recordarlo, un escalofrío en mi cuerpo me hizo tocarme el pecho y desear colocarme una chaqueta encima.

-¿De qué tiene miedo?, ¿Cree que en realidad puede llegar a convertir en realidad sus sueños?

-No lo sé, a veces me siento cansada de todo, trabajar en la noche no es fácil, y cuando llego a casa muchas veces no puedo descansar, me siento sola y agotada-

-Tal vez ahí están sus respuestas, lo que siente es agotamiento y estrés, y su cuerpo lo está manifestando a través de sueños.  Se ha terminado por hoy, la espero el jueves, intente descansar, y relajarse-

Hablar con él me ayudó bastante, si bien ya sé que estoy agotada y cansada de todo, no es necesario pagar sesenta euros para que me lo diga un psicólogo. Me tengo que ir a casa rápido, ya esta anocheciendo, debo hacer la cena y preparar a mi padre para la cama.

Al llegar a casa, vi la  puerta abierta, me extrañó porque le tengo dicho a Francisco que no salga si estoy fuera de casa, al entrar había unas sillas tiradas sobre el suelo, me asusté, comencé a llamarlo a gritos a ambos, mientras recorría la casa, mi corazón latía fuerte, me faltaba el aire.

La cara se me descompuso al sentir un fuerte olor nauseabundo que venía de uno de los cuartos, sentía miedo, tanto como lo había sentido en mis sueños. Me miré las manos, temblaban pero estaban limpias no tenían sangre. Abrí lentamente la puerta, tuve que taparme la nariz porque no se podía respirar del fuerte olor.

Mi cuerpo se desvaneció, cayendo de rodillas, mis ojos brillaban pero no salían lágrimas de ellos, el silencio se apoderó de la situación.

Cuando pude recomponerme cerré la puerta con cuidado, y me dirigí al salón, cogí el teléfono y marque el número de Susana, mi amiga.

– Hola Arantxa, ¿Cómo estás?- contestó en el tercer tono.

– He vuelto a tener el mismo sueño-  dije mientras miraba la caja del costurero abierto sobre la mesa, estaba todo en su sitio, lo único que faltaba eran las tijeras.

Tenía en mis manos unas tijeras y comenzaba propinar puñaladas por todo su pecho.

Tenía en mis manos unas tijeras y comenzaba propinar puñaladas por todo su pecho.

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Relato breve.

15/07/2014

Secreto de Fuego

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La intriga pudo más que el respeto

 

No podía decírselo, el miedo y la vergüenza habían vuelto.

No podía decírselo, el miedo y la vergüenza habían vuelto.

 

Una vez más los chismes de la gente habían llenado de incógnitas su cabeza.

Julia provenía de una familia trabajadora, su padre había sido panadero y su madre realizaba arreglos de ropa. Siempre había sido feliz hasta que descubrió un pasado que cambió su vida.

Marta era joven y atractiva, aquella noche volvía de trabajar de la fábrica a la que asistía planchando  todo tipo de jersey, cuando una persona se acercó a ella, lentamente fueron subiendo el tono de voz, empezaron los forcejeos y Marta cayó al suelo.

Todo ocurrió muy rápido, casi no pudo defenderse, la vergüenza se apoderó de ella, deseaba morir, desaparecer del mundo. Apenas con dieciséis años Marta afrontó su embarazo, sus padres decidieron mandarla al pueblo en donde había crecido a cargo de una tía, que se ocuparía de ella. La alejaron de la ciudad, la alejaron de ellos, la alejaron de todo tipo de justicia que quisiera reclamar.

En el pueblo conoció a Francisco un hombre que a sus 35 años no se había casado o bien no había encontrado el amor, no era agraciado por su físico ni por la fisionomía de su cara, pero era bueno y solidario. Su tía la obligó a casarse con él, para intentar borrar la vergüenza de la familia. Juntos criaron a Julia.

Nunca le dijeron la verdad, en el pueblo se rumoreaban cosas pero Julia nunca había hecho caso a habladurías del pueblo, hasta que se hizo mayor y sus dudas empezaron a emerger en busca de respuestas.

Una mañana encontró un baúl en el armario de su madre, estaba cerrado con llave y era pequeño, su madre no escondía nada, ¿por qué iba a tener un baúl cerrado con llave, qué había allí dentro? La intriga pudo más que el respeto, buscó una llave pequeña que tenía de un diario íntimo e intentó abrirlo, sin conseguirlo siguió intentando con varios objetos hasta que consiguió el objetivo, al abrir la caja lo primero que vio fue una foto de sus abuelos, nunca los había conocido, y cuando había preguntado a su madre por ello, ella había esquivado el tema, decía simplemente que estaban muertos.

También encontró una carta, su papel estaba amarillento y desgastado. Sintió un ruido y pensó en guardar todo aquello, en que no debía hacerlo, pero algo dentro de su corazón le decía lo contrario.

 

1997  Madrid.

Hola hija, no sé cómo empezar a escribir esta carta, no es correcto que lo haga sin el consentimiento de tu padre, pero no puedo más con este dolor. Sé que no hicimos bien enviándote lejos de nosotros, ya es tarde para enmendar errores. Yo intenté creerte, quise aceptarlo pero tenía los ojos vendados, nunca me lo perdoné.

Ahora son mis últimos días, y no me quiero ir sin pedirte perdón. Se me desgarra el corazón con tu recuerdo, me gustaría tanto verte. Intentamos hacer lo que era mejor para nosotros sin pensar en ti.

Tu desdicha esa noche nos marcó la vida, nos hirió el alma, hija mía cuanto lo siento, nunca más volví a sentir felicidad después de tu partida, mis días se amargaron y la luz se apagó, solo quedó oscuridad y llanto silencioso oculto por las noches.

Espero que algún día puedas perdonarnos, o al menos que sepas que nunca te olvidé y siempre estás presente en mi corazón.

Te quiero hija.

Isabel  Torrevieja.

Al terminar de leerlo Julia se quedó pensativa, tu desdicha ¿a qué se refería?, ¿entonces ellos la echaron de casa?

Siguió buscando en la caja y encontró un colgante, parecía de oro, era una cadena muy fina con una virgen pequeña, estaba rota.

Al ver a Julia con el baúl  en sus manos,  el vaso que llevaba cayó al suelo partiéndose en mil pedazos, Julia no supo cómo reaccionar y se quedó inmóvil frente a su madre.

–          Lo siento madre-

–          ¿Qué haces fisgoneando mis cosas? ¿dónde está el respeto a tu madre?, yo no te crié así- Marta estaba enfurecida y alterada.

–          Quiero saber la verdad madre-

El bofetón resonó en su cara dando un enorme giro, la palma de la mano de Marta quedó enrojecida mientras empezaban a brotar lágrimas por sus ojos.

Julia aturdida y conmocionada no podía creer que su madre le hubiese pegado, lo que le hizo suponer que escondía algo mucho más grave de lo que ella se había imaginado.

Bajó la mirada y pidió perdón, sentía que debía preguntar, y no excusarse. Pero tal vez no era el momento. Julia salió corriendo y se encerró en su habitación.

Tenía muchas preguntas, sentía dudas de todo y en ese momento recordó las habladurías del pueblo que habían puesto en duda la paternidad de Francisco. ¿Y si no es mi padre?

Golpeó la puerta de la habitación de su madre, allí estaba con la carta en la mano, hecha un mar lágrimas, derrotada, hundida.

–          ¿Puedo pasar?, de veras que lo siento mucho, no quería hacerte daño, simplemente tenía curiosidad, la gente habla…

–          La gente habla lo que quiere, porque están aburridos de sus vidas y buscan cosas en la vida de los demás para entretenerse- dijo muy seria interrumpiendo a Julia.

–          Ya soy grande, sé que lo que hice no está bien, pero tengo derecho a saber la verdad-

–          ¿Qué verdad? ¿La que la gente se inventa? , guardó la carta en el sobre y cerro el baúl.

–          ¿Quiero saber porqué los abuelos te alejaron de ellos?, ¿Francisco es mi padre?- lo soltó sin más, se merecía otra bofetada y si la recibía no se quejaría.

Marta rompió a llorar, se tapó la cara con las manos, no le salían las palabras.

–          Voy a buscar un vaso de agua, dijo Julia levantándose de la punta de la cama en donde se había sentado.

–          Intentando tranquilizarse, Marta miró a los ojos a su hija, la abrazó y le dijo: -Te quiero como nunca he querido a nadie, eres lo más importante en mi vida desde que naciste.-

Julia esperaba confirmar la verdad, se sentía triste, enojada, engañada y fría.

-Quiero saberlo todo- dijo alejándose de su madre.

Marta no podía contener las lágrimas, el dolor en su pecho era cada vez más intenso. No podía decírselo, el miedo y la vergüenza habían vuelto. Se tocó el pecho con la mano y entre sollozos y quejidos empezó a tener dificultad para respirar, sus ojos se transformaron.

Julia desesperada empezó a pedir ayuda, gritando, tratando de acostar a su madre  no sabía cómo ayudar, llamó a emergencias, salió a la calle y no dejaba de pedir auxilio.

La ambulancia llegó en 15 minutos, al entrar encontraron al Julia abrazada a su madre en la cama, sostenía su mano. Su cuerpo aún estaba caliente, ya no respiraba.

 

¿Por qué iba a tener un baúl cerrado con llave, qué había allí dentro?

¿Por qué iba a tener un baúl cerrado con llave, qué había allí dentro?

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Relato breve.

11/07/2014

La Cucaracha

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La reventó con fuerza y odio, con asco y repugnancia como sentía por su marido.

No podía hacer nada para evitarlo, hundida en la resignación intentaba satisfacerlo para que terminara rápido.

No podía hacer nada para evitarlo, hundida en la resignación intentaba satisfacerlo para que terminara rápido.

 

Esa noche volvió cansado y borracho como siempre, muchas veces no le apetecía ni acostarse con ella, lo cual Sara lo agradecía y daba gracias a Dios. Esa noche fue diferente, estaba excitado y quería tener sexo.

Sara estaba ya acostada en la cama, se hacía la dormida, si se resistía sabía que iba a ser peor, aparte de ser obligada a hacerlo recibiría unos cuantos golpes, mientras más rápido lo hagamos más rápido se acabará pensaba.

Carlos se acostó a su lado y la abrazó intensamente, lo sintió extraño hasta casi cariñoso, y de repente sintió la dureza de su miembro queriendo entrar en su ano. Sara no quería hacerlo, sabía que la lastimaría siendo rudo. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, era un llanto  silencioso, lleno de dolor. No podía hacer nada para evitarlo, hundida en la resignación intentaba satisfacerlo para que terminara rápido.

Al cabo de un rato cuando ya estaba satisfecho Carlos se acomodó en el lado derecho de la cama y dijo

-apaga la luz, y no empieces a dar vuelta yendo al baño, que te conozco bien- sus palabras eran serias, estrictas y oscuras.

Perdida en la oscuridad de la habitación y con los ojos llenos de lágrimas que caían por sus mejillas, se quedó inmóvil, casi sin pestañar, con ganas por dentro de gritar fuertemente, de pedir ayuda, socorro.  Sus pensamientos la llevaban a un mar tenebroso lleno de ira, quería matarlo, quería deshacerse de él, quería que sufriera y mucho, lo odiaba, le tenía asco. Y también se odiaba a sí misma porque estaba allí compartiendo cama con ese monstruo, aguantándolo.

Pero esto algún día  tiene que acabar, entre malos pensamientos logró dormirse para dar fin a un día horrible y empezar uno nuevo que tal vez sería peor.

Carlos no siempre había sido así con ella, en algún momento de su historia la llegó a amar, Clara sintió que su mundo era perfecto cuando se conocieron, era detallista, amable y muy cariñoso, la protegía todo el tiempo, la cuidaba y demostraba que su cuento de hadas iba a terminar con un final feliz.

Los años pasaban y el amor se fue gastando, Carlos se convirtió en alguien oscuro, frío, y tenebroso, el miedo se apoderó de Clara.

A Carlos no le gustaba que se relacionase con nadie, él siempre le decía que no valía para tener amigas, si ni siquiera sabía cuidar a su marido.  Las amigas que tuvo en la infancia las fue perdiendo con el tiempo, tal vez por su propio aislamiento, y las discusiones que había tenido al decidir casarse con Carlos, en más de una ocasión ellas le habían dicho que no era hombre para ella, que escondía algo. Clara nunca quiso hacer caso, ella veía a un Carlos enamorado y perfecto. Ahora pensaba que tonta había sido, que ciega había estado.

De vez en cuando hablaba con una tía que se había ocupado de ella cuando era niña, la relación se había  roto cuando ella decidió  casarse con Carlos, decidida y enamorada se enfrentó a la poca familia que tenía  y ahora ya no podía volver el tiempo atrás.

Tenía una vecina más mayor que ella que de vez en cuando tocaba su puerta para preguntarle si estaba bien, ella  apreciaba tanto a ese gesto, pero siempre intentaba que  la conversación fuera corta de tiempo por miedo que venga su marido y la encontrara con doña Amelia.

En ocasiones la había amenazado y le había dicho que  mataría a la vieja si la veía allí.  Recuerda exactamente sus palabras:

– cuando la vea por aquí la mato y a ti también- no dudaba de que algún día llegaría ese momento, por eso debía impedirlo mientras pudiera y pensar como librarse de él antes de que él lo hiciera con ella.  Clara sabía que si lo mataba ella primero, en la cárcel no estaría tan mal como en su propia casa, igualmente estaría encerrada como lo estaba ahora.

Esa mañana se levantó triste y amargada, las huellas del sufrimiento continuo marcaban su rostro, lleno de moretones, rojeces y cicatrices. No le gustaba verse al espejo, ni salir a la calle, se veía y se sentía fea.

Limpiando la cocina encontró una cucaracha – ¡Oh santo dios que asco!, cómo ha entrado hasta aquí, eso es lo que trae el verano, pensó,  que los bichos empiezan a salir e invaden todo.

De un zapatazo la mató, la cucaracha tal vez ni siquiera sintió el golpe, la reventó con fuerza  y odio, con asco y repugnancia como sentía por su marido. Dejó el zapato en el suelo,  se sentó en una silla y mirando hacia la puerta vinieron las ideas a su cabeza. Si su marido era una cucaracha, debía aplastarlo y  reventarlo así.

Esa noche cuando Carlos regresó de trabajar  lo esperaba con una cena suculenta, tal vez una cena romántica.

–       ¿Qué chorrada es esto de velas y mantel? ¿no habrás gastado dinero en esto verdad?- dijo despreciando la decoración que había sobre la mesa.

–       No, esto lo tenía guardado, quería darte una sorpresa.- Sentía rencor, impotencia, pero quería que comiera y que comiera mucho.

–       Estas tonterías no me gustan, tú sabes lo que me gusta nena- dijo riéndose. -Quiero una cerveza.-

Se sentaron a cenar, la comida olía bien, Carlos se estiró en la mesa apagó las velas y cuando su mujer le sirvió la comida, aprovechó para meterle mano en su nalga, la apretó y le dio un golpe.

–       Te quedaste contenta anoche ¿verdad?, ¿eso es, quieres repetir?, dijo riéndose mientras empinaba la lata de cerveza hasta dejarla vacía.

Cenaron, Clara a penas probaba bocado, sólo lo miraba, miraba sus gestos, su forma de comer desesperadamente y de beber sin parar, si esa noche no sucedía lo que ella esperaba, sabía que la sorpresa terminaría en golpes.

Se sentaron en el sofá, Carlos después de seis cervezas comenzaba a tener sueño, a incomodarse y ponerse inquieto.

Un calambre en su estómago lo hizo tirarse al suelo, se agarraba la barriga con las dos manos, gritaba de dolor  hasta casi llorar, se retorcía en el suelo dando arcadas, y teniendo convulsiones, su cuerpo no paraba de moverse, como una víbora pensaba Clara, se retorcía en el suelo como lo que era.

Su boca empezó a largar espuma, pedía auxilio, suplicaba.

Clara se levantó y después de observarlo unos minutos le dijo

–       No te preocupes mi amor voy a buscar ayuda-

Salió hacia el lavadero, buscó un martillo que escondía en una caja vieja llena de polvo. Era de hierro, grande y pesado.

Al entrar al salón veía como Carlos se arrastraba hacia la puerta, débil con los ojos entreabiertos. Golpeó tantas veces su miembro como dolor había sentido en cada violación.

Carlos gritó de dolor, sudaba y tiritaba. Ya casi no podía moverse, un último golpe en su cabeza acabó con su agonía. La sangre corría por su ropa.

Su cabeza estaba, hundida y aplastada, como la cucaracha en la cocina.

 

Golpeó tantas veces su miembro como dolor había sentido en cada violación.

Golpeó tantas veces su miembro como dolor había sentido en cada violación.

 

 

 

 

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Relato breve.

08/07/2014

Cielo Azul

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Yo no tengo nada que perder, porque lo único que tuve en la vida ya no era mío.

Yo no tengo nada que perder, porque lo único que tuve en la vida ya no era mío.

 

Desamparada no sabía que hacer, no sabía a dónde dirigir la mirada, aquellos ojos verdes que brillaban al sol, casi lagrimosos de tan solo recordar que su amor no estaba, que nunca volvería, que la había abandonado para siempre.

Cómo duele amar pensó, como cuesta olvidar y sanar las lastimaduras de un amor perjudicial y dañino. Cómo no me dí cuenta antes, se reprochaba a sí misma, había tantas señales que intentaban abrirme los ojos, y yo estaba ciega.

Nancy  entraba y salía de su terraza sin parar, se sentía en una mezcla de tristeza y ansiedad, tenía miedo de estar sola, de quedarse inmersa en la soledad eterna, no se veía capaz de volverse a enamorar ni de querer tan profundamente a alguien. Tal vez lo que más temía era que nadie la quisiera nunca, estaba convencida que Jesús nunca la había amado verdaderamente, y ya era tarde para estar buscando amores, pensaba que era mayor para tonterías de enamoramientos y menos con un corazón roto.

El salón de la casa era grande, tenía un sofá color crema y unos sillones individuales haciendo juego, ella era muy ordenada, le gustaba tenerlo todo conjuntado y combinando colores,  había una estantería pegada a la pared  llena de libros, le encantaba leer.

Se desplomó en el sofá dejando caer su cuerpo, meditando sobre su vida, sobre el engaño y las mentiras. Ella sabía que tenía algo dentro que le costaba expresarlo, que no lo podía definir pero que la inquietaba, reconocía que estaba dolida, pero aquello iba más allá del dolor. Se pasó la mano por la frente secando gotas de sudor frío, estaba nerviosa, se encontraba inestable, intentó cerrar los ojos, relajarse y olvidar.

Aparecieron las imágenes de aquella mujer morena, alta y más joven que ella, con un cuerpo de modelo a juzgar por el criterio de Nancy, a esa imagen se le acercaba una sombra en un principio era pequeña pero a medida que avanzaba se iba haciendo más y más grande, hasta que aparecía físicamente la imagen de un hombre, era Jesús  que abrazaba esa cintura delgada, acercando su rostro al de ella, penetrando sus labios en aquellos labios color rojo, tan llamativos como lo era ella entera.

Abrió sus ojos de repente intentando borrar lo que había visto esa tarde, pero sentía que era imposible. La rabia se mezclaba con el dolor y con la impotencia de no poder hacer nada.  Nancy tenía cincuenta años, trabajaba en una panadería haciendo pan, para ella era el mejor pan de la ciudad. Toda la vida había trabajado en la misma panadería era como de la familia, pero ella se sentía sola, no tenía hermanos y sus padres habían fallecido hacía bastantes años.

Su cuerpo era dentro de lo que ella denominaba normal, era más bien baja de estatura y con algunos kilos de más, era imposible resistirse a comer bocados y pastas en el trabajo. Había dedicado su vida a amar, cuidar y complacer a Jesús, incluso en la decisión de no tener hijos, para tenerse siempre el uno al otro. Saltaron lágrimas de sus ojos y sus puños se encogieron con fuerza demostrando indignación.

Después de secar su rostro y adoptar una conducta más tranquila pensó que no tenía nada que perder, porque lo único que había tenido en su vida, ya no era de ella. Se levantó,  retocó su maquillaje y salió de casa.

No iba a volver a enamorarme, era demasiado daño el que sentía, pero tampoco me voy a hundir sola, voy a caer muy bajo pero dos personas caerán conmigo, fue el pensamiento en su mente que despertó el odio que había acumulado, eran señales que había evitado pero que todo el tiempo le habían indicado que acabara con todo de una vez, que las personas cometen errores y que se arrepentirán de ello.

No quería conducir así que tomó un taxi.

– Al centro por favor- dijo subiendo al coche  sin mirar al chófer.

Al bajarse se dirigió a la calle central, dónde se alojaban la mayoría de las tiendas,  buscaba una en particular, cielo azul era su nombre, era una tienda de accesorios y ropa de bebé.

Al entrar por la puerta,  los ojos de la dependienta demostraron sorpresa, justo lo que Nancy  buscaba.

– Hola Soy Nancy- dijo con un tono seguro y con los ojos mirando fijamente a Diana, la dependienta.

El establecimiento estaba vacío, era la oportunidad perfecta de completar el plan.

– Sé quién eres, ¿qué buscas?-

Nancy se acercó lentamente sin dejar de mirarla y cuando la tubo tan cerca, como cuando su marido la abrazaba, le  introdujo un cuchillo en el abdomen derecho, con más fuerza se desquitó y propició otro cerca del hígado, y así hasta cerca de veinte puñaladas, desatando una furia incontrolable, una fuerza que no sabía de dónde salía pero que le daba la energía suficiente para seguir y seguir.  Estaba fuera de sí, no pensaba en nada, no veía nada. Las imágenes que aquella tarde la acechaban habían desaparecido.

Nancy salió del local número tres, Cielo Azul, teñida de rojo. Se sentó en la puerta, estiró su brazo y a la altura del codo realizó un corte profundo desangrándose en pocos minutos.  En su bolsillo había una nota que decía:

Yo ya no tengo nada que perder, porque lo único que tuve en la vida ya no era mío, Jesús eres un asesino. 

 

cropped-images9.jpg           20 puñaladas

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Relato breve.

02/07/2014

Perdón amor mío…

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¡Carta de perdón!

 

El amor a veces nos engaña, nos hace sufrir, no alegra, nos devuelve a la vida. Superar un desengaño es duro, te sientes abatido, con mil preguntas y ninguna respuesta, con un dolor en el pecho intenso y un sentimiento de amargura y desanimo, pero con el tiempo se va superando, lo vas dejando atrás, tal vez te cueste más o menos, pero nadie muere de amor, repones fuerza, tratas de conectarte en otras cosas, el trabajo, los amigos, la familia.

Todo cambia cuando el amor de tu vida deja este mundo, y te abandona igualmente pero contra su voluntad preso de su destino. El dolor se convierte en intenso y crónico. La impotencia de no poder remediarlo o cambiarlo se apodera de ti y te hunde cada vez más, hasta que tocas fondo.

Iris decidió que no quería provocarle ese dolor al amor de su vida, alejándose de él.  Confiaba en que él se repondría, encontraría un muevo amor y sería feliz, pero en sus últimos días, cuando su corazón comenzaba a pararse, decidió escribir esta carta.

 

 

Hola amor mío:

Soy Iris, si estás leyendo esto ahora es porque estoy muerta, ya no estoy en este mundo. Siempre me dijiste que no le tenías miedo a la muerte, que cuando llegara tú hora te marcharías sin más, pero yo sí, temo por mi muerte hasta el último momento, que es este en el que con gran dificultad estoy escribiendo estas palabras para ti. Eres merecedor de ellas y de muchas más, porque me lo diste todo, el amor, el respeto y la sinceridad absoluta. Fuiste bondadoso con migo, paciente, y a veces gruñón.

No me atreví a que vivieras este dolor tan grande a mi lado, te quise, te quiero y te querré siempre, por eso tuve que irme, para que no me veas desintegrarme poco a poco. Sé que eres un hombre muy inteligente y que sospechabas algo en mi reacción tan apresurada de dejarlo todo y marcharme, no podía afrontar el dolor de verte sufrir, de dejarte solo en este mundo que no  valoré hasta que supe que no tenía tiempo, que debía marcharme.

Cuanto lo siento el haberte hecho a un lado de mi situación, estoy segura que recibiría tu apoyo, pero a la vez te vería derrumbarte ante mí y no lo soportaría.

Preferí que te decepcionaras de mí y te enojaras pensando que me alejaba sin ningún motivo, que me apartaba de ti abandonándote.

Preferí tu rencor y odio antes que el dolor de verte sufrir por mi muerte, por la injusticia de la vida y del destino que trazaron esta línea para mí.

Acá se apaga mi sol, la luz de las mañanas y el calor que sentía mi piel al penetrar sus rayos, aquí se acaba mi respiración, que últimamente es entrecortada y suave, lentamente va desapareciendo, aquí se acaba el latido de este corazón que como un reloj roto ha dejado de funcionar, que pese al gran amor que lo mantenía vivo no pudo resistir.

Perdón, porque te enteres así de que jamás dejó de amarte mi alma, de que nunca te engañé y siempre te tuve en mi mente en cada momento que estaba lejos de ti.

Cuando me enteré de que el tumor en mi cerebro era definitivo, que el tiempo empezaba a contar hacia atrás no me quedó otra opción que empujarte al vacío y alejarte de mí lo más rápido posible.

Perdón amor mío, por hacerte llorar, preguntándote qué habías hecho mal, por dejarte noches sin dormir, por renegar del amor, y por odiarme.

Perdón amor mío por no dejarte elegir, y privarte de la verdad. En estos momentos, mis últimos momentos te los dedico a ti, amor mío, que iluminaste mi camino y me guiaste, me cuidaste y me aconsejaste.

Me gustaría escribirte mil hojas, pero mi aliento se va apagando poco a poco y la debilidad se apodera de mí, dejándome inmóvil, sin poder continuar.

Perdón amor mío…

¡Perdón amor mío!

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Relato breve.

19/06/2014

El Sótano

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El Sótano, un lugar dónde esconder recuerdos.

El Sótano, un lugar dónde esconder recuerdos.

 

Aquel día José dijo basta, iba a bajar al sótano y a limpiarlo todo, hacía tiempo que quería hacerlo pero los recuerdos lo abrumaban, el miedo y la soledad lo estaban convirtiendo en alguien que no era, un hombre perezoso, agrio, rebelde de sus instintos. Ya no quería sobrevivir, prefería ir a donde nadie sabe, pero creen que será mejor.  Más de una vez se había amenazado con un taladro pero su cobardía había evitado la tragedia.

Cuando bajó por las escaleras sintió un escalofrío que le sacudió todo el cuerpo, tembló y su piel se erizó, con cada escalón que bajaba venían más y más recuerdos a su cabeza.

Lo primero que vio al encender la luz, fue aquel mueble de roble antiguo que ella tanto se había empeñado en guardar, no servía para nada, él se lo había dicho más de una vez, pero aún así, Clara quería conservarlo, le parecía una pieza antigua y única, cómo lo era su amor.

Comenzó por la derecha, había muchas cajas una encima de otra y el polvo lo inundaba todo, pasó la mano por encima y estornudó.  Se limpió la nariz maldiciendo y  pensó otra vez:

– ¿qué hago aquí?, ¿porqué no dejarlo todo tal como está?, ¿para qué renovar todas estas sensaciones que me sacuden el corazón y me ahogan en un mar de pena?

Se tocó el pecho con la mano, bajó la mirada y las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos tristes, enrojecidos e hinchados de tanto frotarlos.

Decidió a abrir la primera caja, metió la mano con suavidad y extendió sus tapas, y ahí estaba, no pudo aguantar suspirar, gemir y sollozar, no entendía cómo no había salido corriendo aún. Lo tocó, era tan suave, su color rosa permanecía intacto pese a los años que llevaba allí metido en aquella caja, era su pañuelo, se lo había regalado por su primer aniversario. Le apeteció olerlo, sentirlo, para sentirla a ella una vez más, para respirar su olor, su perfume a jazmines que le volvían loco. Pero la decepción se marcó en su rostro al no sentir nada, olía a viejo, como sus recuerdos,  a naftalina, lo quitó rápidamente de su nariz, e hizo un gesto de asco y lo guardó en su bolsillo. La caja estaba llena de libros, los preferidos de Clara, y  algunos DVD de películas que solían ver juntos.

Con cada caja que abría se le desgarraba el corazón, pero había llegado la hora de deshacerse de aquella tortura, y una vez tomada la decisión tenía que continuar porque no se veía capaz de volverlo a intentar.

Al cabo de las siete de la tarde tenía apiladas unas cuantas cajas arriba listas para sacarlas a la calle, al subir tomó un bocadillo que había dejado a medias al mediodía, estaba seco y desabrido, pero no le importó; hacía tiempo que había dejado de probar bocado, comía a deshoras, comida precalentada, y sándwich. Se había quedado en los huesos, de pesar  ochenta y cinco kilos ahora pesaba sólo sesenta.

José era de estatura mediana, al quedarse tan delgado sus manos parecían gigantes ante sus brazos, siempre había destacado en su mirada el color de sus ojos verdes cristalinos, y su nariz que era grande y con un leve toque hacia abajo. A Clara le encantaba, se perdía entre sus ojos, siempre le decía que tenía una mirada dulce, tierna, tan suave como la seda.

Se limpió las manos en el pantalón y decidió bajar una vez más, este sería el tercer y último viaje, por fin acabaría con aquella agonía. Era lo que le habían recomendado que hiciera y a lo que estaba dispuesto hacer después de cinco años.

Su terapeuta lentamente veía que estaba saliendo adelante, y eso le confortaba como profesional, le había dicho que el primer paso para seguir  con su vida era empezar a vivir, él no se había muerto, ella sí. Pero José se sentía tan muerto como ella, sólo que él en este mundo y Clara en dónde vamos cuando morimos.

Pensó  que al terminar lo primero que haría sería abrir su portátil y enviar un correo a Luis, contarle que al fin lo había logrado y que estaba preparado para la siguiente fase de la terapia.

Con la última caja en las manos sintió un aire que recorrió todo el sótano y por un instante lo hizo tambalear, todos sus pensamientos de logro triunfal se desvanecieron y una vez más lo invadió la inseguridad y el miedo. Sintió frío, y era julio, era imposible que corriera aire fresco en ese momento, trató de tranquilizarse y excusar la situación:

– He debido de dejar la puerta abierta de la calle- musitó en voz alta pero entrecortada.

La sensación le recorrió todo el cuerpo y lo único que pudo imaginar es que era ella, que estaba allí con él, una presencia fantasmal que no quería salir de su vida, o todo lo contrario, que quería ser libre de la prisión de aquel sótano.

Con tantos pensamientos y esa electricidad en el cuerpo la caja se deslizó por las manos, escuchó el golpe al dar contra el suelo, se abrió y los álbumes de fotos que contenían quedaron desparramados en el suelo; uno quedó abierto y vio su foto, ella era morena con unos rizos electrizantes, con ojos color café y una sonrisa pura y sincera, sin ninguna duda era muy  fotogénica.

Paralizado frente a su foto vio y sintió una luz blanca y rutilante, que podía deslumbrarlo, se tapó los ojos, el corazón le latía a mil por hora, parecía que iba a salir de su pecho.

Estaba allí con él, podía verla, quería tocarla, hablarle, besarle, pero estaba pasmado, inmóvil,  ni siquiera podía pestañearpor miedo a que desapareciera.

Estiró su mano para alcanzarla, y vio un camino que  se le elevaba hacia el infinito, no lo podía creer, nunca había sabido lo que era el infinito hasta aquel día. La luz desapareció y la paz interior que sintió le inundó el alma. Por fin volvía a ser feliz.

 

El sótano                          El sótano 3

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