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Relato breve.

02/03/2015

Manos suaves, Manos Malditas

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Sentada en la terraza de un bar miraba las palmeras que se movían al son del viento, el aire era cálido, la primavera había llegado

Sentada en la terraza de un bar miraba las palmeras que se movían al son del viento, el aire era cálido, la primavera había llegado

Amor, ambición, mentiras, engaños y muerte. Un relato con un desenlace trágico, una historia de una vida de mentira, la chica que quería ser lo que no era, tener lo que no tenía, y ensuciar sus manos  si hacía falta para conseguirlo.

Sentada en la terraza de un bar miraba las palmeras que se movían al son del viento, el aire era cálido, la primavera había llegado. El sonido de las cotorras llenaba el ambiente, un par de gorriones se acercaban tímidamente por unas migas de pan tiradas en el suelo,  pero si sentían algún movimiento brusco echaban a volar rápidamente.

La silla era algo incómoda y el café amargo e intenso hicieron que en más de una ocasión tuviera arcadas, todo quedó en un intento no hubiese sido muy educado empezar a vomitar en medio de la terraza llena de extranjeros. Merecía la pena al ver la inmensidad del mar, tranquilo de color azul brillante, donde se posaban los rayos de sol, era un paisaje que hipnotizaba.

Llena de nostalgia volvieron aquellos recuerdos, los de su infancia jugando con muñecas, sin preocupaciones, ni obligaciones, sin necesidad de controlar el tiempo, con la inocencia característica de los más pequeños donde prima la sinceridad ante todo. Se preguntaba en qué momento había perdido todo aquello,  cuándo se había convertido en esa persona que al mirarse al espejo no se reconocía.

¿Quién no ha mentido alguna vez?, su pensamiento iba más allá de aquello, miraba sus manos, eran suaves y delicadas, con las uñas largas y pintadas de color rosa, un toque de brillo hacía que resaltasen y brillaran junto al mar compitiendo por los rayos de sol. Esas manos preciosas y cálidas, finas y dulces guardaban un secreto muy oscuro.

Amaia provenía de una familia humilde, había sido feliz durante su niñez, en su etapa de adolecente tuvo problemas con sus padres, nada fuera de lo normal, para esa etapa tan dura que empieza a mostrar los primeros cambios, los pequeños  pasos  que la van guiando hacia la madurez. Ambiciosa y con un carácter destacable no le gustaba que le digan lo que debía hacer, no aceptaba críticas, y no se arrepentía de sus errores. Su fuerza se desarrollaba en su mirada, intensa y penetrante, directa y firme que muchas veces emitía miedo y frío.

Conoció el amor, las primeras veces no le fue bien, pero lo dejó pasar, hasta que vio que el amor no la llevaría hacia dónde ella deseaba ir, así que se decantó por otras opciones.

Era un lunes al atardecer, Franco saldría de la oficina siguiendo su rutina de siempre, pararía por su café de la tarde y viajaría hasta su lujosa casa en el centro de Madrid, era su oportunidad, todo preparado, planeado, no había motivos para fallar.

Llevaba un vestido elegante y fino, marcaba la curvatura de su cuerpo de una forma atractiva, sin ser vulgar, sus movimientos eran delicados y lentos, sentía como si tuviera una cámara observándola, lo fingía todo a la perfección.

-Un café por favor, con una gota de leche, por favor.

Se sentó en la barra, a su lado, sin mirarlo, sin olerlo, sin sentirlo. Sacó su tableta y buscó varios archivos de economía que previamente se había descargado, algunos estudios económicos y algunas estadísticas.  Franco no pudo resistir hacer  todo lo contrario, la miró, sintió su olor incluso pudo sentir el rose de su brazo con el suyo.

En ese instante un ruido sobresaltó sus pensamientos eróticos, el móvil cayó y quedó dividido en tres partes, la tapa voló  hacia un extremo mientras la batería y la carcasa se quedaban extendidas justo debajo de su tamborete.

-Lo siento, que torpe, se me ha caído, sería tan amable de… no dejó que acabara la frase, inmediatamente la tomó del brazo para que no se agachara y él caballerosamente, recogió el móvil.

-Intentaré armarlo.

-No hace falta, muchas gracias.

-Sí, tranquila, esto se me da bien, esperemos que funcione.

-Mi torpeza siempre me juega malas pasadas. Me llamo Amaia Ruiz. Su voz era firme pero a la vez suave, quería denotar cierta timidez.

-Un placer señora Amaia, me llamo Franco Salinger.

-Señorita, por favor, dijo soltando una sonrisa que pretendía encandilarle, envolverlo, atraerlo, como una trampa diseñada especialmente para su presa.

-Bueno, el móvil está listo, ahora esperemos no tenga ningún fallo, señorita Amaia. Se miraban el uno al otro, se deseaban, se sonreían.

El tiempo pasó y la trampa dio resultado, ahora comenzaba a recoger la cosecha, todo lo que había sembrado durante algunos años. Ya no era Amaia Ruíz, ahora era la señora Salinger.

Franco era diez años mayor que ella, pensó que había encontrado al amor de su vida, a quién lo había rescatado del mundo del trabajo y le había demostrado que había cosas por descubrir y disfrutar.

Franco había fundado la empresa Salinger junto con su hermano Julio, se encargaba de la venta de software para diversas empresas, programas informáticos especializados para la mejora de la administración. Habían desarrollado un modelo nuevo de asistente virtual, que podía llevar la agenda de una empresa sin ningún inconveniente, reuniones, calendarios, viajes, elaboración de nóminas y contratos, archivos de documentación, diversas formas de organización en un solo software. Este método al ser digital, virtual, moderno y eficaz, ahorraba a la empresa de un departamento de administración específico, de una secretaría y de papeleo y extra papeleo. Estaban en una era digital, de expansión de la tecnología, las comunicaciones y los negocios, y Franco y Julio sabían aprovecharlo. La empresa a lo largo de los últimos años había recaudado millones de euros, se habían expandido a otros países, y ya no era una simple empresa familiar, eran una multinacional que tenía la patente de unos de los proyectos más innovadores del momento.

Amaia no podía dejar pasar esa oportunidad, era lo que siempre había soñado, una vida llena de lujos, era ambiciosa fría, y calculadora. En sus primeros encuentros había sentido cierta atracción hacia él, un mundo desconocido una vida y entorno nuevos que descubrir. Con el paso del tiempo su relación avanzaba, pero sus sentimientos retrocedían, ya no lo quería, no lo soportaba, no quería que la tocara, que la acariciara, ni besara. Sentía asco, pero no podía dejarlo, lo perdería todo pensaba.

Amaia había firmado unas clausulas que en caso de divorcio se quedaría sin nada, con excepción de si tuvieran hijos, ellos serían los herederos. Ella no quería tener hijos, su vida independiente se acabaría, y quedaría atada aún más a una familia que detestaba.

-Hola cariño, hoy llegas pronto.

-Sí, quiero que cenemos tranquilamente, tengo algo para contarte, es una sorpresa.

Amaia se puso un vestido nuevo que acababa de comprarse, a pesar de los años seguía hermosa, con su figura intacta, sexy y provocadora.

Franco elegante, con un taje color azul marino bajó las escaleras para tomar su mano, besarle y observarla con la mirada llena de deseo. La amaba.

-¿Dónde has reservado mesa?

-En casa, en el jardín, Blanca se ha encargado de todo.

-¿Vamos a cenar en el jardín?, me apetecía salir. Amaia sabía que si salían podría esquivar sus caricias y besos, ya que en público era un caballero.

Salieron hacia el lujoso jardín, una mesa los esperaba llena de comida y champan, el mantel era blanco, los sillones eran cómodos y suaves como la seda, podían desvanecerse en ellos eternamente.

-¿Qué querías contarme?, se sirvieron una copa, las burbujas subían hacía arriba, la espuma se derramaba.

-Nos vamos a vivir a Rusia

-¿qué? ¿Cómo?

-He cerrado un trato con una empresa allí que comprará nuestros servicios y he pensado que lo mejor sería trasladarnos allí para expandirnos más hacia el este, me han propuesto la investigación de un nuevo proyecto de software orientado a la seguridad nacional.

-No creo que sea buena idea, no quiero dejar Madrid, puedes ir tú y luego yo viajar a verte de vez en cuando.

-Amaia ¿tú crees que soy tonto?

-¿qué estás diciendo?, no te entiendo, no me consultas nada, lo planificas todo tu solo.

-Sé que no te quieres ir por Rubén, sé que tienes una aventura con él.

-¿Qué?, la cara de Amaia comenzaba a enfurecerse, pero no sólo con Franco, si no, con ella misma, ¿cómo la había descubierto?, ¿qué había salido mal?

-¿Cómo voy a estar involucrada con alguien de mi familia? Rubén es mi hermano y lo sabes.

-Eso es lo que me has hecho creer todos estos años, lo he descubierto y estoy dispuesto a perdonarte, nos iremos a Rusia, si no, ya sabes dónde tienes la puerta.

Amaia tiró la copa al suelo, los cristales estallaron contra el suelo. Se dirigió a la habitación, tumbada en la cama no sabía qué hacer, ni qué decir. Claro está que la había descubierto, después de diez años de engaños y falsedades. No podía irse allí, no podía dejar a Rubén, no podía quedarse sin nada.

Pensó lo peor, sería improvisado pero debía hacerlo esa noche, ya no aguantaba más.

Franco seguía en el jardín, apenas habían probado bocado, miraba las estrellas, se sentía traicionado, pero su amor era más fuerte, la amaba tanto que quería tenerla sólo para él, ya no le importaban las mentiras, los engaños ni lo que haya hecho, sólo quería estar con ella, y lejos de España, muy lejos de allí.

Sintió unos pasos, giró su cabeza y era ella, radiante, con un picardías blanco, sexy, su piel dorada resaltaba entre la seda blanca, su cabello castaño estaba recogido con un moño, sus ojos verdes intensos lo miraron fijamente, era imposible resistirse ella.

-Lo siento, siento la discusión, siento mi comportamiento, quiero estar contigo, y estoy dispuesta a olvidarlo todo junto a ti, nos iremos juntos a vivir una nueva vida. Su interpretación intentó ser lo más creíble posible, incluso pudo fingir una lágrima que cayó sobre su mejilla.

-¿Te apetece un baño relajante en el jacuzzi, con una buena copa, buena compañía y mucho deseo? Dijo, estirando su mano hacia él, aquella mano que esa noche se convertiría en más que una extremidad del cuerpo.

Franco estaba embobado, su belleza, sus palabras, su dulzura, era inevitable decir que no. Se levantó, la besó con mucha pasión, y de la mano fueron a su habitación. Él desnudo se metió en el jacuzzi, ella se fue desvistiendo como iniciando un ritual, lentamente, despertando deseo, pasión, y violencia. Franco nunca imaginaría que sería la última vez que la tocaría, que deslizaría sus dedos por sus pechos, por su cuerpo entero.

En el extremo derecho de la bañera había un champan helado, y dos copas a su lado, Amaia eligió la derecha, tomó un trago, y la colocó en el otro extremo, se abalanzó sobre él, lo besó, pidió con ganas que la penetrara, que estuviera dentro de ella, él estaba loco, la abrazó con fuerza y hundió su pene lo mas que pudo para saciarla, hicieron el amor varias veces, luego bebieron relajadamente. Franco comenzó a sentirse cansado, sus ojos se cerraban, e intentaba mantener la cabeza firme pero era más fuerte que él. Intentó salir de la trampa, y ella con sus delicadas manos lo retuvo dulcemente.

-¿A dónde vas? , quiero que te quedes conmigo, aquí los dos relajados.

-No me encuentro bien, saldré un momento

Otro intento para levantarse y cayó de rodillas, no lo pudo evitar, se desvaneció.

-Cariño, ¿te encuentras bien?, no recibió respuesta, tocó su rostro por última vez, posó sus manos sobre su cara rodeándola y hundiéndola bajo el agua, no había resistencia alguna, lo mantuvo así unos cinco minutos, lo suficiente para que ya no respirara.

 

Sentada en aquella terraza de sillas incómodas, sintiendo el sol, contemplando el mar, y escuchando a los pájaros cantar y hablar en su propio idioma. Escuchó la sirena de la policía.

 

jacuzzi

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Relato breve.

23/02/2015

Relato La Transformación

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Sentía que era injusto dañar a la persona que más te ama, prefiriendo engañarse a sí mismo, y renunciar a Carla, por no apagar el brillo de Bárbara.

Sentía que era injusto dañar a la persona que más te ama, prefiriendo engañarse a sí mismo, y renunciar a Carla, por no apagar el brillo de Bárbara.

 

Soñaba con una vida distinta en donde no existían las mentiras ni los engaños, dónde cada uno es lo que es y nadie juzga a nadie, donde todos se aman sin importar condición física, ni sexual, ni espiritual.

 

Sentada enfrente del espejo se iba desmaquillando poco a poco, las pestañas postizas eran guardadas con cuidado para poder usarlas nuevamente, los labios color rojo intenso volvían a ser pálidos. Los ojos ya no brillaban, los parpados no reflejaban luz, y el tono e piel había vuelto a su normalidad, donde se dejaban ver los poros abiertos de la abundante depilación con algunas rojeces.

Parecía una piel totalmente diferente, una cara distinta pero unos mismos ojos observando ambas facetas. El vestido ya se lo había quitado y estaba colgado en el armario, las medias que cubrían las piernas sostenidas con un portaligas color negro, se deslizaba lentamente hacia abajo, en un lento movimiento que la masajeaba y acariciaba a la vez. Las plataformas en el costado de la cama esperaban ser sustituidas por los zapatos color marrón número  cuarenta y uno que posaban a su lado.

Carla era  muy femenina con movimientos sexys culminaba su rutina de transformación,  le gustaba más la primera parte, en dónde se convierte en princesa, que la última cuando vuelve a la realidad en plena medianoche.

Con unos jeans puestos, una camiseta color azul y sus zapatos color marrón,  subió las escaleras que daban a la calle, a la salida del club Half.

– He Carlos, no te olvides que mañana cambiamos turno, tienes que estar aquí a las seis, no me falles- gritó desde la puerta Lorenzo mientras le guiñaba un ojo.

-No te preocupes guapa, aquí estaré, hasta mañana- Saludó levantando su mano y moviendo sus dedos delicadamente.

La noche estaba fresca, se arrepintió de no haberse llevado una chaqueta, lo último que quería era resfriarse en ese momento en donde su carrera estaba despegando.

Carlos había conseguido un papel en una revista teatral, protagonizaba un papel secundario pero muy influenciado por los personajes principales, por lo tanto salía en gran parte de la obra. También trabaja en un club de noche, con un show streeptis , por las mañanas aprovechaba para ensayar la obra.

El paso ligero hasta la parada del metro lo hizo entrar en calor, ya no sentía escalofríos, miró su reloj y vio que el metro no tardaría en llegar, en media hora estaría en casa.

Entró sigilosamente, tal vez intentando no hacer ruido, sin encender la luz dio los primeros pasos en plena oscuridad hasta que sus pupilas se acostumbraron y empezó a definir las figuras de los muebles del salón, su mente ya sabía el recorrido, la cantidad de pasos que debía dar, dónde girar, y encontrar así la puerta del dormitorio, eran varios años haciendo lo mismo, la práctica se había adueñado de su rutina convirtiéndola en algo perfecto, jamás topaba con nada, y el silencio permanecía constante en la casa.

Al entrar en la cama sintió el calor entre las sábanas, le sabía tan rico después del frío de la noche, al taparse y girarse hacia el lado derecho su postura favorita y más cómoda, un brazo cálido y cariñoso rodeó su cuerpo, un beso en la nuca lo hizo estremecer.

-Cariño que bueno que ya hayas llegado, que descases mi vida. Su voz era suave y fina, estaba entre dormida pero le gustaba aferrarse a su cuerpo, sentir su olor y su respiración.

-Que descanses tú también Bárbara.

Cerró sus ojos y se imaginó otra vida, la que siempre había soñado, en donde no existían las mentiras ni los engaños, dónde cada uno es lo que es y nadie juzga a nadie, donde todos se aman sin importar condición física, ni sexual, ni espiritual. Pero al despertarse se daba cuenta que ese mundo no era real.

-Buenos días, levanta cariño que llegarás tarde al trabajo, te hice el almuerzo lo tienes en una bolsa sobre la mesa. El desayuno ya está listo también.- Le dio un beso en la mejilla y acarició su rostro, su mirada era tierna y llena de amor.

-Enseguida me levanto- dijo girándose hacia el otro lado de la cama- luego nos vemos.

-Me voy a llevar a los niños a la escuela, luego haré la compra y pasaré por la tienda para ver si necesitan ayuda.

-Perfecto, nos vemos luego.-Aún no era capaz de abrir los ojos.

El horario de Carlos era variado, por las mañanas se levantaba en torno las ocho treinta y se marchaba hacia la casa de Roberto un amigo que le prestaba el piso para sus ensayos y para prepararse para el club, luego volvía a casa sobre las dos, comía con Barbará y volvía al club en torno a las seis o a las ocho depende del turno. Laboralmente estaba bien, ganaba lo suficiente para sacar adelante a su familia y vivir dignamente.

La vida de Carla era totalmente reducida, se limitaba al horario de seis de la tarde a pasadas las doce de la medianoche,  intentaba robar parte de la vida de Carlos, tal vez más tiempo siendo Carla, pero a veces era imposible, se sentía frustrada, quería ser libre, tener  más tiempo, disfrutar de la vida y no solo del club.

Al llegar a casa Bárbara preparó la comida, recogió la casa, y ansiosa esperó a Carlos a que entrara por la puerta, quería mimarlo y consentirlo después de tanto trabajo que tenía por la mañana en una obra de peón, y por la noche de seguridad en un solar apartado de la ciudad.

Sabía que Carlos trabaja duro para que ella y los mellizos fueran felices y no les faltara de nada, por lo tanto ella intentaría hacer lo mismo con él, cuidarlo y consentirlo todo lo que pudiera. Los niños comían en el cole, por eso la comida era su horario favorito en dónde podían estar juntos y tener cierta intimidad.

Al llegar a casa Carlos se dio una ducha y fue hacia la cocina, se sentó en la mesa.

-¿Cómo ha estado tu día hoy?

-Bien, un poco cansado, pero bien, ya tenemos la obra casi terminada.

-¡Qué bueno!, en la tienda de mi madre todo normal, he pasado por allí pero no había gente así que me he vuelto pronto a casa.

-Esta tarde me voy más pronto, necesitan en la empresa de seguridad que entre antes así que descansaré un poco y me marcho.

Carlos a penas probaba bocado, se sentía incómodo, era mucho tiempo fingiendo una vida de mentiras, que aunque quisiera decir la verdad no sabría por dónde empezar. Su rostro emanaba tristeza y resignación, mientras veía la luz que desprendía  Bárbara al mirarle.

Sentía que era injusto dañar a la persona que más te ama, prefiriendo engañarse a sí mismo, y renunciar a Carla, por no apagar el brillo de Bárbara. Él la quería, habían sido novios de pequeños, creía que se había enamorado, pero un día se dio cuenta de que en realidad no estaba enamorado de ella,  sino más bien quería ser como ella, se había quedado encantado con su forma de andar, sus gestos, sus movimientos, su sensualidad, la admiraba, quería transformarse en ella. Luego llegaron los mellizos, Álvaro y Agustín que cambiaron su vida para siempre, lo ataron más a una vida que no quería tener.

-¿Estás bien?, te noto algo callado.

-No, tranquila solo que estoy cansado, intentaré dormir un rato antes de irme.

Se recostó en la cama, cerró los ojos y escucho los pasos sensuales de Bárbara al entrar en la habitación, iba sólo en ropa interior, se acercó y comenzó a acariciarlo y besarle, Carlos se dejó llevar pero en su mente estaba Carla, la verdad, las mentiras, la vida fingida, el trabajo inventado. No pudo continuar.

-¿Qué pasa?, ¿no te apetece?, llevamos tiempo sin estar juntos, sólo quería relajarte.

-No pasa nada, no me encuentro bien- comenzó a vestirse sin mirar a Bárbara a los ojos- tengo que marchar, luego nos vemos por la noche- la besó en la frente y salió de la habitación dejando un camino de aroma a su piel mezclado con perfume hasta llegar a la puerta donde se esfumaba todo rastro.

Bárbara no lo entendía, hacía tiempo lo notaba lejos, frío, comenzó a pensar e imaginar lo peor. – ¿Y si me está engañando?, ¿tal vez tenga otra mujer?, o sólo está cansado. Su cabeza comenzó a dar vueltas, buscando respuestas, inventando preguntas, encontrando escusas.

Revisó su armario, registró su ropa, sus cajones, su correo electrónico, pero no encontró nada, era una mezcla de alivio y preocupación porque no lograba averiguar porque Carlos ya no era el de antes, ya no sonreía, ya no era feliz.

Una mañana decidió seguirlo a la obra, su rostro quedó pálido al verlo entrar en una casa, que no era precisamente una obra en construcción, su corazón palpitaba sin parar, y sus ojos se llenaban de lágrimas, -lo sabía, tiene otra familia, otra mujer- pensó.

Caminó despacio hasta la entrada de la casa, quiso asomarse por la ventana pero temía que la vieran, rodeo el jardín lentamente agachada y sin perder de vista la puerta principal. Cuando encontró un lugar cómodo fuera del alcance de cualquier observador  que la sorprendiera, escuchó voces, eran en forma de versos, tal vez diálogos, no entendía muy bien lo que se decía pero era la voz de Carlos, podía reconocerlo. Sus lágrimas caían por sus mejillas y una impotencia y rabia se adueñó de ella, quería saberlo todo, estaba dispuesta a enfrentarlo cuando al asomarse por la ventana  su corazón dio un vuelco, se quedó sin respiración, la vista se nublaba y sentía desvanecerse, se sostuvo de los barrotes de la ventana y lo único que pudo decir fue -¿Carlos eres tú? -Cayó al suelo semiinconsciente, intentando imaginar que estaba en un sueño, que no era verdad lo que había visto.

Carlos al verla desplomarse salió corriendo de la casa y la sostuvo en sus brazos, la purpurina reflejaba los rayos de sol en su cara, su rostro maquilado a la perfección y con cierta exageración se enmudeció, la miraba, la acariciaba, no se atrevía a decir su nombre. Arrodillada y con Bárbara entre sus brazos, Carla sintió el alivio de la verdad, el fuego de la mentira y el dolor de Bárbara.

Carla sintió el alivio de la verdad, el fuego de la mentira y el dolor de Bárbara.

Carla sintió el alivio de la verdad, el fuego de la mentira y el dolor de Bárbara.

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