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Relato breve.

11/07/2014

La Cucaracha

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La reventó con fuerza y odio, con asco y repugnancia como sentía por su marido.

No podía hacer nada para evitarlo, hundida en la resignación intentaba satisfacerlo para que terminara rápido.

No podía hacer nada para evitarlo, hundida en la resignación intentaba satisfacerlo para que terminara rápido.

 

Esa noche volvió cansado y borracho como siempre, muchas veces no le apetecía ni acostarse con ella, lo cual Sara lo agradecía y daba gracias a Dios. Esa noche fue diferente, estaba excitado y quería tener sexo.

Sara estaba ya acostada en la cama, se hacía la dormida, si se resistía sabía que iba a ser peor, aparte de ser obligada a hacerlo recibiría unos cuantos golpes, mientras más rápido lo hagamos más rápido se acabará pensaba.

Carlos se acostó a su lado y la abrazó intensamente, lo sintió extraño hasta casi cariñoso, y de repente sintió la dureza de su miembro queriendo entrar en su ano. Sara no quería hacerlo, sabía que la lastimaría siendo rudo. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, era un llanto  silencioso, lleno de dolor. No podía hacer nada para evitarlo, hundida en la resignación intentaba satisfacerlo para que terminara rápido.

Al cabo de un rato cuando ya estaba satisfecho Carlos se acomodó en el lado derecho de la cama y dijo

-apaga la luz, y no empieces a dar vuelta yendo al baño, que te conozco bien- sus palabras eran serias, estrictas y oscuras.

Perdida en la oscuridad de la habitación y con los ojos llenos de lágrimas que caían por sus mejillas, se quedó inmóvil, casi sin pestañar, con ganas por dentro de gritar fuertemente, de pedir ayuda, socorro.  Sus pensamientos la llevaban a un mar tenebroso lleno de ira, quería matarlo, quería deshacerse de él, quería que sufriera y mucho, lo odiaba, le tenía asco. Y también se odiaba a sí misma porque estaba allí compartiendo cama con ese monstruo, aguantándolo.

Pero esto algún día  tiene que acabar, entre malos pensamientos logró dormirse para dar fin a un día horrible y empezar uno nuevo que tal vez sería peor.

Carlos no siempre había sido así con ella, en algún momento de su historia la llegó a amar, Clara sintió que su mundo era perfecto cuando se conocieron, era detallista, amable y muy cariñoso, la protegía todo el tiempo, la cuidaba y demostraba que su cuento de hadas iba a terminar con un final feliz.

Los años pasaban y el amor se fue gastando, Carlos se convirtió en alguien oscuro, frío, y tenebroso, el miedo se apoderó de Clara.

A Carlos no le gustaba que se relacionase con nadie, él siempre le decía que no valía para tener amigas, si ni siquiera sabía cuidar a su marido.  Las amigas que tuvo en la infancia las fue perdiendo con el tiempo, tal vez por su propio aislamiento, y las discusiones que había tenido al decidir casarse con Carlos, en más de una ocasión ellas le habían dicho que no era hombre para ella, que escondía algo. Clara nunca quiso hacer caso, ella veía a un Carlos enamorado y perfecto. Ahora pensaba que tonta había sido, que ciega había estado.

De vez en cuando hablaba con una tía que se había ocupado de ella cuando era niña, la relación se había  roto cuando ella decidió  casarse con Carlos, decidida y enamorada se enfrentó a la poca familia que tenía  y ahora ya no podía volver el tiempo atrás.

Tenía una vecina más mayor que ella que de vez en cuando tocaba su puerta para preguntarle si estaba bien, ella  apreciaba tanto a ese gesto, pero siempre intentaba que  la conversación fuera corta de tiempo por miedo que venga su marido y la encontrara con doña Amelia.

En ocasiones la había amenazado y le había dicho que  mataría a la vieja si la veía allí.  Recuerda exactamente sus palabras:

– cuando la vea por aquí la mato y a ti también- no dudaba de que algún día llegaría ese momento, por eso debía impedirlo mientras pudiera y pensar como librarse de él antes de que él lo hiciera con ella.  Clara sabía que si lo mataba ella primero, en la cárcel no estaría tan mal como en su propia casa, igualmente estaría encerrada como lo estaba ahora.

Esa mañana se levantó triste y amargada, las huellas del sufrimiento continuo marcaban su rostro, lleno de moretones, rojeces y cicatrices. No le gustaba verse al espejo, ni salir a la calle, se veía y se sentía fea.

Limpiando la cocina encontró una cucaracha – ¡Oh santo dios que asco!, cómo ha entrado hasta aquí, eso es lo que trae el verano, pensó,  que los bichos empiezan a salir e invaden todo.

De un zapatazo la mató, la cucaracha tal vez ni siquiera sintió el golpe, la reventó con fuerza  y odio, con asco y repugnancia como sentía por su marido. Dejó el zapato en el suelo,  se sentó en una silla y mirando hacia la puerta vinieron las ideas a su cabeza. Si su marido era una cucaracha, debía aplastarlo y  reventarlo así.

Esa noche cuando Carlos regresó de trabajar  lo esperaba con una cena suculenta, tal vez una cena romántica.

–       ¿Qué chorrada es esto de velas y mantel? ¿no habrás gastado dinero en esto verdad?- dijo despreciando la decoración que había sobre la mesa.

–       No, esto lo tenía guardado, quería darte una sorpresa.- Sentía rencor, impotencia, pero quería que comiera y que comiera mucho.

–       Estas tonterías no me gustan, tú sabes lo que me gusta nena- dijo riéndose. -Quiero una cerveza.-

Se sentaron a cenar, la comida olía bien, Carlos se estiró en la mesa apagó las velas y cuando su mujer le sirvió la comida, aprovechó para meterle mano en su nalga, la apretó y le dio un golpe.

–       Te quedaste contenta anoche ¿verdad?, ¿eso es, quieres repetir?, dijo riéndose mientras empinaba la lata de cerveza hasta dejarla vacía.

Cenaron, Clara a penas probaba bocado, sólo lo miraba, miraba sus gestos, su forma de comer desesperadamente y de beber sin parar, si esa noche no sucedía lo que ella esperaba, sabía que la sorpresa terminaría en golpes.

Se sentaron en el sofá, Carlos después de seis cervezas comenzaba a tener sueño, a incomodarse y ponerse inquieto.

Un calambre en su estómago lo hizo tirarse al suelo, se agarraba la barriga con las dos manos, gritaba de dolor  hasta casi llorar, se retorcía en el suelo dando arcadas, y teniendo convulsiones, su cuerpo no paraba de moverse, como una víbora pensaba Clara, se retorcía en el suelo como lo que era.

Su boca empezó a largar espuma, pedía auxilio, suplicaba.

Clara se levantó y después de observarlo unos minutos le dijo

–       No te preocupes mi amor voy a buscar ayuda-

Salió hacia el lavadero, buscó un martillo que escondía en una caja vieja llena de polvo. Era de hierro, grande y pesado.

Al entrar al salón veía como Carlos se arrastraba hacia la puerta, débil con los ojos entreabiertos. Golpeó tantas veces su miembro como dolor había sentido en cada violación.

Carlos gritó de dolor, sudaba y tiritaba. Ya casi no podía moverse, un último golpe en su cabeza acabó con su agonía. La sangre corría por su ropa.

Su cabeza estaba, hundida y aplastada, como la cucaracha en la cocina.

 

Golpeó tantas veces su miembro como dolor había sentido en cada violación.

Golpeó tantas veces su miembro como dolor había sentido en cada violación.

 

 

 

 

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