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Relato breve.

26/01/2015

Éxtasis

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Mi cerebro no lo podía controlar, vibraciones, sensaciones, espasmos.

Mi cerebro no lo podía controlar, vibraciones, sensaciones, espasmos.

Lo que realmente quería era soltar mi el pelo, arrancar mi ropa, derrochar pasión y sexo, y mucho sexo.

 

Salí de la oficina con mucha prisa, si me retrasaba más de un minuto perdería el tren y no me apetecía esperar el siguiente, estaba cansada. Quería llegar a casa pronto, relajarme, leer, o tal vez escuchar música mientras cocino algo. Estaba aburrida de mi vida, necesitaba un cambio pero aún no sabía cuál, tal vez era la soledad que me estaba presionando.

Al subir al tren vi que venía casi completo, era  hora punta, todo el mundo salía de trabajar, no me apetecía en lo más mínimo ir de pié, los tacones me estaban matando, me daban puntadas, deseaba tirarlos por la ventana, ocho horas de pié con tacones es para morirse.

Había un asiento libre a mi derecha, así que sin dudarlo me dirigí para sentarme y rogar que ninguna persona mayor se acercara y tuviera que cederle el tan ansiado asiento.

A mi lado había un joven sentado, al pedirle permiso para pasar levantó la cabeza y sus ojos azules me impactaron, no pude evitar mirarlo fijamente hasta que esquivó la mirada incómodo y yo sonrojada me senté a su lado. Iba leyendo un libro de Gabriel García Márquez, pude mirar de reojo que era la novela “Crónica de una muerte anunciada”, ya la había leído, una novela impactante, con la muerte del escritor la reedición de sus libros más famosos había estallado, todo el mundo leía obras suyas.

Era alto, sus brazos eran largos y delgados también sus manos que atrapaban aquel libro, con dedos largos y finos, las uñas las llevaba cortas y limpias eso decía mucho de su higiene, o al menos para mí.

Pude ver que no tenía anillos, por lo que supuse que no estaba ni casado ni comprometido. Pensé, bien por mí, es mi oportunidad, tenía que hablarle, darle conversación. Pero no quería ser brusca e interrumpirle la lectura; prefería observarlo unos instantes más antes de dar el primer paso.

Su pelo color castaño claro hacía contraste con sus ojos, un azul que jamás había visto. Su piel era dorada, por lo que podía concluir que tomaba el sol, brillaba al rozarle los rayos de sol que se colaban por la ventana.

En un momento me imaginé a nosotros juntos en la playa, me sorprendí de lo que estaba pensando, al fin al cabo era un desconocido, alguien con quien compartiría sólo un viaje en tren.

Quería que el tiempo se detuviera, para disfrutar más de él. Pude acercarme lentamente y con gesto de disimulo lo rocé para sentir su piel, un aroma a perfume me inundó los pulmones, tan suave y tan sexy, suspiré y noté que me estaba excitando.

No podía creer que me estuviera pasando esto, allí mismo, sentía calor entre mis piernas, mi pelvis realizaba movimientos; intentaba ser discreta, tal vez buscando posición, lo que realmente quería era subirme encima de él y menearme con fuerza y soltura, soltar mi pelo y arrancar mi ropa, derrochar pasión y sexo, y mucho sexo.

Pero qué estaba pensando me preguntaba,  el sudor empezó a recorrer mi cuerpo, aflojé un botón de la camisa intentando encontrar aire y a la vez llamar su atención, mi vagina comenzó a palpitar y decidí fundirme en ese sentimiento que tanto hacía que no tenía, claramente era un calentón, pero la fantasía y el deseo me hicieron continuar.

Mi cerebro no lo podía controlar, seguía mandando órdenes allí abajo, vibraciones, sensaciones, espasmos. Sentía humedad en mis bragas, y no me importó, lo miré una última vez y cerré los ojos, me fundí en pensamientos obscenos, carnosos, pasiones que nunca había experimentado, él y yo  arrancándonos la ropa, besándonos con locura, acariciándonos y masturbándonos mutuamente, el calor subía de mi pelvis hacia todo mi cuerpo, mientras sentía que me penetraba con fuerza y  que mis gemidos eran profundos y libres, los movimientos eran coordinados, no podíamos parar, la respiración se entrecortaba y los músculos se tensaban aún más, hasta que llegó el éxtasis, una explosión de placer que hacía menearme aún más en el asiento,  un suspiro final, relajó mi cuerpo, y con los ojos cerrados me fundí en una relajación profunda.

Al cabo de unos minutos abrí mis ojos delicadamente y noté que estaba empapada, el tren tenía aire acondicionado, no hacía demasiado calor fuera, me sonrojé de lo que acababa de sentir.

Abrí mi bolso y saqué un pañuelo, cuidadosamente lo pasé por mi rostro y pecho, no quería correr mi maquillaje, ni tampoco quedar como una sudorosa, en ese instante él me miró y mientras me fundo en sus ojos, se levanta del asiento para marcharse.

– Lo siento,  me bajo en la próxima parada- dijo al entorpecer con su mochila mi bolso.

-No te preocupes, dije con la voz casi entrecortada.

Me hubiese gustado darle las gracias por el hermoso orgasmo que acababa de regalarme, pero simplemente dije adiós, sin parar de mirar su culo al bajar.

Dudé en asomarme por la ventana y ver qué dirección tomaba, pero en el último instante giré mi cabeza y un guiño de ojo iluminó mi rostro, sonrojándolo una vez más.

Se me sacudió el corazón, era imposible que sintiera algo por esa persona que no sabía ni quién era, ni su nombre, ni sus gustos, ni nada de su vida, pero que acababa de provocarme el mejor orgasmo de mi vida, y en medio de un tren lleno de gente.

Llevaba unos pantalones color crema, y un polo azul que combinaba a la perfección con sus ojos.  Parecía dulce, tierno, sencillo.

A partir de ese día tomé el tren a la misma hora y mientras pude me senté en el mismo asiento buscando un nuevo orgasmo cada día.

Un suspiro final, relajó mi cuerpo, y con los ojos cerrados me fundí en una relajación profunda.

Un suspiro final, relajó mi cuerpo, y con los ojos cerrados me fundí en una relajación profunda.

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Relato breve.

29/12/2014

La Torre

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Alma negra llena de Dolor

La torre

La torre

El corazón se me desgarró en el instante en que escuché su voz, era inconfundible, ronca áspera, en tono grave, siempre imponiendo autoridad, no podía enfrentarlo, le temía, el miedo inundaba mi pecho llenándolo de un dolor intenso, un nerviosismo que se mezclaba con un temblequeo en el cuerpo que en ocasiones parecía que me iba a desvanecer frente a la puerta.

El Castillo era grande, siempre le habían gustado los lujos, así que se compró un castillo, estaba alejado de todo, en las afueras de la ciudad, el parque que lo rodeaba era inmenso y espectacular, con un pequeño lago rodeado de árboles que a su alrededor tenía bancos para tomar el sol de primavera. Los miraba desde la ventana en lo alto de la torre, el sol reflejaba sus rayos en el césped verde que volvía su color aún más intenso.

Las habitaciones eran grandes y espaciosas, lujosas, con mucho estilo y arte, los mejores diseñadores habían cruzado esas paredes improvisando, moldeando y creando grandes diseños dignos de observación y encanto. Un Picasso, un Dalí, las obras de arte magnificas que rodeaban el salón volvían irresistible el cruzar sus pasillos.

Entre tanto encanto, cultura y derroche de estilo se ocultaba una puerta oscura, estaba segura que era la del infierno, tal vez había muerto y mi lugar era allí, o tal vez estaba viva, y mi vida era un infierno, era graciosos pensarlo, últimamente la realidad ya no formaba parte de mi entorno, todo era irreal y aterrador.

El pánico había marcado mis huesos, encorvada y con los puños cerrados mi cuerpo no era el de antes, los años habían pasado y casi no me reconocía. Una vez me escapé, tomé mucho valor para hacerlo, pude llegar hasta una de las habitaciones de la primera planta, era de color rosado tenía un espejo grande enfrente de la cama, camine hasta ponerme frente a él con los ojos entreabiertos, cuando miré aquel rostro envejecido, triste y demacrado no pude ver a Carla, esa adolescente, con el pelo rizado y los ojos verdes, sonriente y entusiasta. El impacto fue grande, más grande fue el castigo cuando me hallaron inmóvil, tratando de hablar con esa desconocida.

No debía desobedecer, se pagaba caro, con el tiempo te acostumbras, las pesadillas cesan, y la fuerza de voluntad también, las ganas de luchar desaparece y sólo queda el miedo a que llegue la noche.

Se podían ver hermosos amaneceres desde la torre, ésta no estaba decorada con grandes pinturas ni espectaculares libros, no estaba pintada de rosa y tampoco tenía enormes espejos. Era mi torre, creo que después de treinta años aquí, podía decir que era mía, digo treinta años pero es un cálculo aproximado, no se en que año estamos, ni qué día, ni la hora, sólo sé, cuando amanece y cuando se oculta el sol.

Al principio intentaba controlar el tiempo, llevar un cálculo, pero fue inútil, no pude hacerlo. Sofía me dio un libro una vez, lo leí tantas veces que puedo recordarlo casi de memoria, sentía que los personajes de aquella historia formaban parte de mi vida, los podía adoptar como familia. En escondidas lo leía una y otra vez, era una historia de batallas y los que ganaban eran los más fuertes, los que nunca bajaban los brazos, ese libro me dio fuerzas para luchar los primeros años, pero luego lentamente fue perdiendo su efecto.

En un descuido de Sofía, una tarde en la que estaba agobiada e indispuesta, saqué de su maleta papel y un bolígrafo, lo guardé como un tesoro, no podía desaprovechar ni un centímetro de hoja y ni una gota de tinta, tenía tanto para decir, al principio me costó intentar escribir, había perdido la práctica, intentaba copiar las letras de aquel libro.

Comencé a escribir contra la puerta, de espaldas, encorvada en el suelo, si se acercaban a la ventana no podrían verme, ya tengo el oído agudo y escucho perfectamente los pasos, hasta el aliento cuando se acercan a unos metros de la puerta. Por fin tenía algo mío, algo que me pertenecía, una palabra, un dialogo, un signo.

Y comencé a escribir como pude y cuando pude, a veces el dolor en el cuerpo no me permitía colocarme en una posición evitando ser descubierta, otras veces el amanecer era cálido y me daba fuerzas para intentarlo.

Alma negra, llena de dolor,

cargada de llanto, sin consolación.

Testigo de pena y de rencor,

aborrecida de la vida y de su esplendor.

Sonrisa apagada, morado era su color,

Ojos tristes sin resplandor.

Desde una torre podía ver el sol,

pero nunca sentirlo en su corazón.

Alma negra llena de dolor,

alcanza las nubes en su elevación,

sobre una estrella posar fue su intensión.

Aquella noche la aflicción se despidió,

para en un nuevo día volver a ver salir el sol.

Sus pasos al caminar eran característicos como su voz, mi corazón palpitaba sin parar, la puerta se abrió, su rostro oscuro y envejecido se posó a mi lado, ya sabía lo que pasaría pero no podía parar de temblar, de repente el día se volvió oscuro, se llenó el cielo de nubes, una fuerte tormenta se desató.

La torre

La torre

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Relato breve.

03/07/2014

Instinto Animal.

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Se sentó y dejo la taza en un tamborete que había a su lado, estaba lleno de revistas de interés general.

Se sentó y dejo la taza en un tamborete que había a su lado, estaba lleno de revistas de interés general.

El reloj marcaba las 18:00 horas cuando Bruno regreso a casa después de un día de trabajo largo y agotador en la Biblioteca Municipal San patricio.

Nada más cerrar la puerta y asegurarse que ambos cerrojos estuvieran bien seguros; se dirigió a la cocina.

– Una infusión me vendrá muy bien para relajarme-pensó.  Descolgó una taza blanca que estaba colgada en la pared, todas ordenadas hacia el mismo lado y del mismo tamaño y color.

Abrió la puerta del armario, y saco una caja de color azul que decía Relax, era una mezcla de tila, azahar, melisa y hierba luisa. Colocó la caja en su estantería, a su lado se encontraban mas hierbajos todas ordenadas alfabéticamente: digestivo, línea, manzanilla; una al lado de la otra, todas bien cerradas y alineadas.

Saliendo de la cocina tenía un pequeño salón con un sillón individual negro, su aspecto era antiguo, pero estaba bien cuidado, sobre sí tenía un almohadón gris a cuadros.

Bruno siempre se había preocupado por el orden de la casa, lo tenía todo perfecto, o bien eso intentaba, nada podía estar fuera de línea porque era un error grave que se pagaba con castigo, así estaba alimentada su mente, error lleva a auto castigo o sanción.

Se sentó y dejo la taza en un tamborete que había a su lado, estaba lleno de revistas de interés general, un surtido que iba de cultura hasta geografía del país; encendió la lámpara, la regulo para que el haz de luz diera sobre el libro que abrió.

Entre sorbo y sorbo terminó su té y dio paso al siguiente capítulo. Le apasionaba la lectura, si bien no tenia preferencia hacia un género especifico, leía de todo.

Esta vez se había decantado por la antropología, el estudio de la naturaleza animal del ser humano, ya que creía que en el fondo, todos al nacer somos animales sin adiestrar, la cultura, la sociedad, el mundo en sí, nos va adiestrando desde que nacemos hasta que morimos.

Su pensamiento iba más allá de aquello; pensaba que el hombre desde el inicio de la humanidad se comportaba como una fiera, simplemente que fueron evolucionado sus modales y actos con el paso de tiempo.

Muchas tribus en África y América se comían los unos a los otros, algunos lo hacían para vengar a sus guerreros muertos, o para obtener más fuerza si lo que se comían era a su enemigo fuerte y corpulento.

De lo que más se sorprendía Bruno eran los casos dónde se comían por necesidad, por hambre, cientos de naufragios, en donde para sobrevivir había que comerse a los que morían primero.

– será sabrosa la carne humana – dijo sin darse cuenta que estaba hablando en voz alta.

Le gustaban los misterios, y cómo el comportamiento del hombre en ciertas circunstancias era incomprensible e invariable.

Un vago recuerdo vino a su cabeza al terminar de leer el tercer capítulo;  estaba arrodillado de cara a una pared después de sufrir algunos golpes en las manos, debía meditar sobre su mala acción, una reflexión de una hora en la misma posición. Movió la cabeza bruscamente como sacudiéndola, y cerró los ojos fuerte, su expresión era de desagrado y angustia.

El llanto de un bebé lo rescato de aquel mar tenebroso de recuerdos de la infancia que lo perseguían y agobiaba.

– ¡Otra vez ese niño llorando! – dijo en voz alta, lo suficiente para que la vecina del piso de al lado lo escuchara.

– es que no lo soporto, no lo aguanto- era la frase que se penetraba en su mente como un taladro con un tornillo.

Cerró el libro dando un golpe entre sus dos tapas, y se fue al baño a lavarse la cara para intentar relajarse un poco.

Su vida no era fácil, o al menos eso es lo que él creía, y su momento de lectura lo sacaba de este mundo y de sus vivencias y lo transportaba a otra dimensión, gruñía y maldecía cuando se interrumpía ese pequeño momento.

El agua fría sobre su cara pudo suavizar el color rojo de su rostro, era una expresión de ira e impotencia.

Y fue justo en ese instante cuándo se miró al espejo y vio en sus ojos azules el resentimiento, ira y maldad que llevaba adentro.

Todo lo que había querido en la vida y no había tenido, todo lo que había sufrido sin merecerlo.

Después de haber dejado la toalla en su sitio, bien colocada doblada correctamente, secó cada una de las gotas de su lavabo y regreso a su sillón.

Bruno no invitaba nunca a nadie a su casa, ni siquiera a chicas, tenia veintiocho años, si le apetecía sexo buscaba en la carretera a alguien de compañía, no quería compromiso ni relación con nadie.

No le interesaba salir mucho, no tenía amigos, y evitaba rotundamente cada invitación o insinuación por parte de sus compañeros de trabajo.

Respiro hondo, relajó los brazos que los llevaba tensos y acomodó su espalda, y de repente vino a su cabeza aquella idea que se le había ocurrido en el baño, no se sentía avergonzado de haberlo pensado,  es más, lo planearía y lo llevaría a cabo -con dedicación y trabajo será perfecto- pensó.

Cogió unos folios que tenía a su lado sobre un tamborete y escribió:  “primera fase, planificación”. Y debajo del título dejo caer la frase “muerte a los 3 años”. Era descabellado pero lo había pensado, había sentido la curiosidad de despertar su instinto animal, de explorar su lado oscuro.

Se preguntaba hasta dónde podía llegar, y hasta dónde le dejarían…

 

El agua fría sobre su cara pudo suavizar el color rojo de su rostro, era una expresión de ira e impotencia.

El agua fría sobre su cara pudo suavizar el color rojo de su rostro, era una expresión de ira e impotencia.

 

 

 

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