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Relato breve.

03/07/2014

Instinto Animal.

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Se sentó y dejo la taza en un tamborete que había a su lado, estaba lleno de revistas de interés general.

Se sentó y dejo la taza en un tamborete que había a su lado, estaba lleno de revistas de interés general.

El reloj marcaba las 18:00 horas cuando Bruno regreso a casa después de un día de trabajo largo y agotador en la Biblioteca Municipal San patricio.

Nada más cerrar la puerta y asegurarse que ambos cerrojos estuvieran bien seguros; se dirigió a la cocina.

– Una infusión me vendrá muy bien para relajarme-pensó.  Descolgó una taza blanca que estaba colgada en la pared, todas ordenadas hacia el mismo lado y del mismo tamaño y color.

Abrió la puerta del armario, y saco una caja de color azul que decía Relax, era una mezcla de tila, azahar, melisa y hierba luisa. Colocó la caja en su estantería, a su lado se encontraban mas hierbajos todas ordenadas alfabéticamente: digestivo, línea, manzanilla; una al lado de la otra, todas bien cerradas y alineadas.

Saliendo de la cocina tenía un pequeño salón con un sillón individual negro, su aspecto era antiguo, pero estaba bien cuidado, sobre sí tenía un almohadón gris a cuadros.

Bruno siempre se había preocupado por el orden de la casa, lo tenía todo perfecto, o bien eso intentaba, nada podía estar fuera de línea porque era un error grave que se pagaba con castigo, así estaba alimentada su mente, error lleva a auto castigo o sanción.

Se sentó y dejo la taza en un tamborete que había a su lado, estaba lleno de revistas de interés general, un surtido que iba de cultura hasta geografía del país; encendió la lámpara, la regulo para que el haz de luz diera sobre el libro que abrió.

Entre sorbo y sorbo terminó su té y dio paso al siguiente capítulo. Le apasionaba la lectura, si bien no tenia preferencia hacia un género especifico, leía de todo.

Esta vez se había decantado por la antropología, el estudio de la naturaleza animal del ser humano, ya que creía que en el fondo, todos al nacer somos animales sin adiestrar, la cultura, la sociedad, el mundo en sí, nos va adiestrando desde que nacemos hasta que morimos.

Su pensamiento iba más allá de aquello; pensaba que el hombre desde el inicio de la humanidad se comportaba como una fiera, simplemente que fueron evolucionado sus modales y actos con el paso de tiempo.

Muchas tribus en África y América se comían los unos a los otros, algunos lo hacían para vengar a sus guerreros muertos, o para obtener más fuerza si lo que se comían era a su enemigo fuerte y corpulento.

De lo que más se sorprendía Bruno eran los casos dónde se comían por necesidad, por hambre, cientos de naufragios, en donde para sobrevivir había que comerse a los que morían primero.

– será sabrosa la carne humana – dijo sin darse cuenta que estaba hablando en voz alta.

Le gustaban los misterios, y cómo el comportamiento del hombre en ciertas circunstancias era incomprensible e invariable.

Un vago recuerdo vino a su cabeza al terminar de leer el tercer capítulo;  estaba arrodillado de cara a una pared después de sufrir algunos golpes en las manos, debía meditar sobre su mala acción, una reflexión de una hora en la misma posición. Movió la cabeza bruscamente como sacudiéndola, y cerró los ojos fuerte, su expresión era de desagrado y angustia.

El llanto de un bebé lo rescato de aquel mar tenebroso de recuerdos de la infancia que lo perseguían y agobiaba.

– ¡Otra vez ese niño llorando! – dijo en voz alta, lo suficiente para que la vecina del piso de al lado lo escuchara.

– es que no lo soporto, no lo aguanto- era la frase que se penetraba en su mente como un taladro con un tornillo.

Cerró el libro dando un golpe entre sus dos tapas, y se fue al baño a lavarse la cara para intentar relajarse un poco.

Su vida no era fácil, o al menos eso es lo que él creía, y su momento de lectura lo sacaba de este mundo y de sus vivencias y lo transportaba a otra dimensión, gruñía y maldecía cuando se interrumpía ese pequeño momento.

El agua fría sobre su cara pudo suavizar el color rojo de su rostro, era una expresión de ira e impotencia.

Y fue justo en ese instante cuándo se miró al espejo y vio en sus ojos azules el resentimiento, ira y maldad que llevaba adentro.

Todo lo que había querido en la vida y no había tenido, todo lo que había sufrido sin merecerlo.

Después de haber dejado la toalla en su sitio, bien colocada doblada correctamente, secó cada una de las gotas de su lavabo y regreso a su sillón.

Bruno no invitaba nunca a nadie a su casa, ni siquiera a chicas, tenia veintiocho años, si le apetecía sexo buscaba en la carretera a alguien de compañía, no quería compromiso ni relación con nadie.

No le interesaba salir mucho, no tenía amigos, y evitaba rotundamente cada invitación o insinuación por parte de sus compañeros de trabajo.

Respiro hondo, relajó los brazos que los llevaba tensos y acomodó su espalda, y de repente vino a su cabeza aquella idea que se le había ocurrido en el baño, no se sentía avergonzado de haberlo pensado,  es más, lo planearía y lo llevaría a cabo -con dedicación y trabajo será perfecto- pensó.

Cogió unos folios que tenía a su lado sobre un tamborete y escribió:  “primera fase, planificación”. Y debajo del título dejo caer la frase “muerte a los 3 años”. Era descabellado pero lo había pensado, había sentido la curiosidad de despertar su instinto animal, de explorar su lado oscuro.

Se preguntaba hasta dónde podía llegar, y hasta dónde le dejarían…

 

El agua fría sobre su cara pudo suavizar el color rojo de su rostro, era una expresión de ira e impotencia.

El agua fría sobre su cara pudo suavizar el color rojo de su rostro, era una expresión de ira e impotencia.

 

 

 

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