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Relato breve.

23/02/2015

Relato La Transformación

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Sentía que era injusto dañar a la persona que más te ama, prefiriendo engañarse a sí mismo, y renunciar a Carla, por no apagar el brillo de Bárbara.

Sentía que era injusto dañar a la persona que más te ama, prefiriendo engañarse a sí mismo, y renunciar a Carla, por no apagar el brillo de Bárbara.

 

Soñaba con una vida distinta en donde no existían las mentiras ni los engaños, dónde cada uno es lo que es y nadie juzga a nadie, donde todos se aman sin importar condición física, ni sexual, ni espiritual.

 

Sentada enfrente del espejo se iba desmaquillando poco a poco, las pestañas postizas eran guardadas con cuidado para poder usarlas nuevamente, los labios color rojo intenso volvían a ser pálidos. Los ojos ya no brillaban, los parpados no reflejaban luz, y el tono e piel había vuelto a su normalidad, donde se dejaban ver los poros abiertos de la abundante depilación con algunas rojeces.

Parecía una piel totalmente diferente, una cara distinta pero unos mismos ojos observando ambas facetas. El vestido ya se lo había quitado y estaba colgado en el armario, las medias que cubrían las piernas sostenidas con un portaligas color negro, se deslizaba lentamente hacia abajo, en un lento movimiento que la masajeaba y acariciaba a la vez. Las plataformas en el costado de la cama esperaban ser sustituidas por los zapatos color marrón número  cuarenta y uno que posaban a su lado.

Carla era  muy femenina con movimientos sexys culminaba su rutina de transformación,  le gustaba más la primera parte, en dónde se convierte en princesa, que la última cuando vuelve a la realidad en plena medianoche.

Con unos jeans puestos, una camiseta color azul y sus zapatos color marrón,  subió las escaleras que daban a la calle, a la salida del club Half.

– He Carlos, no te olvides que mañana cambiamos turno, tienes que estar aquí a las seis, no me falles- gritó desde la puerta Lorenzo mientras le guiñaba un ojo.

-No te preocupes guapa, aquí estaré, hasta mañana- Saludó levantando su mano y moviendo sus dedos delicadamente.

La noche estaba fresca, se arrepintió de no haberse llevado una chaqueta, lo último que quería era resfriarse en ese momento en donde su carrera estaba despegando.

Carlos había conseguido un papel en una revista teatral, protagonizaba un papel secundario pero muy influenciado por los personajes principales, por lo tanto salía en gran parte de la obra. También trabaja en un club de noche, con un show streeptis , por las mañanas aprovechaba para ensayar la obra.

El paso ligero hasta la parada del metro lo hizo entrar en calor, ya no sentía escalofríos, miró su reloj y vio que el metro no tardaría en llegar, en media hora estaría en casa.

Entró sigilosamente, tal vez intentando no hacer ruido, sin encender la luz dio los primeros pasos en plena oscuridad hasta que sus pupilas se acostumbraron y empezó a definir las figuras de los muebles del salón, su mente ya sabía el recorrido, la cantidad de pasos que debía dar, dónde girar, y encontrar así la puerta del dormitorio, eran varios años haciendo lo mismo, la práctica se había adueñado de su rutina convirtiéndola en algo perfecto, jamás topaba con nada, y el silencio permanecía constante en la casa.

Al entrar en la cama sintió el calor entre las sábanas, le sabía tan rico después del frío de la noche, al taparse y girarse hacia el lado derecho su postura favorita y más cómoda, un brazo cálido y cariñoso rodeó su cuerpo, un beso en la nuca lo hizo estremecer.

-Cariño que bueno que ya hayas llegado, que descases mi vida. Su voz era suave y fina, estaba entre dormida pero le gustaba aferrarse a su cuerpo, sentir su olor y su respiración.

-Que descanses tú también Bárbara.

Cerró sus ojos y se imaginó otra vida, la que siempre había soñado, en donde no existían las mentiras ni los engaños, dónde cada uno es lo que es y nadie juzga a nadie, donde todos se aman sin importar condición física, ni sexual, ni espiritual. Pero al despertarse se daba cuenta que ese mundo no era real.

-Buenos días, levanta cariño que llegarás tarde al trabajo, te hice el almuerzo lo tienes en una bolsa sobre la mesa. El desayuno ya está listo también.- Le dio un beso en la mejilla y acarició su rostro, su mirada era tierna y llena de amor.

-Enseguida me levanto- dijo girándose hacia el otro lado de la cama- luego nos vemos.

-Me voy a llevar a los niños a la escuela, luego haré la compra y pasaré por la tienda para ver si necesitan ayuda.

-Perfecto, nos vemos luego.-Aún no era capaz de abrir los ojos.

El horario de Carlos era variado, por las mañanas se levantaba en torno las ocho treinta y se marchaba hacia la casa de Roberto un amigo que le prestaba el piso para sus ensayos y para prepararse para el club, luego volvía a casa sobre las dos, comía con Barbará y volvía al club en torno a las seis o a las ocho depende del turno. Laboralmente estaba bien, ganaba lo suficiente para sacar adelante a su familia y vivir dignamente.

La vida de Carla era totalmente reducida, se limitaba al horario de seis de la tarde a pasadas las doce de la medianoche,  intentaba robar parte de la vida de Carlos, tal vez más tiempo siendo Carla, pero a veces era imposible, se sentía frustrada, quería ser libre, tener  más tiempo, disfrutar de la vida y no solo del club.

Al llegar a casa Bárbara preparó la comida, recogió la casa, y ansiosa esperó a Carlos a que entrara por la puerta, quería mimarlo y consentirlo después de tanto trabajo que tenía por la mañana en una obra de peón, y por la noche de seguridad en un solar apartado de la ciudad.

Sabía que Carlos trabaja duro para que ella y los mellizos fueran felices y no les faltara de nada, por lo tanto ella intentaría hacer lo mismo con él, cuidarlo y consentirlo todo lo que pudiera. Los niños comían en el cole, por eso la comida era su horario favorito en dónde podían estar juntos y tener cierta intimidad.

Al llegar a casa Carlos se dio una ducha y fue hacia la cocina, se sentó en la mesa.

-¿Cómo ha estado tu día hoy?

-Bien, un poco cansado, pero bien, ya tenemos la obra casi terminada.

-¡Qué bueno!, en la tienda de mi madre todo normal, he pasado por allí pero no había gente así que me he vuelto pronto a casa.

-Esta tarde me voy más pronto, necesitan en la empresa de seguridad que entre antes así que descansaré un poco y me marcho.

Carlos a penas probaba bocado, se sentía incómodo, era mucho tiempo fingiendo una vida de mentiras, que aunque quisiera decir la verdad no sabría por dónde empezar. Su rostro emanaba tristeza y resignación, mientras veía la luz que desprendía  Bárbara al mirarle.

Sentía que era injusto dañar a la persona que más te ama, prefiriendo engañarse a sí mismo, y renunciar a Carla, por no apagar el brillo de Bárbara. Él la quería, habían sido novios de pequeños, creía que se había enamorado, pero un día se dio cuenta de que en realidad no estaba enamorado de ella,  sino más bien quería ser como ella, se había quedado encantado con su forma de andar, sus gestos, sus movimientos, su sensualidad, la admiraba, quería transformarse en ella. Luego llegaron los mellizos, Álvaro y Agustín que cambiaron su vida para siempre, lo ataron más a una vida que no quería tener.

-¿Estás bien?, te noto algo callado.

-No, tranquila solo que estoy cansado, intentaré dormir un rato antes de irme.

Se recostó en la cama, cerró los ojos y escucho los pasos sensuales de Bárbara al entrar en la habitación, iba sólo en ropa interior, se acercó y comenzó a acariciarlo y besarle, Carlos se dejó llevar pero en su mente estaba Carla, la verdad, las mentiras, la vida fingida, el trabajo inventado. No pudo continuar.

-¿Qué pasa?, ¿no te apetece?, llevamos tiempo sin estar juntos, sólo quería relajarte.

-No pasa nada, no me encuentro bien- comenzó a vestirse sin mirar a Bárbara a los ojos- tengo que marchar, luego nos vemos por la noche- la besó en la frente y salió de la habitación dejando un camino de aroma a su piel mezclado con perfume hasta llegar a la puerta donde se esfumaba todo rastro.

Bárbara no lo entendía, hacía tiempo lo notaba lejos, frío, comenzó a pensar e imaginar lo peor. – ¿Y si me está engañando?, ¿tal vez tenga otra mujer?, o sólo está cansado. Su cabeza comenzó a dar vueltas, buscando respuestas, inventando preguntas, encontrando escusas.

Revisó su armario, registró su ropa, sus cajones, su correo electrónico, pero no encontró nada, era una mezcla de alivio y preocupación porque no lograba averiguar porque Carlos ya no era el de antes, ya no sonreía, ya no era feliz.

Una mañana decidió seguirlo a la obra, su rostro quedó pálido al verlo entrar en una casa, que no era precisamente una obra en construcción, su corazón palpitaba sin parar, y sus ojos se llenaban de lágrimas, -lo sabía, tiene otra familia, otra mujer- pensó.

Caminó despacio hasta la entrada de la casa, quiso asomarse por la ventana pero temía que la vieran, rodeo el jardín lentamente agachada y sin perder de vista la puerta principal. Cuando encontró un lugar cómodo fuera del alcance de cualquier observador  que la sorprendiera, escuchó voces, eran en forma de versos, tal vez diálogos, no entendía muy bien lo que se decía pero era la voz de Carlos, podía reconocerlo. Sus lágrimas caían por sus mejillas y una impotencia y rabia se adueñó de ella, quería saberlo todo, estaba dispuesta a enfrentarlo cuando al asomarse por la ventana  su corazón dio un vuelco, se quedó sin respiración, la vista se nublaba y sentía desvanecerse, se sostuvo de los barrotes de la ventana y lo único que pudo decir fue -¿Carlos eres tú? -Cayó al suelo semiinconsciente, intentando imaginar que estaba en un sueño, que no era verdad lo que había visto.

Carlos al verla desplomarse salió corriendo de la casa y la sostuvo en sus brazos, la purpurina reflejaba los rayos de sol en su cara, su rostro maquilado a la perfección y con cierta exageración se enmudeció, la miraba, la acariciaba, no se atrevía a decir su nombre. Arrodillada y con Bárbara entre sus brazos, Carla sintió el alivio de la verdad, el fuego de la mentira y el dolor de Bárbara.

Carla sintió el alivio de la verdad, el fuego de la mentira y el dolor de Bárbara.

Carla sintió el alivio de la verdad, el fuego de la mentira y el dolor de Bárbara.

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