ElQueAsesina - Escritura Creativa

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Relato breve.

08/07/2014

Cielo Azul

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Yo no tengo nada que perder, porque lo único que tuve en la vida ya no era mío.

Yo no tengo nada que perder, porque lo único que tuve en la vida ya no era mío.

 

Desamparada no sabía que hacer, no sabía a dónde dirigir la mirada, aquellos ojos verdes que brillaban al sol, casi lagrimosos de tan solo recordar que su amor no estaba, que nunca volvería, que la había abandonado para siempre.

Cómo duele amar pensó, como cuesta olvidar y sanar las lastimaduras de un amor perjudicial y dañino. Cómo no me dí cuenta antes, se reprochaba a sí misma, había tantas señales que intentaban abrirme los ojos, y yo estaba ciega.

Nancy  entraba y salía de su terraza sin parar, se sentía en una mezcla de tristeza y ansiedad, tenía miedo de estar sola, de quedarse inmersa en la soledad eterna, no se veía capaz de volverse a enamorar ni de querer tan profundamente a alguien. Tal vez lo que más temía era que nadie la quisiera nunca, estaba convencida que Jesús nunca la había amado verdaderamente, y ya era tarde para estar buscando amores, pensaba que era mayor para tonterías de enamoramientos y menos con un corazón roto.

El salón de la casa era grande, tenía un sofá color crema y unos sillones individuales haciendo juego, ella era muy ordenada, le gustaba tenerlo todo conjuntado y combinando colores,  había una estantería pegada a la pared  llena de libros, le encantaba leer.

Se desplomó en el sofá dejando caer su cuerpo, meditando sobre su vida, sobre el engaño y las mentiras. Ella sabía que tenía algo dentro que le costaba expresarlo, que no lo podía definir pero que la inquietaba, reconocía que estaba dolida, pero aquello iba más allá del dolor. Se pasó la mano por la frente secando gotas de sudor frío, estaba nerviosa, se encontraba inestable, intentó cerrar los ojos, relajarse y olvidar.

Aparecieron las imágenes de aquella mujer morena, alta y más joven que ella, con un cuerpo de modelo a juzgar por el criterio de Nancy, a esa imagen se le acercaba una sombra en un principio era pequeña pero a medida que avanzaba se iba haciendo más y más grande, hasta que aparecía físicamente la imagen de un hombre, era Jesús  que abrazaba esa cintura delgada, acercando su rostro al de ella, penetrando sus labios en aquellos labios color rojo, tan llamativos como lo era ella entera.

Abrió sus ojos de repente intentando borrar lo que había visto esa tarde, pero sentía que era imposible. La rabia se mezclaba con el dolor y con la impotencia de no poder hacer nada.  Nancy tenía cincuenta años, trabajaba en una panadería haciendo pan, para ella era el mejor pan de la ciudad. Toda la vida había trabajado en la misma panadería era como de la familia, pero ella se sentía sola, no tenía hermanos y sus padres habían fallecido hacía bastantes años.

Su cuerpo era dentro de lo que ella denominaba normal, era más bien baja de estatura y con algunos kilos de más, era imposible resistirse a comer bocados y pastas en el trabajo. Había dedicado su vida a amar, cuidar y complacer a Jesús, incluso en la decisión de no tener hijos, para tenerse siempre el uno al otro. Saltaron lágrimas de sus ojos y sus puños se encogieron con fuerza demostrando indignación.

Después de secar su rostro y adoptar una conducta más tranquila pensó que no tenía nada que perder, porque lo único que había tenido en su vida, ya no era de ella. Se levantó,  retocó su maquillaje y salió de casa.

No iba a volver a enamorarme, era demasiado daño el que sentía, pero tampoco me voy a hundir sola, voy a caer muy bajo pero dos personas caerán conmigo, fue el pensamiento en su mente que despertó el odio que había acumulado, eran señales que había evitado pero que todo el tiempo le habían indicado que acabara con todo de una vez, que las personas cometen errores y que se arrepentirán de ello.

No quería conducir así que tomó un taxi.

– Al centro por favor- dijo subiendo al coche  sin mirar al chófer.

Al bajarse se dirigió a la calle central, dónde se alojaban la mayoría de las tiendas,  buscaba una en particular, cielo azul era su nombre, era una tienda de accesorios y ropa de bebé.

Al entrar por la puerta,  los ojos de la dependienta demostraron sorpresa, justo lo que Nancy  buscaba.

– Hola Soy Nancy- dijo con un tono seguro y con los ojos mirando fijamente a Diana, la dependienta.

El establecimiento estaba vacío, era la oportunidad perfecta de completar el plan.

– Sé quién eres, ¿qué buscas?-

Nancy se acercó lentamente sin dejar de mirarla y cuando la tubo tan cerca, como cuando su marido la abrazaba, le  introdujo un cuchillo en el abdomen derecho, con más fuerza se desquitó y propició otro cerca del hígado, y así hasta cerca de veinte puñaladas, desatando una furia incontrolable, una fuerza que no sabía de dónde salía pero que le daba la energía suficiente para seguir y seguir.  Estaba fuera de sí, no pensaba en nada, no veía nada. Las imágenes que aquella tarde la acechaban habían desaparecido.

Nancy salió del local número tres, Cielo Azul, teñida de rojo. Se sentó en la puerta, estiró su brazo y a la altura del codo realizó un corte profundo desangrándose en pocos minutos.  En su bolsillo había una nota que decía:

Yo ya no tengo nada que perder, porque lo único que tuve en la vida ya no era mío, Jesús eres un asesino. 

 

cropped-images9.jpg           20 puñaladas

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Relato breve.

07/07/2014

¡Mente y corazón!

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A dónde tu vayas yo voy.  Pero te digo una cosa, yo no quiero morir.

A dónde tu vayas yo voy. Pero te digo una cosa, yo no quiero morir.

 

…Y te digo una cosa: Yo no quiero morir…

Su cabeza se nublaba, cada vez que miraba hacia abajo se le revolvía el estómago; era el piso número once, mucha altura, pensó.

No había alternativa, no encontraba solución, toda una vida de sacrificios, trabajo duro, aguantando todo, siendo fuerte, sobreviviendo, para acabar así: en su balcón mirando hacia abajo con un pie afuera y otro dentro. Parecía como si sus piernas se comunicaran entre ellas; la que estaba al borde del abismo insistía que era lo mejor, porque ya no quedaban sueños ni esperanza, éstos habían sido robados, ultrajados y tirados por un precipicio. Tal como Mercedes haría para acabar con esta agonía que la quemaba por dentro. Pero la pierna que se encontraba dentro de su casa, si es que todavía podía llamarlo así, le decía que hay que continuar, empezar de cero si es necesario.

En esos momentos Mercedes pensaba, ¿quién valora lo que es justo y lo que no?, ¿Cómo llegamos a sentirnos así, tan humillados, sin sueños, desmotivados y sin ganas de vivir?

-Me  estoy muriendo, cada día, lentamente. No puedo hacer frente a mi desdicha; estoy tan triste, y tan avergonzada de haber acabado de esta manera- palabras que rondaban su cabeza.

-Luché hasta donde pude, lo di todo de mí. ¿Qué pasó?, no lo entiendo. Tantos valores para terminar así, escuchando a mis piernas debatirse la vida o la muerte, o mejor  dicho la calle o la calle. Porque lo que es mío, ahora no era mío.  No tengo opción a elegir, ya no tengo sueños, ya casi no respiro- Se lamentaba mientras seguía con la mirada hacia la carretera que discurría por debajo de su piso.

Mientras el debate llegaba a su fin, con una conclusión firme, Mercedes escuchó un ruido, comenzó a temblar.

– ¡Oh no! por favor, no lo hagas, encontraremos una solución-

– Ya no hay solución, lo sabemos. Yo ya no tengo fuerzas, para luchar en la calle. Me arrebatan lo único que tengo, ¡un techo! No tengo ni para remedios a veces, pero me sentía segura aquí, por lo menos tenía refugio, un resguardo, un espacio. Ahora ya no me queda nada-

– Sí que te queda, tienes mi apoyo y mi fuerza. Ten fe, que en el fondo de mí sé que se solucionará-

– Faltan minutos para que lleguen, no quiero que nada lo interrumpa, por favor déjame tranquila-

– No puedo irme estoy contigo en esto, sabes que somos inseparables, a dónde tu vayas yo voy.  Pero te digo una cosa, yo no quiero morir. Tú tienes el poder, porque puedes hacer mover a tus piernas, para que se coloquen dentro, así luchamos contra todo, o simplemente para que se dejen caer al vacío y rendirse. Yo simplemente te acompaño. Recuerda que yo soy el que más ha sufrido en todo esto y aún así tengo esperanza y quiero vivir.

– Yo también sufro, qué te crees, cada vez que llegan las facturas, las notificaciones, las amenazas. Pienso, pienso, pienso, ¿cómo lo hago?, ¿cómo salgo de esta situación?-

-Somos uno, sufrimos los dos, estamos conectados, si tienes miedo yo también, si estas contenta yo también.

– Sí,  lo sé, pero claro está, si tomas una decisión así de importante, has de hacerla con la cabeza, no con el corazón, y no es que te quiera dejar afuera-

Tocan la puerta. Se escucha una voz en tono grave y contundente.

-Policía señora, tenemos una orden de desahucio. Deberá abandonar la vivienda en este momento, por favor; abra la puerta-

El estruendo que causó el impacto del cuerpo contra el suelo se escuchó desde la siguiente manzana, la sangre se convertía lentamente en un pequeño río que bajaba hacía la carretera principal.

Era tarde para solucionarlo,  Mercedes ya había decidido. Al asomarse el policía por el balcón, después de haber derribado la puerta, su rostro se descompuso tanto como su cuerpo,  fue una cara de frustración, de pena y remordimiento, sin darse cuenta se sentía culpable de estar en ese momento y de no poder haber hecho algo para salvar a esa mente equivocada y a ese corazón abatido ante la rotunda decisión.

Dedicado a toda la gente que ahora mismo se encuentra en esa situación. Que no sabe qué hacer y ve que la única alternativa es desaparecer de este mundo.

Yo te digo que hagas caso a tu corazón y no a tu cabeza.

 

Estamos conectados, si tienes miedo yo también, si estas feliz yo también.

Estamos conectados, si tienes miedo yo también, si estas feliz yo también.

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