ElQueAsesina - Escritura Creativa

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Relato breve.

08/09/2014

El Sueño

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He soñado reiteradas veces que asesino a mi padre y a mi hijo.

Tranquila, estamos aquí para hablar relajadamente si quiere puede tumbarse y cerrar los ojos si le hace sentir más cómoda.

Tranquila, estamos aquí para hablar relajadamente si quiere puede tumbarse y cerrar los ojos si le hace sentir más cómoda.

 

Estaba nerviosa, el Doctor  López me hizo pasar a la consulta  saludándome muy amablemente, su gesto cercano al abrir la puerta y su mirada dulce hizo que me sintiera más cómoda. El despacho era grande, muy amplio, había un escritorio grande de color marrón oscuro,  con un sillón grande que seguramente cubría toda la espalda al sentarse.  Enfrente había dos sillas más pequeñas, no parecían tan cómodas cómo el sillón.

Me hizo señas con la mano hacia un sofá que estaba en el lado derecho del despacho, al sentarme, noté su suavidad, él me miraba de una forma especial. Estaba acostumbrada a estar con hombres y nunca nadie me había mirado así, con ternura y simpleza. Ni mis curvas extravagantes, ni mi gran escote habían provocado nada en él.

Tenía el pelo canoso, un hombre adentrado en cierta edad, era normal que sea prudente con sus pacientes. Podría ser mi padre, tal vez era así como me miraba como un padre.

-Bueno señorita Arantxa, ¿qué es lo que la trae a esta consulta?-, su delicadeza hacía que le mirara embobada en vez de prestar atención a mis verdaderos motivos.

– No sé, por dónde empezar, estoy un poco nerviosa-

– Tranquila, estamos aquí para hablar relajadamente si quiere puede tumbarse y cerrar los ojos si le hace sentir más cómoda. -Prefería observar su rostro y sus gestos, así que desistí de su proposición.

-Últimamente no me encuentro bien, mi vida nunca ha sido fácil, pero estoy teniendo pesadillas todos los días, no puedo descansar bien-

-¿A qué se dedica?

-Soy puta, dicho vulgarmente, ejerzo la prostitución como medio de subsistencia, para mantener a mi hijo y a mi padre- Observé detenidamente su rostro y no se sorprendió de mi oficio. Tenía razón Susana cuando me dio su número, no me siento incómoda.

-¿Sobre qué sueña?

Eso es lo alarmante doctor, son pesadillas muy feas que no paran y estoy empezando a tener miedo. Yo vivo con mi padre ciego, está mayor y enfermo y tengo un hijo de seis años, se llama Lucas, es muy guapo y cariñoso. He soñado reiteradas veces que asesino a mi padre y a mi hijo.

El doctor seguía sin sorprenderse y con tranquilidad me preguntó cuándo habían empezado los sueños, y con qué frecuencia los tenía.

-Hábleme sobre su padre-

Cuando era pequeña mi padre Francisco me decía: – eres una princesa muy bonita y cuando seas mayor serás una hermosa Reina.

–          ¿Reina de qué? Preguntaba con curiosidad

–          Reina de tu propio mundo, de tu vida y tu futuro. Cuando llegue el momento te darás cuenta.

Esas palabras aún están en mí, luché con todas mis fuerzas para llegar a ese reino, para ser la máxima autoridad de mi vida, pero las cosas no salieron como pensaba, la vida es muy difícil, el mundo muy complicado.

Mi padre se quedó ciego a causa de un accidente laboral, la empresa no se hizo responsable, y la subvención  que le asignaron no le alcanzaba para vivir, mi madre huyó cuando yo era muy pequeña, no se adaptó a la vida familiar, y decidió seguir volando  abandonándonos a los dos. Él sufrió mucho pero siguió adelante por mí, para que no me falte de nada, y ahora me toca a mí hacer lo mismo.

-¿Se siente en deuda con Francisco?

-No – Su pregunta me tomó desprevenida y me quedé muda.

-Amo a mi padre, jamás le haría daño, quiero lo mejor para él.

-Yo no he dicho que no le quiera, simplemente pregunto si siente que es su responsabilidad, si siente que le debe algo-

Su tono de voz era sereno, mientras hablaba tomaba nota en una libreta que apoyaba en su regazo, me intrigaba saber qué anotaba, tal vez en un descuido si estiraba mi cuello podría leer algo.

-¿Cuántos años tiene su padre?-

Sesenta y tres, él está bien, sólo que la ceguera lo complica todo, ya se acostumbró a moverse por la casa, pero no puede hacer su vida de antes. Durante el día yo estoy allí. Hasta las nueve de la noche, cuando me voy al club. Vuelvo sobre las siete de la mañana.

-¿Tiene miedo de perder a su padre, Arantxa?-

No sé, supongo que sí, todo el mundo tiene miedo cuando se trata de perder a un ser querido.

-¿Cuénteme el último sueño que tuvo?-

Fue todo muy extraño, me desperté sudada entera y agitada, nunca había pasado tanto miedo. Era de noche, estaba muy oscuro, yo caminaba con prisa, miraba hacia atrás pero nadie me seguía, trotaba cada vez más rápido, de pronto corría con todas mis fuerzas pero no avanzaba, intentaba mover mis piernas más rápido pero ahí seguía en el mismo lugar. Miró mis manos y tenía sangre en ellas, no entendía que había pasado. Aparecía mi casa a lo lejos, caminaba hacia allí, estaba la puerta abierta, los llamaba y no contestaban, y de repente estaban  tumbados en el suelo, miraba mi mano y ya no sólo tenía sangre si no, que tenía unas tijeras y comenzaba propinar puñaladas por todo su pecho, sin parar. En ese momento me desperté. No pude evitar alterarme al recordarlo, un escalofrío en mi cuerpo me hizo tocarme el pecho y desear colocarme una chaqueta encima.

-¿De qué tiene miedo?, ¿Cree que en realidad puede llegar a convertir en realidad sus sueños?

-No lo sé, a veces me siento cansada de todo, trabajar en la noche no es fácil, y cuando llego a casa muchas veces no puedo descansar, me siento sola y agotada-

-Tal vez ahí están sus respuestas, lo que siente es agotamiento y estrés, y su cuerpo lo está manifestando a través de sueños.  Se ha terminado por hoy, la espero el jueves, intente descansar, y relajarse-

Hablar con él me ayudó bastante, si bien ya sé que estoy agotada y cansada de todo, no es necesario pagar sesenta euros para que me lo diga un psicólogo. Me tengo que ir a casa rápido, ya esta anocheciendo, debo hacer la cena y preparar a mi padre para la cama.

Al llegar a casa, vi la  puerta abierta, me extrañó porque le tengo dicho a Francisco que no salga si estoy fuera de casa, al entrar había unas sillas tiradas sobre el suelo, me asusté, comencé a llamarlo a gritos a ambos, mientras recorría la casa, mi corazón latía fuerte, me faltaba el aire.

La cara se me descompuso al sentir un fuerte olor nauseabundo que venía de uno de los cuartos, sentía miedo, tanto como lo había sentido en mis sueños. Me miré las manos, temblaban pero estaban limpias no tenían sangre. Abrí lentamente la puerta, tuve que taparme la nariz porque no se podía respirar del fuerte olor.

Mi cuerpo se desvaneció, cayendo de rodillas, mis ojos brillaban pero no salían lágrimas de ellos, el silencio se apoderó de la situación.

Cuando pude recomponerme cerré la puerta con cuidado, y me dirigí al salón, cogí el teléfono y marque el número de Susana, mi amiga.

– Hola Arantxa, ¿Cómo estás?- contestó en el tercer tono.

– He vuelto a tener el mismo sueño-  dije mientras miraba la caja del costurero abierto sobre la mesa, estaba todo en su sitio, lo único que faltaba eran las tijeras.

Tenía en mis manos unas tijeras y comenzaba propinar puñaladas por todo su pecho.

Tenía en mis manos unas tijeras y comenzaba propinar puñaladas por todo su pecho.

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Microcuento

31/07/2014

La Misión

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Cinco años pasando por el mismo lugar, con cada calle y cada casa había  una misión.

Las voces eran cada vez más fuertes, parecían gritos, sólo escuchaba órdenes

Las voces eran cada vez más fuertes, parecían gritos, sólo escuchaba órdenes

 

Estaba sentado en un banco, observando la calle, los coches pasar, la gente, se sentía extraño, raro.

De un momento a otro se levantó y giró hacia la derecha, sabía bien su destino, no quería pensar en eso, pero sabía dónde tenía que ir y lo que debía hacer. Se dirigió lentamente cuesta abajo, podía reconocer las casas a su alrededor, sabía quien vivía allí. Cada día al pasar quedaba deslumbrado por los colores de las paredes, sus terrazas, hasta observaba la ropa que colgaba en  sus tendederos.

Cinco años pasando por el mismo lugar, con cada calle y cada casa había  una misión.

Cuando llegó el momento, entró en la casa que era su objetivo, abrió la puerta y dio el primer paso, sin hacer ruido comenzó a recorrer, las habitaciones.

Las voces eran cada vez más fuertes, parecían gritos, sólo escuchaba órdenes, no quería ponerse nervioso, pero ya no lo soportaba, se sentía hostigado ante tanta presión.

Llegó el momento, cuando estuvo frente a ella, las voces de repente quedaron mudas, y sólo se sintió el crujir de de los huesos y el ruido al caer un cuerpo pesado sobre el suelo. La sangre comenzó a brotar como un río desbordado y la cabeza rodó por el suelo hasta quedar detenida contra una silla.

Silenciosamente, sin escuchar gritos, ni órdenes, Rubén salió de forma pausada de aquella casa. Un pasó y otro hasta que llegó a la avenida principal, tomó un taxi y dijo al conductor.

-Al hospital San Roque por favor, no me encuentro nada bien.

El taxista después de echar una ojeada sobre el espejo retrovisor, le contestó

-Pues haces mala cara amigo-

Y él colocándose la mano sobre su frente y cerrando sus ojos asintió.

-Me duele la cabeza mucho, es un dolor penetrante, me siento mareado y veo borroso.

El taxista aceleró y eligió el camino más corto para llegar lo antes posible.

 

La Misión

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Relato breve.

11/07/2014

La Cucaracha

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La reventó con fuerza y odio, con asco y repugnancia como sentía por su marido.

No podía hacer nada para evitarlo, hundida en la resignación intentaba satisfacerlo para que terminara rápido.

No podía hacer nada para evitarlo, hundida en la resignación intentaba satisfacerlo para que terminara rápido.

 

Esa noche volvió cansado y borracho como siempre, muchas veces no le apetecía ni acostarse con ella, lo cual Sara lo agradecía y daba gracias a Dios. Esa noche fue diferente, estaba excitado y quería tener sexo.

Sara estaba ya acostada en la cama, se hacía la dormida, si se resistía sabía que iba a ser peor, aparte de ser obligada a hacerlo recibiría unos cuantos golpes, mientras más rápido lo hagamos más rápido se acabará pensaba.

Carlos se acostó a su lado y la abrazó intensamente, lo sintió extraño hasta casi cariñoso, y de repente sintió la dureza de su miembro queriendo entrar en su ano. Sara no quería hacerlo, sabía que la lastimaría siendo rudo. Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, era un llanto  silencioso, lleno de dolor. No podía hacer nada para evitarlo, hundida en la resignación intentaba satisfacerlo para que terminara rápido.

Al cabo de un rato cuando ya estaba satisfecho Carlos se acomodó en el lado derecho de la cama y dijo

-apaga la luz, y no empieces a dar vuelta yendo al baño, que te conozco bien- sus palabras eran serias, estrictas y oscuras.

Perdida en la oscuridad de la habitación y con los ojos llenos de lágrimas que caían por sus mejillas, se quedó inmóvil, casi sin pestañar, con ganas por dentro de gritar fuertemente, de pedir ayuda, socorro.  Sus pensamientos la llevaban a un mar tenebroso lleno de ira, quería matarlo, quería deshacerse de él, quería que sufriera y mucho, lo odiaba, le tenía asco. Y también se odiaba a sí misma porque estaba allí compartiendo cama con ese monstruo, aguantándolo.

Pero esto algún día  tiene que acabar, entre malos pensamientos logró dormirse para dar fin a un día horrible y empezar uno nuevo que tal vez sería peor.

Carlos no siempre había sido así con ella, en algún momento de su historia la llegó a amar, Clara sintió que su mundo era perfecto cuando se conocieron, era detallista, amable y muy cariñoso, la protegía todo el tiempo, la cuidaba y demostraba que su cuento de hadas iba a terminar con un final feliz.

Los años pasaban y el amor se fue gastando, Carlos se convirtió en alguien oscuro, frío, y tenebroso, el miedo se apoderó de Clara.

A Carlos no le gustaba que se relacionase con nadie, él siempre le decía que no valía para tener amigas, si ni siquiera sabía cuidar a su marido.  Las amigas que tuvo en la infancia las fue perdiendo con el tiempo, tal vez por su propio aislamiento, y las discusiones que había tenido al decidir casarse con Carlos, en más de una ocasión ellas le habían dicho que no era hombre para ella, que escondía algo. Clara nunca quiso hacer caso, ella veía a un Carlos enamorado y perfecto. Ahora pensaba que tonta había sido, que ciega había estado.

De vez en cuando hablaba con una tía que se había ocupado de ella cuando era niña, la relación se había  roto cuando ella decidió  casarse con Carlos, decidida y enamorada se enfrentó a la poca familia que tenía  y ahora ya no podía volver el tiempo atrás.

Tenía una vecina más mayor que ella que de vez en cuando tocaba su puerta para preguntarle si estaba bien, ella  apreciaba tanto a ese gesto, pero siempre intentaba que  la conversación fuera corta de tiempo por miedo que venga su marido y la encontrara con doña Amelia.

En ocasiones la había amenazado y le había dicho que  mataría a la vieja si la veía allí.  Recuerda exactamente sus palabras:

– cuando la vea por aquí la mato y a ti también- no dudaba de que algún día llegaría ese momento, por eso debía impedirlo mientras pudiera y pensar como librarse de él antes de que él lo hiciera con ella.  Clara sabía que si lo mataba ella primero, en la cárcel no estaría tan mal como en su propia casa, igualmente estaría encerrada como lo estaba ahora.

Esa mañana se levantó triste y amargada, las huellas del sufrimiento continuo marcaban su rostro, lleno de moretones, rojeces y cicatrices. No le gustaba verse al espejo, ni salir a la calle, se veía y se sentía fea.

Limpiando la cocina encontró una cucaracha – ¡Oh santo dios que asco!, cómo ha entrado hasta aquí, eso es lo que trae el verano, pensó,  que los bichos empiezan a salir e invaden todo.

De un zapatazo la mató, la cucaracha tal vez ni siquiera sintió el golpe, la reventó con fuerza  y odio, con asco y repugnancia como sentía por su marido. Dejó el zapato en el suelo,  se sentó en una silla y mirando hacia la puerta vinieron las ideas a su cabeza. Si su marido era una cucaracha, debía aplastarlo y  reventarlo así.

Esa noche cuando Carlos regresó de trabajar  lo esperaba con una cena suculenta, tal vez una cena romántica.

–       ¿Qué chorrada es esto de velas y mantel? ¿no habrás gastado dinero en esto verdad?- dijo despreciando la decoración que había sobre la mesa.

–       No, esto lo tenía guardado, quería darte una sorpresa.- Sentía rencor, impotencia, pero quería que comiera y que comiera mucho.

–       Estas tonterías no me gustan, tú sabes lo que me gusta nena- dijo riéndose. -Quiero una cerveza.-

Se sentaron a cenar, la comida olía bien, Carlos se estiró en la mesa apagó las velas y cuando su mujer le sirvió la comida, aprovechó para meterle mano en su nalga, la apretó y le dio un golpe.

–       Te quedaste contenta anoche ¿verdad?, ¿eso es, quieres repetir?, dijo riéndose mientras empinaba la lata de cerveza hasta dejarla vacía.

Cenaron, Clara a penas probaba bocado, sólo lo miraba, miraba sus gestos, su forma de comer desesperadamente y de beber sin parar, si esa noche no sucedía lo que ella esperaba, sabía que la sorpresa terminaría en golpes.

Se sentaron en el sofá, Carlos después de seis cervezas comenzaba a tener sueño, a incomodarse y ponerse inquieto.

Un calambre en su estómago lo hizo tirarse al suelo, se agarraba la barriga con las dos manos, gritaba de dolor  hasta casi llorar, se retorcía en el suelo dando arcadas, y teniendo convulsiones, su cuerpo no paraba de moverse, como una víbora pensaba Clara, se retorcía en el suelo como lo que era.

Su boca empezó a largar espuma, pedía auxilio, suplicaba.

Clara se levantó y después de observarlo unos minutos le dijo

–       No te preocupes mi amor voy a buscar ayuda-

Salió hacia el lavadero, buscó un martillo que escondía en una caja vieja llena de polvo. Era de hierro, grande y pesado.

Al entrar al salón veía como Carlos se arrastraba hacia la puerta, débil con los ojos entreabiertos. Golpeó tantas veces su miembro como dolor había sentido en cada violación.

Carlos gritó de dolor, sudaba y tiritaba. Ya casi no podía moverse, un último golpe en su cabeza acabó con su agonía. La sangre corría por su ropa.

Su cabeza estaba, hundida y aplastada, como la cucaracha en la cocina.

 

Golpeó tantas veces su miembro como dolor había sentido en cada violación.

Golpeó tantas veces su miembro como dolor había sentido en cada violación.

 

 

 

 

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Relato breve.

10/07/2014

Tormenta de Nieve

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Abrir esa puerta sería la peor decisión de su vida.

 

Dice que es la policía- le explicó a su mujer, mientras giraba la llave que cerraba la puerta, sin pensar por un solo segundo que el abrir esa puerta sería la peor decisión de su vida.

Dice que es la policía- le explicó a su mujer, mientras giraba la llave que cerraba la puerta, sin pensar por un solo segundo que el abrir esa puerta sería la peor decisión de su vida.

 

La familia López siempre iban unidos a todos los sitios, era parte de su rutina para los fines de semanas, a Marcos lo habían criado así, y él había hecho lo mismo con sus hijos. Adoraba cuando estaban todos juntos cenando, comentando que tal había ido el día, ¿cómo se habían levantado, Trini y Lucas?, ¿qué habían hecho en el  colegio? y si necesitaban ayuda con algún ejercicio de matemáticas. Siempre pendiente de sus hijos y de su mujer, Marcos, dedicaba su vida a trabajar y a buscar la forma de hacer una vida divertida y feliz en familia.

Todo iba bien hasta que sonó el timbre de la casa.

-¿Esperamos a alguien y no me has dicho nada Cristina?- dijo Marcos al levantarse y caminar hacia la puerta.

-Yo no espero a nadie- pregunta quién es antes de abrir-

Trini y Lucas entre miradas cómplices, se reían y hasta en un descuido de Cristina se arrojaban migas de pan a la cara.

-¿Quién es? – Con vozarrón grave, preguntó Marcos, tratando de mostrar su hombría a través del sonido cerrado que emitían sus cuerdas vocales que hacían imaginar un hombre fuerte, musculoso, con espalda ancha, manos grandes y pecho bien formado debido al ejercicio diario, pero esa era una realidad que él mismo creaba en su mente, su cuerpo era más bien, delgado, con ojos hundidos, algo encorvado, piernas largas y delgadas, nariz recta y poco pelo, pese a sus tratamientos contra la alopecia en su cabello las entradas de su frente y la calvicie asomaban sin remedio.

-La policía Señor López, abra la puerta, necesitamos hablar con usted un momento- se escuchó del otro lado de la puerta, su voz en la imaginación de Marcos hizo pensar en alguien gordo, bajito, arrogante y de esas personas que llegan a la hora de la cena sin avisar y se sientan a comer así sin más.

La cara de incógnita de Marcos se reflejaba en las arrugas de su frente y la mueca que hacía con sus labios.

– Dice que es la policía- le explicó a su mujer, mientras giraba la llave que cerraba la puerta, sin pensar por un solo segundo que el abrir esa puerta sería la peor decisión de su vida.

A los dos segundos de desbloquear la puerta sin apenas haber girado el manillar, marcos cayó al suelo del empujón que le dieron al entrar, alcanzó a perder el conocimiento unos segundos, no entendía que estaba pasando quiénes eran, qué querían, se llenó de preguntas que no salían de su boca, solo estaban en su cabeza, y ni si quiera se había dado cuenta. Miró a Cristina rápidamente, los ojos de ella pedían auxilio a la vez de que trataba de observar todo para maniobrar.

Cristina siempre había sido muy inteligente, y si bien no era su mayor virtud, era manipuladora, sabía dar vuelta la tortilla para salir beneficiada y que la culpa siempre cayera en el otro, era su forma de ser, hasta en ocasiones lo hacía sin darse cuenta.

-Todos quietos y callados y no les pasará nada- dijo una voz grave, este cuerpo si era como se imaginaba Marcos a sí mismo, fuerte y corpulento.

-No tenemos dinero, no tenemos nada – Dijo Marcos disgustado y temeroso de que ocurriera lo peor.

-Por favor señor haremos lo que usted nos diga pero por favor deje ir a los niños, que ellos no vean esto por favor se lo pido- casi suplicando y con gestos de amabilidad decía Cristina, que en la situación en la que se encontraban era la más sensata, la que estaba pensando.

Trini y Lucas estaban inmóviles, aturdidos por todo lo que estaba pasando se desprendían de sus ojos lagrimas que rozaban su piel. Sin quejidos porque les habían hecho seña con el dedo índice sobre la boca para que permanezcan callados estaban paralizados. No dudaron en hacerlo, tenían miedo, nunca habían hablado de cómo reaccionar en un caso de este tipo, así que estaban desorientados.

No habían pasado ni cinco minutos desde que sonó el timbre y ya estaban todos sentados en el sofá, con las manos hacia atrás, una cinta color gris enroscada en sus manos evitaba que se movieran, Lucas y Trini fueron  encerrados en el baño.

La agonía del corazón de Marcos en el momento que se llevaban a sus hijos le provocó varias puntadas en el pecho y un fuerte calambre en el estomago.

-¿Qué van a hacer con ellos?, por favor no les hagan daño- alcanzó a decir hasta que un golpe en su cabeza lo hizo callar al instante.

Cristina se retorcía de la impotencia, y se quejaba zarandeándose de un lado a otro.

Nacho había sido precavido y la había atado de manos y pies, y había colocado un pañuelo sobre su boca para que no hablara.

-Las mujeres siempre dan problemas, así que va a ser mejor así, que la señora de la casa esté tranquilita en el sofá ¿verdad Marcos?- preguntó con tono irónico.

Marcos asintió con la cabeza, por miedo a que le zurraran en la cabeza de nuevo, de alguna manera compartía ese pensamiento, sabía que Cristina intentaría hacer algo y tal vez sin darse cuenta los pondría en peligro.

–          Te voy a explicar un par de cosas Marquito, Si haces lo que te ordene, no pones  resistencia y colaboras con Nacho nada pasará a tu familia, ¿lo entiendes?-

–          Sí, lo que usted me diga, yo hago lo que usted necesite pero por favor no le haga nada a mis hijos- dijo Marcos casi al borde del llanto.

Los ojos de Nacho eran grandes y redondos, de color negro intenso, profundos, al mirarlos demostraban maldad y seguridad a la vez, se nota que no es la primera vez que lo hace, pensó Marcos entre sí, sorprendido por el frío de sus ojos, el vacío que proyectaban.

–          Yo y mi equipo estamos necesitando asilo momentáneo, serán sólo una noche hasta que pase la tormenta y las aguas se calmen, necesitamos comida y descansar, como si estas fuesen unas vacaciones, y tú nos invitas a pasarlas en tu casa, ¿qué dices?, ¿me invitas a tu casa a vacacionar unos días, todos juntitos como en familia? -Rompió a reír Nacho, su ironía era característico de él.

Marcos bajó la mirada, esquivaba los ojos de Nacho, lo intimidaban, y dijo:

–          Podéis usar  todo lo que quieran de la casa, ropa, comida, cobijo, lo que necesiten, pero a cambio deja ir a los niños, por favor- casi suplicando dijo Marcos.

–          Deja ya de decirme eso tío, ya es la quinta vez que lo dices y estas poniéndome nervioso, no le haré nada a tus hijos, ni a tu mujer si colaboran todos, por eso hablo contigo porque eres el jefe de la casa ¿o no?, o ¿en tu casa manda tu mujer?- el tono arrogante y a la vez sincero de la pregunta dejó casi blanco a Marcos.

No podía reconocerlo ahí a la vista, pero en su casa mandaba Cristina, o era como ella quería y decía o el ambiente se podía transformar en un infierno; Marcos era pasivo, calmado, siempre trataba de llegar a un acuerdo y terminaba cediendo, ya estaba acostumbrado y los 15 años que llevaban juntos lo demostraba.

Nacho mediante señas con la mirada y un gesto con la cabeza, dio a entender a su compañero que le ate un pañuelo alrededor de la boca a Marcos.

–          Bueno, señor Marcos nos vamos a poner cómodos y a organizarnos, los dejaré aquí tumbados en el sofá tan ricamente, al lado de la hoguera, no quiero problemas señor López, ¿entendido?- preguntó mirando fijamente a Marcos y a la vez desviando la mirada hacia Cristina.

–          Marcos asintió con la cabeza porque con el pañuelo ya no podía hablar, las manos continuaban atadas, y sus pies también.

Nacho no fue muy lejos, se dirigió a la cocina que estaba pegada al salón, y desde allí observaba a Marcos y a su mujer.

Reunió a su equipo para organizarse y planear bien la noche, había dejado claro que no quería problemas, y que debían seguir las instrucciones y todo saldría bien.

Nacho siempre había tenido instinto de líder, sabía dirigir, sabía mandar, y sobre todo sabía hacer que se le respete. Las ordenes que daba debían cumplirse a rajatabla, sin fallos y a conciencia, a la vez que dirigía a su equipo lo formaba, lo capacitaba según las necesidades, los hacía consecuentes, y responsables. No era un malhechor de segunda calaña, él era respetado, admirado por su prolijidad y sobre todo porque no dejaba víctimas, se hacía con el control de la situación y terminaban colaborando todos para que nadie resultase herido, y él sin problemas extras.

–          Bueno chicos este es el plan, vamos a pasar la noche aquí, a ver si la nevada cesa y podemos llegar a las montañas, a la familia Simpsons  si la tratamos bien, y dejamos todo claro no serán un problema, necesito que estén vigilados pero a la vez que nosotros descansemos tranquilamente, vamos a necesitar fuerzas para mañana.

–          Piti dame información sobre la casa.

Piti desplegando un trozo de papel sobre la mesa, y señalando el esquema que había hecho dijo, son cuatro habitaciones la de la derecha es la matrimonial, al lado sobre el pasillo la de los críos, que duermen juntos, un baño grande sobre la izquierda, siguiendo el pasillo desembocamos en otra habitación, parece como de invitados, esto da a un lavadero cerrado, pero con una pequeña ventana de vidrio, no cabe ningún cuerpo por allí. Volvemos al eje central el salón, al lado la cocina, sobre el otro extremo otra habitación, parece como el cuarto de la plancha, o trastero, está llena de cosas de por medio, al lado otro baño pequeño.

–          Muy bien, amplio me gusta, dijo Nacho con sarcasmo.

–          ¿Cuántas ventanas hay  en toda la casa?

–          Siete ventanas, una en cada habitación, otra en la cocina, el lavadero y el ventanal del comedor que deriva en un patio, este es compartido con la ventana de la habitación de matrimonio.

–          Roque, dime indumentaria y mobiliario cocina.

–          Sí señor, he quitado todos los cuchillos y tijeras, he revisado la casa aparentemente no hay armas, ni caja fuerte, ni dinero escondido. Herramientas, jarrones, móviles, y aparatos electrónicos están fuera.

–          ¿Hay alarma de seguridad?, ¿vecinos cerca?

–          No, sin alarmas. Los vecinos están a 1 kilómetro el más próximo, probablemente no estén en casa; este pueblo la mayoría de las casas son segunda residencia, sólo las utilizan para el verano.

–          Pasaremos la noche aquí, mañana estaremos atentos a las noticias y decidiremos como continuar.

–          Atentos, distribución y turnos, Roque estarás de guardia hasta las 3 luego te suplantará Mario hasta las siete, pueden comer y tomar lo que quieran, respetando un orden. A la familia Simpson los acomodaremos en el salón, si es necesario traeremos un colchón de las habitaciones y los pondremos sobre el suelo, los quiero a los 4 aquí. ¿Entendido?

–          Sí, señor, contestaron Roque y Mario. Eran un equipo, sabían acatar órdenes y sabían ejecutar un buen plan.

Afuera había comenzado a nevar con más intensidad, y eso complicaba el viaje, habían quedado parados en Montag, un pueblo perdido entre las montañas de los Pirineos, justo al límite entre Francia y España.

Nacho miraba de reojo hacia al salón observando los movimientos de Marcos y Cristina, por si tenía que realizarles alguna advertencia, pero no veía motivo alguno, aparentemente se estaban portando bien.

Encendió el televisor para ver las noticias, evaluar el estado del tiempo y tantear la situación, en el canal local del pueblo no paraban de repetir las malas condiciones del tiempo que azotaba la región, y lo peor de todo es que anunciaban que el pueblo estaba incomunicado debido a la acumulación de nieve que sobrepasa el metro y medio de altura. Haciendo zapping y dando un recorrido general quedó inmutado al escuchar:  “La policía ha sido alertada de un importante robo en el banco caixa city, las identidades de los fugitivos están en poder de las autoridades pero no han sido reveladas a la prensa, se busca en la zona de Pirineos como posible lugar de refugio de la banda”.

–          Pero quién ha sido el chivato, es imposible que tengan esa información- pensaba mientras buscaba respuestas y trataba de elaborar un plan rápidamente.

La banda de Nacho se dedicaba al robo de bancos, lo hacían de una manera muy cuidadosa en los detalles y nunca les habían seguido la pista. Los primeros motines sirvieron para la compra de indumentaria tecnológica, para la realización del trabajo, este motín era bastante bueno, los retiraría un tiempo, para eso debían llegar a la cabaña en dónde se ocultarían un par de semanas para luego cruzar la frontera hacia Francia. Todo estaba planificado y bien calculado, la tormenta de nieve lo había complicado pero lo que él se preguntaba es cómo habían descubierto sus identidades y el destino al que se dirigían.

Cristina no aguantaba más, le dolían los brazos y las muñecas, estaba atemorizada pero a la vez rabiosa, quería liberar a su familia, proteger a sus hijos de estos vándalos. Había pensado formas de escapar pero todas eran riesgosas, por lo menos para sus hijos, tenía que ser cauta y elaborar un plan.

Comenzó a moverse y a balancearse sobre el sofá gimiendo lo más que pudo ya que llevaba un pañuelo en la boca. Su marido la miró fulminantemente, temía por ella, por sus hijos y por él, sabía que Cristina tenía agallas para dar guerra.

Nacho se acercó al salón.

–          ¿Qué pasa con usted señora?, ¿quiere tener problemas tan pronto?- le explicó haciendo un gesto con la mano para que deje de balancearse.

–          Le desató el pañuelo y con una mirada fija le dijo- No ponga en peligro a su familia-

–          Necesito ir al baño por favor, es que me voy a hacer encima aquí mismo, por favor necesito ir, sus ojos demostraban súplica.

–          Muy bien, pero iremos juntos, ¿espero no le importe que la ayude?, dijo con sarcasmo.

No era parte del plan que fuera con ella, pero ya había pensado en ello.

–          Necesito ir urgente, no importa con quién sea.

La levantó del brazo y fueron los dos al baño, Marcos estaba nervioso les siguió con la mirada hasta que desaparecieron por el pasillo.

Cristina era una mujer atractiva, a penas rondaba los cuarenta años y físicamente se mantenía en forma, con carácter fuerte, siempre tomaba las decisiones en casa, y prácticamente se hacía lo que ella decía.

En el baño tenía guardado sedante en capsulas, lo tenía escondidos, porque Marcos no lo sabía, pero de vez en cuando necesitaba ayuda para dormir y para relajarse. Otra de las cosas que le ocultaba a su marido era la asistencia a ayuda psicológica, había comenzado a asistir porque no se encontraba bien, sentía ansiedad y necesitaba hablar con alguien y descargarse bajo la percepción de una mirada objetiva.

Una vez en el baño Nacho pensó en desatarla y dejarla que se refresque un poco, no creía que fuera a causar problemas estando sus hijos en peligro, le dijo que la desataría pero que dejarían la puerta entre abierta y el estaría esperándola.

–          Tiene cinco minutos, así que dese prisa-

Ella asintió con la cabeza y entró en el baño.

Al salir, Nacho le sujeto las manos de nuevo y se dirigieron al salón, en el camino intentando ser tímida dijo:

–          Hace frío, no para de nevar, si queréis os hago algo caliente de cenar- bajó la mirada en espera de la respuesta o incluso de algún golpe por entrometerse.

–          No me parece mala idea, siempre y cuando tenga cuchillos de plástico, porque nos hemos desecho de ellos- sonrió.

–          Bueno hay ingredientes que no debo cortarlo, puedo hacer un puchero caliente, puedo apañarme. Quiero agradecer que me hayas dejado venir al baño y que no hayas tocado a mis hijos, sólo eso.

Al verlos aparecer por el pasillo Marcos se tranquilizó, pensaba que volvería a sentarse a su lado y esperarían que pase esa amarga noche. Pero no fue así, se dirigieron a la cocina, él no hacía otra cosa más que mirar, no podía hablar incluso temía moverse, sus hijos estaban a la derecha, se habían quedado dormidos.

Sin dejar de echar ojo a Cristina y después de varias advertencias de muerte, la dejó con las mano libres para que cocinara algo caliente y rico, le apetecía recuperar fuerzas. Reunió a su equipo y les dijo que aparte de cenar algo caliente, estaban en apuros, les contó lo que había escuchado en las noticias.

Se relajó un instante mientras bebía una cerveza y observaba a Cristina cocinar, le parecía guapa. Tal vez sentía envidia de Marcos, por tener una familia casi de cuento. Él no tenía a nadie que lo esperara para cenar, alguien que se preocupara por su salud, por su estado de ánimo, o simplemente alguien que lo amara.

Muchas veces se encontraba vacío y solo. Alejó de sí esos pensamientos y se concentró en el nuevo plan, si lo estaban buscando muy cerca sería bueno que emprendieran viaje pronto.

Cristina se puso manos a la obra, en una cacerola comenzó a echar los ingredientes, para algunas verduras sacó un pelador el cuál antes de usarlo le solicitó autorización a Nacho, quién no vio peligro y asintió. Comenzaba a confiar en ella, o al menos eso deseaba.

-En una hora estará listo- dijo.

Los potajes como ella le llamaba le salían muy bien, sobre todo los de garbanzos con chorizo y verduras, no tardó mucho en comenzar a salir olor agradable de la cocina.

Nacho la sentó nuevamente en el sofá, casi pidiéndole disculpas la ató de nuevo las manos y tapó su boca con un pañuelo.

Ya tenía decidido el plan, reunió al grupo y les comentó que pasarían la noche, descansarían, cogerían provisiones y partirían por la mañana pese a la tormenta, era arriesgado quedarse allí más tiempo.

El grupo lo escuchaba con atención mientras sus tripas se revolvían del hambre presos del aroma que desprendía la cacerola.

Se sentaron los cuatro en la mesa, Nacho antes de empezar se acercó al sofá ofreciéndoles a los dueños de la casa, pero ambos negaron con la cabeza.

Comieron hasta saciarse enteros, hacía tiempo que no disfrutaban de comida casera, la felicitaron haciéndoles gestos con la mano, levantando el dedo pulgar y riéndose.

–          Lo siento señora pero no nos quedaremos a limpiar la cocina- Le dijeron entre carcajadas.

Nacho indicó a su grupo cómo se organizarían y el plan previsto, primero le tocaría a Roque, y luego suplantaría Mario, no había mucho que vigilar ya que la familia López se estaba portando bien, no estaba causando problemas.

Se relajaron, comenzaron a bostezar, no negaban que estaban cansados, había sido un día largo y necesitaban descansar, el primero en encontrarse mal fue Piti, se sentía mareado e inestable. No entendía lo que le pasaba, tenía la mirada perdida hasta que cayó desplomado en el suelo.

Marcos al verlo caer, lo primero que hizo fue mirar a Cristina, sabía que algo no andaba bien.

Roque se acercó a ver que le pasaba, pero no podía levantarlo, no sentía fuerza, Piti era delgado y alto, no pesaba muchos kilos y más bien su cuerpo era manejable. Roque robusto y grande no podía creer que no sintiera la suficiente fuerza.

Nacho se tensó comenzó a ver la situación y lo primero que hizo fue meterse los dedos en la boca para vomitar.

–          Maldita hija de puta, ¿qué has puesto en la comida?- gritó lleno de furia pero a la vez sintiéndose débil.

Cristina abrió los ojos y negaba con la cabeza, desesperada rogando que haga efecto antes que apuntase con su pistola hacia ellos.

Roque y Marío también habían caído, él se acercó hacía su maletín para agarrar su pistola, esto no iba a terminar así, no se dejaría derrotar por una mujer maliciosa.

Cogió el arma, estaba mareado, se sentía inestable, intentó apuntar mientras Cristina y Marcos gemían incluso ella se puso de pié, ya que no los tenía atados. Tratando de despertar a sus hijos  e intentar protegerlos.

Marcos estaba desesperado, veía el arma, veía a Nacho apuntando y veía el odio en sus ojos, mientras se entrecerraban.

Apuntó como pudo y comenzó a disparar, los niños atemorizados se arrastraban hacia atrás del sofá para protegerse mientras Cristina los empujaba con los pies.

El primer disparo impactó en la pared, siguió intentándolo una y otra vez hasta que se desplomó sin más.

Cristina no lo podía creer, sentía miedo e impotencia pero a la vez se sentía triunfadora, sus hijos estaba bien y eso era lo que más le importaba.

Al girarse para ver a Marcos lo encontró tumbado sobre el sofá, las manos  y los pies atados, y un hilo rojo se desprendía de su cabeza manchando todo de rojo.

Esa noche Marcos se marchó para no volver nunca más, Cristina fue una héroe para sus hijos y para la policía, fue la pesadilla de una banda roba bancos, pero para ella misma era la asesina de Marcos.

disparo

Cristina fue una héroe para sus hijos y para la policía, fue la pesadilla de una banda roba bancos, pero para ella misma era la asesina de Marcos.

Cristina fue una héroe para sus hijos y para la policía, fue la pesadilla de una banda roba bancos, pero para ella misma era la asesina de Marcos.

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Relato breve.

08/07/2014

Cielo Azul

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Yo no tengo nada que perder, porque lo único que tuve en la vida ya no era mío.

Yo no tengo nada que perder, porque lo único que tuve en la vida ya no era mío.

 

Desamparada no sabía que hacer, no sabía a dónde dirigir la mirada, aquellos ojos verdes que brillaban al sol, casi lagrimosos de tan solo recordar que su amor no estaba, que nunca volvería, que la había abandonado para siempre.

Cómo duele amar pensó, como cuesta olvidar y sanar las lastimaduras de un amor perjudicial y dañino. Cómo no me dí cuenta antes, se reprochaba a sí misma, había tantas señales que intentaban abrirme los ojos, y yo estaba ciega.

Nancy  entraba y salía de su terraza sin parar, se sentía en una mezcla de tristeza y ansiedad, tenía miedo de estar sola, de quedarse inmersa en la soledad eterna, no se veía capaz de volverse a enamorar ni de querer tan profundamente a alguien. Tal vez lo que más temía era que nadie la quisiera nunca, estaba convencida que Jesús nunca la había amado verdaderamente, y ya era tarde para estar buscando amores, pensaba que era mayor para tonterías de enamoramientos y menos con un corazón roto.

El salón de la casa era grande, tenía un sofá color crema y unos sillones individuales haciendo juego, ella era muy ordenada, le gustaba tenerlo todo conjuntado y combinando colores,  había una estantería pegada a la pared  llena de libros, le encantaba leer.

Se desplomó en el sofá dejando caer su cuerpo, meditando sobre su vida, sobre el engaño y las mentiras. Ella sabía que tenía algo dentro que le costaba expresarlo, que no lo podía definir pero que la inquietaba, reconocía que estaba dolida, pero aquello iba más allá del dolor. Se pasó la mano por la frente secando gotas de sudor frío, estaba nerviosa, se encontraba inestable, intentó cerrar los ojos, relajarse y olvidar.

Aparecieron las imágenes de aquella mujer morena, alta y más joven que ella, con un cuerpo de modelo a juzgar por el criterio de Nancy, a esa imagen se le acercaba una sombra en un principio era pequeña pero a medida que avanzaba se iba haciendo más y más grande, hasta que aparecía físicamente la imagen de un hombre, era Jesús  que abrazaba esa cintura delgada, acercando su rostro al de ella, penetrando sus labios en aquellos labios color rojo, tan llamativos como lo era ella entera.

Abrió sus ojos de repente intentando borrar lo que había visto esa tarde, pero sentía que era imposible. La rabia se mezclaba con el dolor y con la impotencia de no poder hacer nada.  Nancy tenía cincuenta años, trabajaba en una panadería haciendo pan, para ella era el mejor pan de la ciudad. Toda la vida había trabajado en la misma panadería era como de la familia, pero ella se sentía sola, no tenía hermanos y sus padres habían fallecido hacía bastantes años.

Su cuerpo era dentro de lo que ella denominaba normal, era más bien baja de estatura y con algunos kilos de más, era imposible resistirse a comer bocados y pastas en el trabajo. Había dedicado su vida a amar, cuidar y complacer a Jesús, incluso en la decisión de no tener hijos, para tenerse siempre el uno al otro. Saltaron lágrimas de sus ojos y sus puños se encogieron con fuerza demostrando indignación.

Después de secar su rostro y adoptar una conducta más tranquila pensó que no tenía nada que perder, porque lo único que había tenido en su vida, ya no era de ella. Se levantó,  retocó su maquillaje y salió de casa.

No iba a volver a enamorarme, era demasiado daño el que sentía, pero tampoco me voy a hundir sola, voy a caer muy bajo pero dos personas caerán conmigo, fue el pensamiento en su mente que despertó el odio que había acumulado, eran señales que había evitado pero que todo el tiempo le habían indicado que acabara con todo de una vez, que las personas cometen errores y que se arrepentirán de ello.

No quería conducir así que tomó un taxi.

– Al centro por favor- dijo subiendo al coche  sin mirar al chófer.

Al bajarse se dirigió a la calle central, dónde se alojaban la mayoría de las tiendas,  buscaba una en particular, cielo azul era su nombre, era una tienda de accesorios y ropa de bebé.

Al entrar por la puerta,  los ojos de la dependienta demostraron sorpresa, justo lo que Nancy  buscaba.

– Hola Soy Nancy- dijo con un tono seguro y con los ojos mirando fijamente a Diana, la dependienta.

El establecimiento estaba vacío, era la oportunidad perfecta de completar el plan.

– Sé quién eres, ¿qué buscas?-

Nancy se acercó lentamente sin dejar de mirarla y cuando la tubo tan cerca, como cuando su marido la abrazaba, le  introdujo un cuchillo en el abdomen derecho, con más fuerza se desquitó y propició otro cerca del hígado, y así hasta cerca de veinte puñaladas, desatando una furia incontrolable, una fuerza que no sabía de dónde salía pero que le daba la energía suficiente para seguir y seguir.  Estaba fuera de sí, no pensaba en nada, no veía nada. Las imágenes que aquella tarde la acechaban habían desaparecido.

Nancy salió del local número tres, Cielo Azul, teñida de rojo. Se sentó en la puerta, estiró su brazo y a la altura del codo realizó un corte profundo desangrándose en pocos minutos.  En su bolsillo había una nota que decía:

Yo ya no tengo nada que perder, porque lo único que tuve en la vida ya no era mío, Jesús eres un asesino. 

 

cropped-images9.jpg           20 puñaladas

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