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Relato breve.

19/06/2014

El Sótano

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El Sótano, un lugar dónde esconder recuerdos.

El Sótano, un lugar dónde esconder recuerdos.

 

Aquel día José dijo basta, iba a bajar al sótano y a limpiarlo todo, hacía tiempo que quería hacerlo pero los recuerdos lo abrumaban, el miedo y la soledad lo estaban convirtiendo en alguien que no era, un hombre perezoso, agrio, rebelde de sus instintos. Ya no quería sobrevivir, prefería ir a donde nadie sabe, pero creen que será mejor.  Más de una vez se había amenazado con un taladro pero su cobardía había evitado la tragedia.

Cuando bajó por las escaleras sintió un escalofrío que le sacudió todo el cuerpo, tembló y su piel se erizó, con cada escalón que bajaba venían más y más recuerdos a su cabeza.

Lo primero que vio al encender la luz, fue aquel mueble de roble antiguo que ella tanto se había empeñado en guardar, no servía para nada, él se lo había dicho más de una vez, pero aún así, Clara quería conservarlo, le parecía una pieza antigua y única, cómo lo era su amor.

Comenzó por la derecha, había muchas cajas una encima de otra y el polvo lo inundaba todo, pasó la mano por encima y estornudó.  Se limpió la nariz maldiciendo y  pensó otra vez:

– ¿qué hago aquí?, ¿porqué no dejarlo todo tal como está?, ¿para qué renovar todas estas sensaciones que me sacuden el corazón y me ahogan en un mar de pena?

Se tocó el pecho con la mano, bajó la mirada y las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos tristes, enrojecidos e hinchados de tanto frotarlos.

Decidió a abrir la primera caja, metió la mano con suavidad y extendió sus tapas, y ahí estaba, no pudo aguantar suspirar, gemir y sollozar, no entendía cómo no había salido corriendo aún. Lo tocó, era tan suave, su color rosa permanecía intacto pese a los años que llevaba allí metido en aquella caja, era su pañuelo, se lo había regalado por su primer aniversario. Le apeteció olerlo, sentirlo, para sentirla a ella una vez más, para respirar su olor, su perfume a jazmines que le volvían loco. Pero la decepción se marcó en su rostro al no sentir nada, olía a viejo, como sus recuerdos,  a naftalina, lo quitó rápidamente de su nariz, e hizo un gesto de asco y lo guardó en su bolsillo. La caja estaba llena de libros, los preferidos de Clara, y  algunos DVD de películas que solían ver juntos.

Con cada caja que abría se le desgarraba el corazón, pero había llegado la hora de deshacerse de aquella tortura, y una vez tomada la decisión tenía que continuar porque no se veía capaz de volverlo a intentar.

Al cabo de las siete de la tarde tenía apiladas unas cuantas cajas arriba listas para sacarlas a la calle, al subir tomó un bocadillo que había dejado a medias al mediodía, estaba seco y desabrido, pero no le importó; hacía tiempo que había dejado de probar bocado, comía a deshoras, comida precalentada, y sándwich. Se había quedado en los huesos, de pesar  ochenta y cinco kilos ahora pesaba sólo sesenta.

José era de estatura mediana, al quedarse tan delgado sus manos parecían gigantes ante sus brazos, siempre había destacado en su mirada el color de sus ojos verdes cristalinos, y su nariz que era grande y con un leve toque hacia abajo. A Clara le encantaba, se perdía entre sus ojos, siempre le decía que tenía una mirada dulce, tierna, tan suave como la seda.

Se limpió las manos en el pantalón y decidió bajar una vez más, este sería el tercer y último viaje, por fin acabaría con aquella agonía. Era lo que le habían recomendado que hiciera y a lo que estaba dispuesto hacer después de cinco años.

Su terapeuta lentamente veía que estaba saliendo adelante, y eso le confortaba como profesional, le había dicho que el primer paso para seguir  con su vida era empezar a vivir, él no se había muerto, ella sí. Pero José se sentía tan muerto como ella, sólo que él en este mundo y Clara en dónde vamos cuando morimos.

Pensó  que al terminar lo primero que haría sería abrir su portátil y enviar un correo a Luis, contarle que al fin lo había logrado y que estaba preparado para la siguiente fase de la terapia.

Con la última caja en las manos sintió un aire que recorrió todo el sótano y por un instante lo hizo tambalear, todos sus pensamientos de logro triunfal se desvanecieron y una vez más lo invadió la inseguridad y el miedo. Sintió frío, y era julio, era imposible que corriera aire fresco en ese momento, trató de tranquilizarse y excusar la situación:

– He debido de dejar la puerta abierta de la calle- musitó en voz alta pero entrecortada.

La sensación le recorrió todo el cuerpo y lo único que pudo imaginar es que era ella, que estaba allí con él, una presencia fantasmal que no quería salir de su vida, o todo lo contrario, que quería ser libre de la prisión de aquel sótano.

Con tantos pensamientos y esa electricidad en el cuerpo la caja se deslizó por las manos, escuchó el golpe al dar contra el suelo, se abrió y los álbumes de fotos que contenían quedaron desparramados en el suelo; uno quedó abierto y vio su foto, ella era morena con unos rizos electrizantes, con ojos color café y una sonrisa pura y sincera, sin ninguna duda era muy  fotogénica.

Paralizado frente a su foto vio y sintió una luz blanca y rutilante, que podía deslumbrarlo, se tapó los ojos, el corazón le latía a mil por hora, parecía que iba a salir de su pecho.

Estaba allí con él, podía verla, quería tocarla, hablarle, besarle, pero estaba pasmado, inmóvil,  ni siquiera podía pestañearpor miedo a que desapareciera.

Estiró su mano para alcanzarla, y vio un camino que  se le elevaba hacia el infinito, no lo podía creer, nunca había sabido lo que era el infinito hasta aquel día. La luz desapareció y la paz interior que sintió le inundó el alma. Por fin volvía a ser feliz.

 

El sótano                          El sótano 3

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