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Relato breve.

23/02/2015

Relato La Transformación

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Sentía que era injusto dañar a la persona que más te ama, prefiriendo engañarse a sí mismo, y renunciar a Carla, por no apagar el brillo de Bárbara.

Sentía que era injusto dañar a la persona que más te ama, prefiriendo engañarse a sí mismo, y renunciar a Carla, por no apagar el brillo de Bárbara.

 

Soñaba con una vida distinta en donde no existían las mentiras ni los engaños, dónde cada uno es lo que es y nadie juzga a nadie, donde todos se aman sin importar condición física, ni sexual, ni espiritual.

 

Sentada enfrente del espejo se iba desmaquillando poco a poco, las pestañas postizas eran guardadas con cuidado para poder usarlas nuevamente, los labios color rojo intenso volvían a ser pálidos. Los ojos ya no brillaban, los parpados no reflejaban luz, y el tono e piel había vuelto a su normalidad, donde se dejaban ver los poros abiertos de la abundante depilación con algunas rojeces.

Parecía una piel totalmente diferente, una cara distinta pero unos mismos ojos observando ambas facetas. El vestido ya se lo había quitado y estaba colgado en el armario, las medias que cubrían las piernas sostenidas con un portaligas color negro, se deslizaba lentamente hacia abajo, en un lento movimiento que la masajeaba y acariciaba a la vez. Las plataformas en el costado de la cama esperaban ser sustituidas por los zapatos color marrón número  cuarenta y uno que posaban a su lado.

Carla era  muy femenina con movimientos sexys culminaba su rutina de transformación,  le gustaba más la primera parte, en dónde se convierte en princesa, que la última cuando vuelve a la realidad en plena medianoche.

Con unos jeans puestos, una camiseta color azul y sus zapatos color marrón,  subió las escaleras que daban a la calle, a la salida del club Half.

– He Carlos, no te olvides que mañana cambiamos turno, tienes que estar aquí a las seis, no me falles- gritó desde la puerta Lorenzo mientras le guiñaba un ojo.

-No te preocupes guapa, aquí estaré, hasta mañana- Saludó levantando su mano y moviendo sus dedos delicadamente.

La noche estaba fresca, se arrepintió de no haberse llevado una chaqueta, lo último que quería era resfriarse en ese momento en donde su carrera estaba despegando.

Carlos había conseguido un papel en una revista teatral, protagonizaba un papel secundario pero muy influenciado por los personajes principales, por lo tanto salía en gran parte de la obra. También trabaja en un club de noche, con un show streeptis , por las mañanas aprovechaba para ensayar la obra.

El paso ligero hasta la parada del metro lo hizo entrar en calor, ya no sentía escalofríos, miró su reloj y vio que el metro no tardaría en llegar, en media hora estaría en casa.

Entró sigilosamente, tal vez intentando no hacer ruido, sin encender la luz dio los primeros pasos en plena oscuridad hasta que sus pupilas se acostumbraron y empezó a definir las figuras de los muebles del salón, su mente ya sabía el recorrido, la cantidad de pasos que debía dar, dónde girar, y encontrar así la puerta del dormitorio, eran varios años haciendo lo mismo, la práctica se había adueñado de su rutina convirtiéndola en algo perfecto, jamás topaba con nada, y el silencio permanecía constante en la casa.

Al entrar en la cama sintió el calor entre las sábanas, le sabía tan rico después del frío de la noche, al taparse y girarse hacia el lado derecho su postura favorita y más cómoda, un brazo cálido y cariñoso rodeó su cuerpo, un beso en la nuca lo hizo estremecer.

-Cariño que bueno que ya hayas llegado, que descases mi vida. Su voz era suave y fina, estaba entre dormida pero le gustaba aferrarse a su cuerpo, sentir su olor y su respiración.

-Que descanses tú también Bárbara.

Cerró sus ojos y se imaginó otra vida, la que siempre había soñado, en donde no existían las mentiras ni los engaños, dónde cada uno es lo que es y nadie juzga a nadie, donde todos se aman sin importar condición física, ni sexual, ni espiritual. Pero al despertarse se daba cuenta que ese mundo no era real.

-Buenos días, levanta cariño que llegarás tarde al trabajo, te hice el almuerzo lo tienes en una bolsa sobre la mesa. El desayuno ya está listo también.- Le dio un beso en la mejilla y acarició su rostro, su mirada era tierna y llena de amor.

-Enseguida me levanto- dijo girándose hacia el otro lado de la cama- luego nos vemos.

-Me voy a llevar a los niños a la escuela, luego haré la compra y pasaré por la tienda para ver si necesitan ayuda.

-Perfecto, nos vemos luego.-Aún no era capaz de abrir los ojos.

El horario de Carlos era variado, por las mañanas se levantaba en torno las ocho treinta y se marchaba hacia la casa de Roberto un amigo que le prestaba el piso para sus ensayos y para prepararse para el club, luego volvía a casa sobre las dos, comía con Barbará y volvía al club en torno a las seis o a las ocho depende del turno. Laboralmente estaba bien, ganaba lo suficiente para sacar adelante a su familia y vivir dignamente.

La vida de Carla era totalmente reducida, se limitaba al horario de seis de la tarde a pasadas las doce de la medianoche,  intentaba robar parte de la vida de Carlos, tal vez más tiempo siendo Carla, pero a veces era imposible, se sentía frustrada, quería ser libre, tener  más tiempo, disfrutar de la vida y no solo del club.

Al llegar a casa Bárbara preparó la comida, recogió la casa, y ansiosa esperó a Carlos a que entrara por la puerta, quería mimarlo y consentirlo después de tanto trabajo que tenía por la mañana en una obra de peón, y por la noche de seguridad en un solar apartado de la ciudad.

Sabía que Carlos trabaja duro para que ella y los mellizos fueran felices y no les faltara de nada, por lo tanto ella intentaría hacer lo mismo con él, cuidarlo y consentirlo todo lo que pudiera. Los niños comían en el cole, por eso la comida era su horario favorito en dónde podían estar juntos y tener cierta intimidad.

Al llegar a casa Carlos se dio una ducha y fue hacia la cocina, se sentó en la mesa.

-¿Cómo ha estado tu día hoy?

-Bien, un poco cansado, pero bien, ya tenemos la obra casi terminada.

-¡Qué bueno!, en la tienda de mi madre todo normal, he pasado por allí pero no había gente así que me he vuelto pronto a casa.

-Esta tarde me voy más pronto, necesitan en la empresa de seguridad que entre antes así que descansaré un poco y me marcho.

Carlos a penas probaba bocado, se sentía incómodo, era mucho tiempo fingiendo una vida de mentiras, que aunque quisiera decir la verdad no sabría por dónde empezar. Su rostro emanaba tristeza y resignación, mientras veía la luz que desprendía  Bárbara al mirarle.

Sentía que era injusto dañar a la persona que más te ama, prefiriendo engañarse a sí mismo, y renunciar a Carla, por no apagar el brillo de Bárbara. Él la quería, habían sido novios de pequeños, creía que se había enamorado, pero un día se dio cuenta de que en realidad no estaba enamorado de ella,  sino más bien quería ser como ella, se había quedado encantado con su forma de andar, sus gestos, sus movimientos, su sensualidad, la admiraba, quería transformarse en ella. Luego llegaron los mellizos, Álvaro y Agustín que cambiaron su vida para siempre, lo ataron más a una vida que no quería tener.

-¿Estás bien?, te noto algo callado.

-No, tranquila solo que estoy cansado, intentaré dormir un rato antes de irme.

Se recostó en la cama, cerró los ojos y escucho los pasos sensuales de Bárbara al entrar en la habitación, iba sólo en ropa interior, se acercó y comenzó a acariciarlo y besarle, Carlos se dejó llevar pero en su mente estaba Carla, la verdad, las mentiras, la vida fingida, el trabajo inventado. No pudo continuar.

-¿Qué pasa?, ¿no te apetece?, llevamos tiempo sin estar juntos, sólo quería relajarte.

-No pasa nada, no me encuentro bien- comenzó a vestirse sin mirar a Bárbara a los ojos- tengo que marchar, luego nos vemos por la noche- la besó en la frente y salió de la habitación dejando un camino de aroma a su piel mezclado con perfume hasta llegar a la puerta donde se esfumaba todo rastro.

Bárbara no lo entendía, hacía tiempo lo notaba lejos, frío, comenzó a pensar e imaginar lo peor. – ¿Y si me está engañando?, ¿tal vez tenga otra mujer?, o sólo está cansado. Su cabeza comenzó a dar vueltas, buscando respuestas, inventando preguntas, encontrando escusas.

Revisó su armario, registró su ropa, sus cajones, su correo electrónico, pero no encontró nada, era una mezcla de alivio y preocupación porque no lograba averiguar porque Carlos ya no era el de antes, ya no sonreía, ya no era feliz.

Una mañana decidió seguirlo a la obra, su rostro quedó pálido al verlo entrar en una casa, que no era precisamente una obra en construcción, su corazón palpitaba sin parar, y sus ojos se llenaban de lágrimas, -lo sabía, tiene otra familia, otra mujer- pensó.

Caminó despacio hasta la entrada de la casa, quiso asomarse por la ventana pero temía que la vieran, rodeo el jardín lentamente agachada y sin perder de vista la puerta principal. Cuando encontró un lugar cómodo fuera del alcance de cualquier observador  que la sorprendiera, escuchó voces, eran en forma de versos, tal vez diálogos, no entendía muy bien lo que se decía pero era la voz de Carlos, podía reconocerlo. Sus lágrimas caían por sus mejillas y una impotencia y rabia se adueñó de ella, quería saberlo todo, estaba dispuesta a enfrentarlo cuando al asomarse por la ventana  su corazón dio un vuelco, se quedó sin respiración, la vista se nublaba y sentía desvanecerse, se sostuvo de los barrotes de la ventana y lo único que pudo decir fue -¿Carlos eres tú? -Cayó al suelo semiinconsciente, intentando imaginar que estaba en un sueño, que no era verdad lo que había visto.

Carlos al verla desplomarse salió corriendo de la casa y la sostuvo en sus brazos, la purpurina reflejaba los rayos de sol en su cara, su rostro maquilado a la perfección y con cierta exageración se enmudeció, la miraba, la acariciaba, no se atrevía a decir su nombre. Arrodillada y con Bárbara entre sus brazos, Carla sintió el alivio de la verdad, el fuego de la mentira y el dolor de Bárbara.

Carla sintió el alivio de la verdad, el fuego de la mentira y el dolor de Bárbara.

Carla sintió el alivio de la verdad, el fuego de la mentira y el dolor de Bárbara.

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Relato breve.

11/09/2014

Amor entre Llamas

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Estaba deslumbrada ante tanta belleza, no esperaba a nadie y ahí estaba él, parado frente a ella, con cara de felicidad

 

Cayó al suelo, sus oídos quedaron sordos, casi no podía moverse,  podía sentir el olor a humo, y  un calor intenso.

Cayó al suelo, sus oídos quedaron sordos, casi no podía moverse, podía sentir el olor a humo, y un calor intenso.

 

Estaba sentada en el sofá de la casa leyendo un libro cuando sitió la explosión, los cristales de la ventana estallaron, en segundos sentía el ardor de esos diminutos pedazos de cristal incrustados en su piel.

Cayó al suelo, sus oídos quedaron sordos, casi no podía moverse,  podía sentir el olor a humo, y  un calor intenso. Había fuego en la casa, las llamas todavía no habían llegado al salón pero su intensidad se hacía notar. Tenía que ser rápida, moverse y pedir auxilio.  Se arrastraba por el suelo intentando levantarse, cuando lo consiguió se dio cuenta que sus piernas estaban débiles, apenas podía dar pequeños pasos.

El ventanal del salón había quedado destruido,  estaba en el piso número seis, la posibilidad de saltar era nula.

Ya comenzaba a sentir un pitido en sus oídos y a lo lejos podía descifrar una  sirena, sabía que venía ayuda, pero tenía que hacer algo, para alejarse de las llamas o para salir de allí.

Tosiendo sin parar trató de acercarse al baño, todavía allí no había llegado el fuego, encendió todos los grifos que pudo y colocó tapones para que el agua se acumulara. Mojó todo su cuerpo, el fuego avanzaba rápidamente, ya no tenía ideas, el temor se había apoderado de ella.

No era la primera misión de David, estaba formado y capacitado, llevaba 10 años formando parte del real cuerpo de bomberos.

El edificio estaba desalojado aparentemente no había víctimas, con excepción de Paula que atemorizada y casi sin fuerzas estaba escondida en el baño.

David ya había planeado el rescate, subirían con la escalera de la autoescala para ingresar por la ventana del salón, era riesgoso utilizar el ascensor o las escaleras interiores de edificio. El fuego se iba expandiendo de manera rápida.

La manzana había sido acordonada y cerrada, los vecinos de Paula que no eran muchos, ya estaban a salvo.

El humo se acercaba cada vez más, en cualquier momento podía quedar inconsciente. Ya casi no quedaba oxigeno.

El baño tenía una pequeña ventana circular, casi como del tamaño de la cabeza de una persona, estaba cerrada y el tiempo había hecho que se oxidara su estructura y era difícil de abrir, lo intentó en varias ocasiones sin resultados beneficiosos. Era el momento de abrirla o moriría asfixiada, la ayuda ya estaba en el edificio pero apenas podía respirar, se estaba desvaneciendo y  cerrando los ojos.

Se subió al bidé con escasa fuerza y empezó a golpear la ventana intentando abrirla, daba a un patio interior que ningún vecino utilizaba y que no estaba demasiado cuidado ni higiénico. Era su última esperanza. El intento fue fallido, no pudo abrirla, sentada en el baño, rodeada de agua, un sueño dulce y suave se apoderó de ella, la llevó a otra parte, lejos del miedo, del calor, y de la desesperación por no poder respirar.

Una luz intensa la deslumbró al abrir los ojos, sólo podía ver el techo color blanco y esa luz que no le permitía seguir explorando. Intentó moverse, entender lo que pasaba pero todo era confuso, miles de preguntas vinieron a su cabeza. Estaba cansada, adormecida, por momentos pensaba que estaba soñando, que ese lugar no era real. No se podía mover mucho, respiraba con dificultad.

-Buenos Días, señorita  Aguirre, ¿Cómo se encuentra?- era una voz dulce y pausada. Paula intentaba ver su rostro, relacionarlo con alguien o algo pero fue inútil.

-¿Quién es usted?, ¿Dónde estoy?

-Tranquila, vamos despacio, todavía está bajo los efectos de la medicación, tardará un rato en volver en sí, lo importante es que se ha despertado. Soy el doctor Carbajal, es un placer verla despierta, poco a poco iremos dando más detalles, ahora debe descansar, ya habrá tiempo para preguntas y respuestas- Se marchó despacio, vestía una bata blanca, y llevaba un accesorio de médico en el cuello.

Paula insistía en no volver a dormir y atar cabos sueltos, que hacía ella allí, qué había pasado, cuánto tiempo había pasado. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la luz del techo, podía ver a su lado izquierdo una maquina que marcaba varias cosas, números y rayas desiguales, algunas encorvadas. En el frente un ramo de flores  blancas, que daban vida al espantoso lugar dónde se encontraba.

Los recuerdos venían a su cabeza y se iban rápidamente, pasaban muy de prisa, recordaba cuando era niña jugando con su padre, cuando se partió un brazo y estaba en un lugar similar pero con la cara de su madre mirándola, y mimándola en todo momento. Ahora se encontraba sola, confusa e intrigada por quién había enviado flores, tal vez sean decoración de la habitación pensó.

Movió su mano y vio que tenía varias pinchaduras en el brazo, el suero conectado, le impedían que lo pudiera mover con facilidad. Le dolía todo el cuerpo, como si un camión hubiese pasado por encima de ella, sentía ganas de levantarse, incluso tenía la boca seca, deseaba beber una coca cola o un refresco azucarado.

La puerta se abrió y entró una mujer  con una enorme sonrisa en la cara, se dirigió a su brazo izquierdo le tomó la tención y la fiebre, las muecas en su cara aparentaban que estaba todo bien.

-¿Qué día es hoy?, preguntó despacio.

-Ya puede hablar, esto va por buen camino, me llamo Claudia, soy la enfermera que está de guardia hoy, cualquier cosa que necesite presione este botón de aquí – dijo señalando un pequeño aparato situado al lado de su mano derecha.

– Hoy es martes, a media mañana vendrá el doctor para hablar con usted, no se esfuerce en hablar  por el momento, guarde energías, pronto obtendrá todas las respuestas.

El tiempo pasaba lentamente, estaba un poco desconcertada intentaba recordar lo que había hecho el día anterior o bien el último día antes de entrar en el hospital pero no era capaz.

Escuchó voces que se acercaban, la puerta se abría lentamente.

-Hola señorita Aguirre-

-Vemos que ya está despierta y lúcida- acercó una silla y se sentó a su lado, llevaba la misma bata blanca que por la mañana temprano.

-¿Recuerda su nombre?

-Sí, me llamo Paula, ¿qué hago aquí?, ¿qué pasó?

-¿No lo recuerda?

-No, es todo muy confuso, tengo sensaciones pero no puedo saber qué es lo que pasó.

-No se preocupe es normal que su mente no lo recuerde, a veces los efectos traumáticos quedan ocultos en nuestro subconsciente hasta que nuestro cerebro se encuentra preparado nuevamente para traerlos al presente. Con tiempo ya irá recordando.

-Pero cuéntemelo usted, ¿cuándo vine aquí? , ¿Qué fecha es hoy?

– Hoy es martes once de febrero del año 2014, son las trece horas.

Paula pensativa no sabía qué decir, estaba asimilando la información pero se sentía tan confusa que hasta tenía ganas de llorar.

-Ha sufrido un accidente en su casa, hubo un incendio que la dejó inconsciente por una intoxicación  a causa de una combinación de gases tóxicos  debido al denso humo. Ha sido muy Valente Paula, y muy inteligente, si no se hubiese protegido como lo hizo tal vez hoy las cosas serían diferentes.

-Ahora le traerán la comida y luego podrán visitarla. ¿Desea que llamemos a alguien en especial?, no encontramos demasiada información de su entorno.

Paula pensativa y atónita, dijo -¿quién ha traído esas flores?

-Son de parte de David, es el bombero que la rescató, ha estado muy preocupado por usted-

– No quiero ver a nadie, prefiero estar sola-

Al salir el doctor dejó un aroma a perfume que hizo deleitar a su nariz, se perdió su cuerpo a través de la puerta desprendiendo un gesto de cariño con la mano. ¡Qué dulce! pensó Paula.

Eran las catorce horas cuando sonó el teléfono móvil, metió su mano al bolsillo, le costó encontrarlo ya que era muy pequeño para tan ancha y profunda abertura.

-Hola, ¿diga?

-Buenos Días, ¿con el señor David Bonet?

-Sí, soy yo-

-Le llamo del Hospital San Jorge, este es el número de contacto que hay para la paciente Paula Aguirre, la señorita se ha despertado hoy por la mañana, se encuentra estable y fuera de peligro-

-Perfecto qué buena noticia, ¿a qué hora puedo pasar a verla?, ¿en qué habitación se encuentra?

-La  trasladamos a planta baja, puede venir a partir de las dieciséis horas, en recepción le informarán, hasta luego.

-Hasta luego alcanzó a decir cuando la enfermera ya había colgado del otro lado.

La sonrisa de David se expandía sobre su rostro dejando ver sus dientes blancos impecables que hacían contraste con su piel morena y bronceada. Al subir a la oficina habló con su jefe, le comentó la noticia y se tomó la tarde libre, se lo debían. David era un hombre muy responsable, comprometido con su trabajo y con la gente al cien por cien. Era ágil, rápido y muy dinámico, sabía por dónde tirar en cada caso y estaba físicamente muy bien entrenado. Era exigente consigo mismo, su entrenamiento y rutina diaria habían formado un cuerpo que parecía esculpido por un artista. Solidario y vacilón cómo se definía en varias ocasiones había posado para calendarios benéficos en ropa interior y sin ropa.

La cabeza le giraba a mil por hora, ¿cómo qué se había incendiado todo?, sus  cosas, sus libros, su trabajo. Seguro no quedaba nada de aquello. Ese piso tan antiguo era su refugio, el lugar perfecto para ocultarse de este mundo que tantas decepciones le había dado. Se había diseñado su propio búnker como ella solía decir.

Paula era escritora, siempre le había apasionado la literatura, sobre todo la poesía, desde pequeña escribía por los rincones de la casa en vez de jugar con muñecas. Era una chica muy bohemia y solitaria, ella creaba su propio mundo interior entre verso y verso.

A los veinte años se quedó huérfana, sus padres fallecieron en un accidente de coche, fue el día más triste de su vida, ella era fuerte, sabía salir adelante, pero se hundió en su interior y el dolor se apoderó de ella alejándola de cualquier entorno normal de la vida cotidiana.

Trabajaba en una revista literaria on line, escribía poemas y también una columna de reflexión, lo que ganaba le alcanzaba para subsistir, le había quedado un mínima herencia que lo había invertido en aquel piso,  el edificio era antiguo y su interior aún más, pero ella encontró paz allí dentro y quiso quedarse, se ajustaba al precio que podía pagar. Quería una vida libre de exigencias de la sociedad y sin ataduras ni compromisos, tanto económicos como sentimentales.

Paula se había quedado sola en el mundo, no tenía relación con antiguos familiares, y tampoco había cosechado un círculo de amistades, sabía perfectamente que lleve el tiempo que lleve en el hospital a nadie le importaba su ausencia.

Los ojos de Paula se sobresaltaron cuando inmersa entre tanto recuerdo, sintió un leve golpe en la puerta.

-¿Se puede entrar?, asomando su cabeza con el pelo excesivamente corto, pareció iluminar toda la habitación con su ojos verdes, entró David lentamente sonriendo.

-¿Quién eres?, preguntó, estaba deslumbrada ante tanta belleza, no esperaba a nadie y ahí estaba él, parado frente a ella, con cara de felicidad. No podía creer que alguien se alegrara de que estuviera bien. Entre tanta soledad era un punto de apoyo que seguramente le aclararía las ideas, que haría que su vida vuelva a encajar.

-Me llamo David, soy el bombero que te rescató en tu piso, te he traído algo, espero te guste. No nos conocemos y no sé tus gustos pero para que tengas compañía- Le dio una bolsita de color rosa de la cual asomaba un poco de papel con textura suave y unas orejas largas.

Paula no podía dejar de mirarlo fascinada, estaba sintiendo algo que nunca había sentido, pensaba en qué le había pasado, en si su accidente había provocado un cambio en su personalidad, en su vida, o tal vez se había dado cuenta que estaba viva, y que debía aprovechar esta segunda oportunidad.

-¿Me ayudas a sentarme por favor?

– Si claro- Se acercó a ella y tomó un almohadón levantando su espalda lo colocó detrás para que estuviera más cómoda. Pudo sentir su piel, la notó suave, cálida.

– ¿Y? ¿No lo abres?

Sacó de la bolsa un conejo de peluche color gris, tenía las orejas largas y caídas y la expresión de su cara y su morro era graciosa. Paula soltó una sonrisa.

-Ya hace tiempo que dejé de jugar a las muñecas, me gusta mucho, si me ayudas lo colocaremos aquí encima de la mesilla, para que esté a mi lado. Muchas Gracias. Creo que con haberme salvado ya es suficiente, has cumplido con la sociedad.

-Fue gracias a ti, si no te hubieras escondido en el baño y no hubieras hecho lo que hiciste… No terminó la frase. –Bueno no vine a hablarte de eso, ¿cómo estás?, ¿cómo te sientes?

-Bien, hablando con el desconocido a cual le debo la vida, y un regalo, esbozó una sonrisa. Era impropio de ella, hablar con ironía, reírse y estar alegre, más bien era apagada, triste y directa. ¿Qué había pasado con la Paula de antes?, estaba sorprendida de sí misma y nerviosa. No quería que él lo notara.

– Cuéntame ¿cómo pasó todo, qué provocó la explosión?

David la miraba con ternura, parecía tan frágil e indefensa, tenía ganas de abrazarla, de mimarla y protegerla.

-Fue un escape de gas en la tubería, la estructura del edificio era antigua y no se había realizado el mantenimiento correcto,  afectó tu piso y algunos de tus vecinos que por suerte están todos bien.

– ¿Sueles visitar a todas las personas que salvas?, después que soltó la pregunta se arrepintió, sus mejillas se sonrojaron y un leve calor envolvió su rostro.

– No suelo hacerlo, ni puedo hacerlo- dijo riéndose, la miraba a los ojos y parecía el mundo detenerse, como si se entrelazaran y no pudieran separarse.

-Disculpa si soy imprudente, es qué estoy bastante confundida, parece que he olvidado comportarme.

-No digas  eso, no me ofende, ¿ha venido tu familia a verte?

-Lamentablemente no va a poder ser, creo que eres mi única visita. Su cara era de pena y resignación al mismo tiempo.

-Lo siento mucho, ahora el impertinente soy yo, te toca a ti perdonarme. Le guiñó el ojo tratando de zafar de la situación.

-¿Todo quedó destruido? ¿Se pudo salvar algo?, tenía mi trabajo allí, todas mis cosas, ahora ya sí que no tengo nada. Bajó la mirada.

-Me tienes a mí, vendré a verte mañana, no puedo contarte mucho, el médico me dijo que no te agobie con lo sucedido y yo soy muy obediente- Dijo riéndose y derrochando ternura y dulzura al hablar.

Con un gesto con la mano se despidió, ella hubiese preferido un beso, pero se conformaba, con cerrar los ojos y recordar su rostro. Se desvaneció en la cama intentando despejar su mente y descansar, solamente recordándolo a él.

El mundo que tanto había criticado, la religión de la cual había renegado, le estaban dando una segunda oportunidad, debía aprovecharla tal vez en recompensa de lo duro que fue estar sola tanto tiempo.

El sol entraba por la ventana, hacían brillar las cortinas blancas que caían hasta el suelo, el doctor Carbajal había prometido  que si todo marchaba bien se podría ir esa misma tarde, ya había pasado un mes desde que se había despertado, aún no recordaba nada de lo ocurrido. El seguro le había conseguido un piso en el centro, amueblado y se le había abonado una indemnización para que comenzara de cero. No era mucho pero para llenar el armario y la nevera le alcanzaría. Llamó a la revista en la que trabajaba para explicar su ausencia, ella trabajaba como freelance , por lo que no tenía contrato fijo, en cuanto consiguiera un ordenador y retomara su vida, volvería con su ritmo de trabajo.

Al salir del hospital y respirar el aire fresco sus pulmones se llenaron de más vida, se sentía libre, fresca y contenta. Tenía que pasar por el supermercado y algunas tiendas antes de ir a su nueva casa. De camino al centro comercial decidió cambiar el rumbo, se tomó un taxi  y se dirigió a su antiguo barrio, necesitaba ver lo, tal vez así recordaría.

El edificio seguía en pie pero estaba precintado y lo cubría toda una malla color verde, su ventana no se podía ver. Un suspiro viajó por su pecho, algunas lágrimas cayeron por sus mejillas.

Sintió una mano que tocó su hombro, hizo que diera un sobre salto, al darse vuelta David secó sus lágrimas, con sus dedos de forma delicada, y se fundieron en un beso apasionado, lleno de fuerza y vida.

-¿Cómo te has ido del hospital sin mí?

– Necesitaba pensar,  lo siento, ¿Cómo sabías que estaba aquí?

Le dio la mano y no se separó de ella ni un segundo. Paula nunca recordó lo sucedido, pero rehízo su  vida y descubrió que a veces estamos muertos en vida y que no lo merecemos, tenemos que despertarnos y ser felices, aprovechar cada segundo para ser feliz, y luchar sin bajar los brazos.

Tenemos que despertarnos y ser felices, aprovechar cada segundo para ser feliz, y luchar sin bajar los brazos.

Tenemos que despertarnos y ser felices, aprovechar cada segundo para ser feliz, y luchar sin bajar los brazos.

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Relato breve.

23/07/2014

El Viaje

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La noche era fresca, el cielo despejado dejaba ver las estrellas brillar y a la luna partida por la mitad, como su corazón.

Pensó que la manera más fácil de decírselo era preparando una cena romántica y simular que había algo que festejar.

Pensó que la manera más fácil de decírselo era preparando una cena romántica y simular que había algo que festejar.

 

Desesperada porque el teléfono no sonaba, miró otra vez si tenía señal, la llamada no llegaba y los nervios le estaban estallando la cabeza en mil pedazos, un nudo en el estómago no le dejaba comer; pequeñas gotas de sudor caían por su frente.

Miriam caminaba de un lado a otro, en el pasillo que unía el comedor con su cocina, era una casa pequeña pero reconfortante, podía ver los platos por fregar encima de la encimera y los restos de un bocadillo que no pudo terminar de comer.

Con el teléfono en la mano decidió sentarse para ver si se tranquilizaba un poco, esa llamada era importante, era lo que había estado esperando durante años, era el pasaporte hacia la felicidad, visto desde su punto de vista.

El sueño de Miriam fue estudiar  fotografía, le gustaba plasmar verdades en las fotos, así lo llamaba ella.

Las imágenes que tomaba con su cámara la transportaban a otro mundo; al mundo de la perfección, donde queda congelado el momento y nada lo estropea.

Ese día era especial, la oportunidad de que tanto anhelaba estaba muy cerca, y de repente sonó el teléfono, de los nervios se resbaló de sus manos y gracias a sus reflejos lo sostuvo en el aire.

-Hola- contestó.

-¿Con la Señora Miriam Livens por favor? Pregunto una vos de hombre, que sonaba seria y a la vez agradable.

-Sí, ella habla, dígame por favor-  Soltó con vos temblorosa a punto de estallar de los nervios.

-Llamamos de la embajada norteamericana, hemos aceptado su visado, puede ingresar al país, y mantenerse en él por el período de 12 meses, en calidad de becaria para la empresa Mycs Fhotos, si está de acuerdo le rogamos, se ponga en contacto con el departamento  administrativo para realizar el resto de los trámites.

-Sí, perfecto ¿con quién debo comunicarme?

-Primero debe llamar a Brian Lotter , sección visados becas, interno 04, él le informará cómo proceder. Muchas gracias por su atención, buenas tardes-

-Buenas tardes, muchas gracias- Dijo sin  parar de temblar, y con lágrimas en los ojos.

Por  fin había llegado su oportunidad, lo que tanto había anhelado, poder trabajar en el extranjero, desarrollar su potencial  y su talento.

Lo más difícil todavía no había llegado, cómo le diría a Lucas que se marcharía, qué estaría fuera un año. ¿Me esperará?, se preguntaba mientras caminaba en su salón sin parar presa de los nervios y la alegría.

Pensó que la manera más fácil de decírselo era preparando una cena romántica y simular que había algo que festejar, sabía que Lucas no se lo tomaría muy bien, no lo habían hablado con detalle porque era una posibilidad remota, pero había llegado el día y estaba feliz .  Recogió la casa, fregó los platos, se alistó y salió a comprar algo especial, le cocinaría su comida preferida.

Lucas trabajaba en una fábrica de cemento, era un trabajo duro y agotador pero cuando llegaba a casa le confortaba que Miriam lo esperara sonriente y dinámica, llena de energía, ella lo transportaba a otro mundo.

Su aspecto físico era fuerte y grande, al lado de Miriam se veía como un grandullón, ella era tan delgada y pequeña, que hasta le daba miedo abrazarla con demasiada fuerza. Estaba enamorado de ella hasta los huesos, en más de una ocasión había dicho que daría la vida por ella, que siempre la protegería y cuidaría. En su trabajo presumía de novia y de amor, cada vez que sacaba su vianda de comida explicaba lo que el amor de su vida había cocinado para él.

No se le daba mal la cocina, tal vez por ello Miriam quería suavizar la noticia con una velada romántica entrando por el estómago.  Amaba a Lucas, más que a nadie, y no quería dejarlo, pero era la oportunidad de desarrollarse laboralmente, lo que había estado esperando durante mucho tiempo.

La cena ya estaba en marcha, unas patatas cortadas, rehogarlas un poco, un pimiento salteado y huevo, le encantaba esa combinación. El primer plato listo. Había comprado chuletón de buey, a Lucas le encantaba la carne.

La mesa estaba lista, había colocado velas y un mantel rojo, el vino a su temperatura ideal,  y el tono de luz era tenue, era algo especial, quería que todo saliera perfecto, nunca imaginó que las cosas terminarían así.

-¿Y esto? ¿Qué festejamos? – Lucas estaba  sorprendido pero encantado con la preparación, se refrescó  y se sentó en la mesa.

-Quiero contarte algo muy importante para mí-

-Pensé que ibas a pedir mi mano- Lucas se reía, estaba relajado.

Miriam estaba nerviosa,  empezó hablando de la comida y los preparativos de la cena, y lo que había hecho durante el día.

Miriam levantó la copa y dijo –quiero hacer un brindis- lo miró a los ojos. Lucas asintiendo levantó su copa.

-Porque me han aceptado en Estados Unidos, para trabajar un año en la empresa Mycs Fhotos.

La sonrisa de Lucas se transformó en una expresión triste y desoladora, fue como un baldazo de agua fría, no se lo esperaba.

-¿Qué?, ¿Cómo que te vas?-

-Es una oportunidad muy importante para mí, quiero demostrar mi talento, sé que soy capaz de hacer algo grande, algo diferente. Quería darte una sorpresa, pensé que te alegrarías por mí.

-¿Y qué pasa con lo nuestro?, me alegro por ti, sabíamos que esto pasaría en algún momento, sólo que no lo esperaba ahora.  Lucas estaba en shock, el estómago se había cerrado, sentía puntadas en la tripa.

-Todavía no está todo gestionado pero me gustaría que me esperases, un año pasa rápido, yo te amo, no quiero que esto acabe. Mirian intentaba salvar la situación.

-Necesito pensar, dar una vuelta, estar un rato solo- Recogió la chaqueta y salió a dar un paseo, la noche era fresca, el cielo despejado dejaba ver las estrellas brillar y a la luna partida por la mitad, como su corazón.

-No entendía cómo en el mejor momento de su relación, iban a separarse, cómo aguantaría sin ella por las noches, por el día, a todas horas. La necesitaba, la amaba y no podía apoyarla; se reprochaba su egoísmo, estaba pensando en su corazón y no en el bien de ella, pero no lo podía evitar.

Caminó varias manzanas hasta que se sentó en un banco, la cabeza le daba vueltas.

Miriam, preocupada no paraba de llamar al móvil de Lucas, le aparecía el contestador en todo momento. Recogió la mesa, tiró las velas a la basura, abatida sin saber qué hacer, se sentó en el sofá, a esperar y a pensar cómo afrontar la situación.

Las lágrimas caían por sus mejillas a medida que miraba la hora en el reloj, estaba preocupada y triste, lo que iba a ser un festejo terminó en tristeza y en huída.

Sonó el teléfono, lo cogió corriendo.

-¿Dónde estás?, estoy muy preocupada.

-Estoy bien, de camino a casa, lo siento mucho, fui un egoísta, pensé sólo en mí y dejé de lado tu sueño, te quiero y te voy a poyar en esto,  te esperaré.

-Vuelve pronto que estoy deseando abrazarte-

La comunicación se cortó antes de que Miriam terminara la última palabra. Las ruedas rechinaron del frenazo, el camión perdió el control, el móvil cayó al suelo quedando destrozado y Lucas viajó lejos, intentando no avanzar, quería quedarse, quería luchar…

Las ruedas rechinaron del frenazo, el camión perdió el control.

Las ruedas rechinaron del frenazo, el camión perdió el control.

móvil roto

 

 

 

 

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Relato breve.

17/07/2014

El Huésped

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Los sentimientos afloraron sin pedir permiso

 

Paseaban por el jardín de las flores, tomaban el té, miraban el cielo y buscaban formas a las nubes, leían poemas juntos.

Paseaban por el jardín de las flores, tomaban el té, miraban el cielo y buscaban formas a las nubes, leían poemas juntos.

 

Llovía con intensidad; el cielo estaba gris, el rugir del viento junto con las gotas al caer al suelo, producía un sonido espectacular, sentir la lluvia, el olor del cemento mojado, del césped húmedo y el estallido de los truenos le fascinaban.

Ana había pensado en escribir miles de cosas pero las ideas volaban en su mente y no llegaba a concretar nada. De repente los rastros de aquella tormenta desaparecieron y comenzaba a despejarse. A salir el Sol.

Sentada en un sillón color granate con rayas negras, espacioso y acogedor no paraba de revolver papeles y notas que había realizado.

Decidió parar un rato para tomar algo, despejarse un poco, se pasó la mano por la cara oprimió sus ojos y se busco un refresco. Era partidaria de beber agua pero en algunas ocasiones le apetecía alguna bebida con gas como coca cola.

Entre todos los documentos que tenía, había mucha información sobre una  enfermedad en particular, la  esquizofrenia, estaba investigando sobre el tema, pero no sabía cómo enfocarlo, que estructura le daría al artículo.

Tenía que hacer algo más que simplemente buscar información en google, tenía que conocer a alguien con esa enfermedad, hablar con un testimonio, saber lo qué piensan , cómo se trata y cómo llevan el día a día esas personas, de una forma u otra iba cogiendo forma su idea, pero sentía que faltaba algo.

Cuando se ponía con algo siempre se distraía y cambiaba de tema, ahí era cuando comenzaba a mezclar las cosas.

Tenía bastante información, ahora tenía que utilizarla,  Ana quería contar una historia real, quería convencer  a su público de que valía la pena leer ese artículo, entre otras cosas debía venderlo, porque esto tenía un fin lucrativo para ella.

Se había refrescado y bebido su coca cola bien fría, estaba de nuevo con las pilas puestas su mente comenzó a trabajar otra vez.

Se sentó en el salón junto a una mesa grande y espaciosa, para desparramar todos los papeles allí.

Sostuvo uno en la mano una hoja en la que el título destacaba “esquizofrenia paranoide”, como era una enfermedad bastante amplia, ella debía especializarse en un enfoque llamativo y original. Comenzó a leer y se abrumó un poco.

-Necesito algo más interactivo que esto.- Se dijo así misma. Esto tiene que estar relacionado con algo interesante, con una noticia, algo impactante. Encendió su portátil una vez más y se dirigió a google, pensó tres opciones y comenzó a escribir.

“Asesinatos relacionados con la esquizofrenia paranoide” presionó la tecla buscar y se abrieron automáticamente cuatro mil resultados en 23 segundos.

Impresionada por las declaraciones que estaba leyendo sobre diferentes asesinos que habían matado a sangre fría sin remordimientos, incluso beber su sangre y hasta comer trozos de carne humana por seguir órdenes imaginarias, la estaban estremeciendo, pero eso era lo que ella buscaba, debía recortar su búsqueda a una población más cercana, a una región donde ella pudiera averiguar más cosas.

Buscó con la misma frase pero seleccionó la ciudad de Barcelona…

Ana era especial, una chica atractiva pero sumamente sencilla, quién la veía muchas veces podía pensar que no se sacaba partido, pero en realidad no le interesaba.

Cansada  se fregó los ojos los tenía enrojecidos a causa de la pantalla del portátil, miró su reloj.

-las 20:00 – dijo de manera brusca.

Había quedado para cenar con Derek un amigo de la infancia, al cual estaba muy unida. Corrió rápido a la ducha.

El baño le sentó de maravilla, relajó sus músculos, suavizó el estrés de su cuello y la dejó como nueva, cogió unos pantalones tejanos y una camiseta  blanca, unos zapatos y ya estaba lista,  sin secarse el cabello espolvoreó un poco de maquillaje en sus mejillas y un poco de rímel en los ojos.

En ese momento suena el timbre.

-Enseguida voy-  gritó- Se  dirigió hacia la puerta.

Al abrir se encontró con Derek mirando la suela de su zapato.

–    Hola ¿cómo estás?-

–   ¿Qué haces? – Dijo Ana mientras lo observaba reñir a sus pies.

–    Se me ha pegado algo en el zapato- dijo Derek con cara de risa- creo he pisado un chicle- comenzó  a reír.

–    Entonces quítate el zapato para entrar, voy a limpiártelo con un poco de agua, a ti siempre te pasan cosas raras.

–   No sé cómo lo hago pero siempre me meto en problemas-

–   Había pensado que tal vez en vez de salir  te apetecería quedarnos en casa y te cuento sobre mi nuevo artículo-

–   Claro, ¿qué comemos? , podemos pedir una pizza, y unas cervecitas-

–   Me estas convenciendo muy rápido- Dijo Derek poniéndose cómodo en el sofá, quitándose la chaqueta, se sentía como en casa.

 

Desde que eran pequeños había compartido muchos momentos junto a Ana, se habían criado juntos y se consideraban más que amigos, casi hermanos, cuando estaba en su casa se sentía liberado y tranquilo, podía hablar con ella de cualquier tema, sin avergonzarse, ni preocuparse de nada, a parte Ana era muy discreta  y Derek tenía muchos secretos que sólo le confiaría a ella.

–  Te cuento lo que había pensado para mi artículo-  dijo terminando el último bocado de pizza.

Derek asintió con la cabeza.

–  He hablado con una clínica especializada en tratamientos sobre esquizofrenia paranoide para entrevistar a uno de sus pacientes, sobre su día a día,  como se inserta en la sociedad y su adaptación al medio, el artículo trata sobre este tipo de enfermedad, de momento tengo sólo este hilo del ovillo, tengo que desarrollarlo un poco más- Miró a Derek a los ojos, le interesaba su opinión y su crítica también.

Derek tomó un trago de cerveza y de la forma más natural que encontró dijo- Me parece interesante pero muy global creo que lo puedes hacer mejor-

–  ¿Qué se te ocurre?-

–  Estaba pensando en que tú tienes contactos en la policía, necesitarías información sobre crímenes relacionados con esta enfermedad  y desarrollar el artículo en base a una experiencia diferente, algo que conmueva-

–   Me encanta , es lo que necesito-  los ojos de Ana de repente comenzaron a brillar y a intensificar su color, en su mente surgieron un montón de ideas, que quería explayar en papel, así que corrió a buscar apuntes y dijo- prepárate para esta noche, hoy nos toca lluvia de ideas-

Derek soltó una carcajada y cómo conocía tan bien a Ana sabía que le esperaba una noche muy larga.

Una vez recogieron la mesa y acabaron con la segunda cerveza optaron por sentarse relajadamente en el sofá con un café,  con la mente abierta y el bolígrafo en la mano para no dejar escapar nada.

La entrevista sería en el psiquiátrico Salud y Vida, una prestigiosa clínica especializada en esquizofrenia.  Ana se había preparado toda la semana con información y documentación sobre la enfermedad.

Antonio Blas,  el director de la clínica la recibió muy amablemente, la hizo pasar a su despacho y le ofreció un café,  ella aceptó encantada. Observaba todo, cada detalle. El lugar parecía acogedor, nada de paredes blancas y pasillos con puertas con rejas. Ana se imaginaba algo muy diferente a lo que se encontró.

Los espacios eran amplios, el salón acogedor, con una chimenea, sillones,  incluso una biblioteca en la zona de lectura.

Las habitaciones estaban en la planta de arriba, Antonio le había prometido que se lo enseñaría al finalizar la reunión.

Había un amplio jardín lleno de árboles y flores.

–  Ellos se encargan de conservar el jardín-

–  Qué plantas más bonitas, hacen buen trabajo- dijo sorprendida.

–  Luego si le apetece damos un paseo y le enseño las maravillas que hacen los huéspedes-  Así le gustaba a Antonio llamar a los internos de la clínica.

–  Me encantaría-

Dando unas indicaciones Antonio solicitó al personal de enfermería y auxiliares que acercaran al huésped Leo, y lo invitaran a tomar un té con ellos.

–  Leo es una persona maravillosa, muy educado, respetuoso, y cordial,  está reaccionando muy bien al tratamiento, no se preocupe que estará encantado de conversar con usted-

Leo tiene 28 años, alto con los ojos color café, y pelo castaño claro, es atractivo, y simpático. Hace dos años que está en la clínica, tenía una hermana que se había encargado de él cuando sucedió su máxima alteración. Leo había matado a su padre, estaba seguro que nunca lo había querido y pensaba que junto a una mafia iban a deshacerse de él. Nadie lo visita, su hermana se encargó del ingreso pero nunca más volvió.

–  Hola, soy  Ana,  encantada- dijo estirando el brazo ofreciéndole su mano. Desde un primer momento sus ojos le impactaron, inspiraban confianza y serenidad, no entendía cómo había podido hacer lo que hizo, no parecía violento.

–  Me llamo Leo, ¿querías hablar conmigo?, ¿espero que sea para conquistarme?, no tengo muchas visitas últimamente- Se reía mientras le guiñaba el ojo.

–  Bueno yo estaré aquí al lado para cualquier consulta, pueden sentarse en el sofá para estar más cómodos- Dijo Antonio sentándose en su escritorio.

Ana no podía creerlo,  se sentía tan cómoda y relajada hablando con él, definitivamente no es lo que me esperaba, pensó.

Hablaron mucho, las preguntas de Ana fueron directas pero respetuosas, la cuestión no era entrometerse en su vida personal, si no ver algo más profundo de él.

Había acordado con Antonio que las preguntas sobre el asesinato las contestaría él mismo en privado, no era recomendable revivir ciertos momentos del pasado en la vida de Leo. Ana estuvo de acuerdo. Era lo que más le interesaba, pero a la vez se había quedado encantada con Leo así que quería repetir, pero tenía que inventarse algo para poder hacerlo.

–   Aquí se termina la entrevista, gracias por tu colaboración, me gustó hablar contigo- Ana y Leo habían mantenido una comunicación informal y habían decidido tutearse.

–  Gracias a ti por hacerme pasar un buen rato, cuando quieras puedes volver, y seguimos charlando, me gustaría leer tu artículo cuando esté terminado, para saber que has escrito de mí- Riéndose no paraba de mirarla a los ojos con complicidad.

–  Claro, lo repetiremos,  te traeré un ejemplar de la revista dónde trabajo-

Se saludaron y Leo volvió a la sala de estar, le gustaba leer, siempre estaba en la biblioteca.

– Ahora sólo me gustaría saber ¿qué es lo que hizo que Leo decidiera matar a su padre?-

–  Los casos de este tipo son complicados, las patologías como la esquizofrenia no presenta los mismos síntomas en todas las personas que padecen este trastorno, en su caso tuvo un ataque en dónde se sintió acorralado por su padre, escuchaba conversaciones que decían que lo iban a matar, que su padre conspiraba para hacerlo. Leo viene de una familia desestructurada, su madre los abandonó cuando eran pequeños y su padre no supo encargarse de ellos. No prestó mucha atención a Leo, es una situación difícil-

Ana estaba conmocionada con lo que estaba escuchando, le parecía una historia triste y con mucha realidad, eso era lo que reflejaría en su artículo, la realidad de la vida tal cual es.

Satisfecha caminó hacia la puerta, afuera la estaba esperando  Derek, en el coche.

–     ¿Cómo te fue? ¿Qué tal el loco?-

–    No le  llames así, dijo levantando su dedo- Es una persona encantadora, amable y simpática, no parece  que fuera a matar ni una mosca-

–          Creo que te ha gustado demasiado, se te nota en la cara, y deja ya de sonreír- dijo Derek mientras arrancaba el coche en dirección norte, hacia el trabajo de Ana.

–    Me invitó a que vuelva a mostrarle el artículo, cuando esté publicado-

–   ¿No estarás pensando volver?,  ese tío es peligroso, es un asesino, por más que digas lo que digas, mató a alguien- Dijo en tono protector.

Ana suspiró- No te conviertas en mi padre ahora por favor-

Los días pasaban y Ana no paraba de pensar en Leo, había buscado información sobre él , sobre lo sucedido.

Sentada en el sofá de casa cogió el teléfono y marcó un número.

–  Clínica psiquiátrica Salud y vida ¿en qué puedo ayudarle?-

–  Hola, ¿podría hablar con Antonio por favor?, de parte de Ana Sullivan, gracias.

No podía creer lo que estaba haciendo pero tenía ganas de saber más de él y de volverlo a ver, era algo fuerte que sentía y no sabía cómo controlarlo. Era una locura, sin seguir los consejos de Derek, se presentó una y otra vez en la clínica para visitar a Leo. Paseaban por el jardín de las flores, tomaban el té, miraban el cielo y buscaban formas a las nubes, leían poemas juntos.

Ana se enamoró perdidamente de Leo, los sentimientos afloraron sin pedir permiso, sin buscar excusas. Se dejó llevar, y pese a que la situación o el contexto no eran del todo normales, ella estaba segura que el amor lo transforma todo. El tratamiento y la medicación ayudarían a que Leo mejore cada día más, y si era con una persona a su lado aún mejor.

Su artículo fue un éxito, a la editorial le gustó mucho y decidieron ampliar su espacio en la revista. Estaba  feliz.

Leo cumplió una condena de cuatro años por homicidio involuntario, y siguió su tratamiento de por vida. Son muy felices,  se casaron y están pensando en aumentar la familia.

Los sentimientos afloraron sin pedir permiso, sin buscar excusas.

Los sentimientos afloraron sin pedir permiso, sin buscar excusas.

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Relato breve.

08/07/2014

Cielo Azul

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Yo no tengo nada que perder, porque lo único que tuve en la vida ya no era mío.

Yo no tengo nada que perder, porque lo único que tuve en la vida ya no era mío.

 

Desamparada no sabía que hacer, no sabía a dónde dirigir la mirada, aquellos ojos verdes que brillaban al sol, casi lagrimosos de tan solo recordar que su amor no estaba, que nunca volvería, que la había abandonado para siempre.

Cómo duele amar pensó, como cuesta olvidar y sanar las lastimaduras de un amor perjudicial y dañino. Cómo no me dí cuenta antes, se reprochaba a sí misma, había tantas señales que intentaban abrirme los ojos, y yo estaba ciega.

Nancy  entraba y salía de su terraza sin parar, se sentía en una mezcla de tristeza y ansiedad, tenía miedo de estar sola, de quedarse inmersa en la soledad eterna, no se veía capaz de volverse a enamorar ni de querer tan profundamente a alguien. Tal vez lo que más temía era que nadie la quisiera nunca, estaba convencida que Jesús nunca la había amado verdaderamente, y ya era tarde para estar buscando amores, pensaba que era mayor para tonterías de enamoramientos y menos con un corazón roto.

El salón de la casa era grande, tenía un sofá color crema y unos sillones individuales haciendo juego, ella era muy ordenada, le gustaba tenerlo todo conjuntado y combinando colores,  había una estantería pegada a la pared  llena de libros, le encantaba leer.

Se desplomó en el sofá dejando caer su cuerpo, meditando sobre su vida, sobre el engaño y las mentiras. Ella sabía que tenía algo dentro que le costaba expresarlo, que no lo podía definir pero que la inquietaba, reconocía que estaba dolida, pero aquello iba más allá del dolor. Se pasó la mano por la frente secando gotas de sudor frío, estaba nerviosa, se encontraba inestable, intentó cerrar los ojos, relajarse y olvidar.

Aparecieron las imágenes de aquella mujer morena, alta y más joven que ella, con un cuerpo de modelo a juzgar por el criterio de Nancy, a esa imagen se le acercaba una sombra en un principio era pequeña pero a medida que avanzaba se iba haciendo más y más grande, hasta que aparecía físicamente la imagen de un hombre, era Jesús  que abrazaba esa cintura delgada, acercando su rostro al de ella, penetrando sus labios en aquellos labios color rojo, tan llamativos como lo era ella entera.

Abrió sus ojos de repente intentando borrar lo que había visto esa tarde, pero sentía que era imposible. La rabia se mezclaba con el dolor y con la impotencia de no poder hacer nada.  Nancy tenía cincuenta años, trabajaba en una panadería haciendo pan, para ella era el mejor pan de la ciudad. Toda la vida había trabajado en la misma panadería era como de la familia, pero ella se sentía sola, no tenía hermanos y sus padres habían fallecido hacía bastantes años.

Su cuerpo era dentro de lo que ella denominaba normal, era más bien baja de estatura y con algunos kilos de más, era imposible resistirse a comer bocados y pastas en el trabajo. Había dedicado su vida a amar, cuidar y complacer a Jesús, incluso en la decisión de no tener hijos, para tenerse siempre el uno al otro. Saltaron lágrimas de sus ojos y sus puños se encogieron con fuerza demostrando indignación.

Después de secar su rostro y adoptar una conducta más tranquila pensó que no tenía nada que perder, porque lo único que había tenido en su vida, ya no era de ella. Se levantó,  retocó su maquillaje y salió de casa.

No iba a volver a enamorarme, era demasiado daño el que sentía, pero tampoco me voy a hundir sola, voy a caer muy bajo pero dos personas caerán conmigo, fue el pensamiento en su mente que despertó el odio que había acumulado, eran señales que había evitado pero que todo el tiempo le habían indicado que acabara con todo de una vez, que las personas cometen errores y que se arrepentirán de ello.

No quería conducir así que tomó un taxi.

– Al centro por favor- dijo subiendo al coche  sin mirar al chófer.

Al bajarse se dirigió a la calle central, dónde se alojaban la mayoría de las tiendas,  buscaba una en particular, cielo azul era su nombre, era una tienda de accesorios y ropa de bebé.

Al entrar por la puerta,  los ojos de la dependienta demostraron sorpresa, justo lo que Nancy  buscaba.

– Hola Soy Nancy- dijo con un tono seguro y con los ojos mirando fijamente a Diana, la dependienta.

El establecimiento estaba vacío, era la oportunidad perfecta de completar el plan.

– Sé quién eres, ¿qué buscas?-

Nancy se acercó lentamente sin dejar de mirarla y cuando la tubo tan cerca, como cuando su marido la abrazaba, le  introdujo un cuchillo en el abdomen derecho, con más fuerza se desquitó y propició otro cerca del hígado, y así hasta cerca de veinte puñaladas, desatando una furia incontrolable, una fuerza que no sabía de dónde salía pero que le daba la energía suficiente para seguir y seguir.  Estaba fuera de sí, no pensaba en nada, no veía nada. Las imágenes que aquella tarde la acechaban habían desaparecido.

Nancy salió del local número tres, Cielo Azul, teñida de rojo. Se sentó en la puerta, estiró su brazo y a la altura del codo realizó un corte profundo desangrándose en pocos minutos.  En su bolsillo había una nota que decía:

Yo ya no tengo nada que perder, porque lo único que tuve en la vida ya no era mío, Jesús eres un asesino. 

 

cropped-images9.jpg           20 puñaladas

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Relato breve.

02/07/2014

Perdón amor mío…

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¡Carta de perdón!

 

El amor a veces nos engaña, nos hace sufrir, no alegra, nos devuelve a la vida. Superar un desengaño es duro, te sientes abatido, con mil preguntas y ninguna respuesta, con un dolor en el pecho intenso y un sentimiento de amargura y desanimo, pero con el tiempo se va superando, lo vas dejando atrás, tal vez te cueste más o menos, pero nadie muere de amor, repones fuerza, tratas de conectarte en otras cosas, el trabajo, los amigos, la familia.

Todo cambia cuando el amor de tu vida deja este mundo, y te abandona igualmente pero contra su voluntad preso de su destino. El dolor se convierte en intenso y crónico. La impotencia de no poder remediarlo o cambiarlo se apodera de ti y te hunde cada vez más, hasta que tocas fondo.

Iris decidió que no quería provocarle ese dolor al amor de su vida, alejándose de él.  Confiaba en que él se repondría, encontraría un muevo amor y sería feliz, pero en sus últimos días, cuando su corazón comenzaba a pararse, decidió escribir esta carta.

 

 

Hola amor mío:

Soy Iris, si estás leyendo esto ahora es porque estoy muerta, ya no estoy en este mundo. Siempre me dijiste que no le tenías miedo a la muerte, que cuando llegara tú hora te marcharías sin más, pero yo sí, temo por mi muerte hasta el último momento, que es este en el que con gran dificultad estoy escribiendo estas palabras para ti. Eres merecedor de ellas y de muchas más, porque me lo diste todo, el amor, el respeto y la sinceridad absoluta. Fuiste bondadoso con migo, paciente, y a veces gruñón.

No me atreví a que vivieras este dolor tan grande a mi lado, te quise, te quiero y te querré siempre, por eso tuve que irme, para que no me veas desintegrarme poco a poco. Sé que eres un hombre muy inteligente y que sospechabas algo en mi reacción tan apresurada de dejarlo todo y marcharme, no podía afrontar el dolor de verte sufrir, de dejarte solo en este mundo que no  valoré hasta que supe que no tenía tiempo, que debía marcharme.

Cuanto lo siento el haberte hecho a un lado de mi situación, estoy segura que recibiría tu apoyo, pero a la vez te vería derrumbarte ante mí y no lo soportaría.

Preferí que te decepcionaras de mí y te enojaras pensando que me alejaba sin ningún motivo, que me apartaba de ti abandonándote.

Preferí tu rencor y odio antes que el dolor de verte sufrir por mi muerte, por la injusticia de la vida y del destino que trazaron esta línea para mí.

Acá se apaga mi sol, la luz de las mañanas y el calor que sentía mi piel al penetrar sus rayos, aquí se acaba mi respiración, que últimamente es entrecortada y suave, lentamente va desapareciendo, aquí se acaba el latido de este corazón que como un reloj roto ha dejado de funcionar, que pese al gran amor que lo mantenía vivo no pudo resistir.

Perdón, porque te enteres así de que jamás dejó de amarte mi alma, de que nunca te engañé y siempre te tuve en mi mente en cada momento que estaba lejos de ti.

Cuando me enteré de que el tumor en mi cerebro era definitivo, que el tiempo empezaba a contar hacia atrás no me quedó otra opción que empujarte al vacío y alejarte de mí lo más rápido posible.

Perdón amor mío, por hacerte llorar, preguntándote qué habías hecho mal, por dejarte noches sin dormir, por renegar del amor, y por odiarme.

Perdón amor mío por no dejarte elegir, y privarte de la verdad. En estos momentos, mis últimos momentos te los dedico a ti, amor mío, que iluminaste mi camino y me guiaste, me cuidaste y me aconsejaste.

Me gustaría escribirte mil hojas, pero mi aliento se va apagando poco a poco y la debilidad se apodera de mí, dejándome inmóvil, sin poder continuar.

Perdón amor mío…

¡Perdón amor mío!

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