ElQueAsesina - Escritura Creativa

Relato breve.

04/07/2014

Secuestradas

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No tengo noción del tiempo, ya no cuento ni días, ni horas, ni mañanas ni noches, es como estar en tiempo muerto.

No tengo noción del tiempo, ya no cuento ni días, ni horas, ni mañanas ni noches, es como estar en tiempo muerto.

 

No entendía a donde estaba, me encontraba aturdida, perdida, me sentía inestable, las piernas me temblaban, el corazón me latía muy rápido.

Mire a mi alrededor y estaba todo casi oscuro, podía distinguir unas  vigas de madera que eran como columnas, tenían aspecto viejo y antiguo. Tardé varios segundos en reaccionar y darme cuenta que estaba con las manos y los pies atados, lo que recorrían mis muñecas eran trozos de cuerda de tendederos de ropa.

¡Oh dios!, ¿qué hago aquí?, ¿qué me pasó?- me pregunté una y otra vez.

Me dolía mucho la cabeza, sentía miedo de gritar, hasta de preguntar algo en voz baja por si se encontraba alguien allí,  observándome.

No había mucho por reconocer a mi alrededor, estaba sentada en una cama pequeña, sobre una manta que olía a humedad y a guardado, más bien todo el lugar olía a rancio.

Por lo menos estoy vestida, quiere decir que no me han violado, o al menos eso intento creer.

Vamos , trata de  recordar ¿qué estabas haciendo, cómo has terminado aquí?, me lo ordenaba a mi cerebro pero estaba tan confundida que no había respuesta, los ojos se me llenaron de lágrimas ante la impotencia, sentía miedo, y aunque en ese momento no lo hubiese reconocido estaba intrigada.

Traté de tranquilizarme y observar el máximo de cosas que pudiera, lo que sea, guardarlo en mi memoria y luego usarlo en contra del enfermo que me ha hecho esto, esto puede ayudarme a sobrevivir, esta historia ya la conozco, la he visto millones de veces en programas de televisión, leído en periódicos, y  novelas detectivescas, de secuestros y muertes. Claro, que no es lo mismo vivirlo en persona, en las películas siempre atrapan al malo y salvan a la chica. Ojalá fuera un mal sueño, hasta lo dejaría pasar si fuese  una broma.  Pero es real, tan real como la agonía de la incertidumbre y el miedo de saber más.

A mi lado hay una mesilla, parece de madera, en ella, hay un vaso grande  de plástico apoyado, es de CoKa Cola, alcanzo a ver sus letras blancas  grandes.

El silencio de la habitación me desespera, me pone nerviosa, me deja aún mas muda, mis cuerdas vocales están tensas casi que ni puedo tragar saliva.

 

-Al principio es duro, pero ya te acostumbraras, pierdes el interés en la vida y tú único objetivo luego será morir-

Me quedé helada del pánico, el corazón me latía a mil por horas, y un calambre en mi estómago se desparramó por todo mi cuerpo. Ví una sombra acercarse, escuche unos pasos delicados, lentos, tenebrosos.

-¿Qué quieres de mí, qué me vas a hacer?- Alcancé a decir con un hilo de voz.

Soy Lina, me recuerdas a mí el día que llegué, estaba tan confundida y asustada.

-Déjame ir por favor, haré lo que me pidas-

-Yo no te traje aquí, hace tanto que no hablo con nadie-

¿A ti también te tienen secuestrada? ¿Cuánto tiempo llevas aquí? ¿Quién nos tiene encerradas?

Tranquila, te desataré así estas más cómoda, ¿puedo?- me preguntó mientras se acercaba a mí.

Me tomó las manos con suavidad y comenzó a desatar el nudo que las rodeaba, las tenía doloridas, de tanto forcejear con ellas para desatarme sola.

No sé, si confiar en lo que me dice, ¿y si es ella quién me tiene encerrada? Al fin y al cabo no recuerdo nada de cómo llegué aquí, me siento como en una de esas noches de borrachera, que bebes sin parar y ni recuerdas cómo llegaste a casa al otro día, presa del malestar estomacal y anímico.

Me desató los pies con la misma suavidad, tenía un aspecto gélido, estaba delgada, desarreglada, más bien olía a sudor, su cabello era rubio y lleno de risos, entremezclados con suciedad, se notaba que esa melena llevaba tiempo sin pasar por una limpieza.

 

-No tengo noción del tiempo, ya no cuento ni días, ni horas, ni mañanas,  ni noches, es como estar en tiempo muerto, sólo sé, que me llamo Lina, ¿y tú?-

-Me llamo Pandora, estoy muy mareada-

Los ojos se me cerraban de a ratos y todo me daba vueltas.

-Será mejor que descanses ya tendremos tiempo de hablar, si aquí lo que sobra es tiempo-

Sus brazos me taparon con la manta que había en la cama y su mano me acarició la cara, me sentía incómoda pero no podía reaccionar, estaba débil, sin fuerza, tal vez drogada porque no podía ni pestañar, caí en un sueño profundo con la esperanza de despertar en casa, en mi sofá color rojo…

 

Al principio es duro, pero ya te acostumbraras, pierdes el interés en la vida y tú único objetivo luego será morir.

Al principio es duro, pero ya te acostumbraras, pierdes el interés en la vida y tú único objetivo luego será morir.

 

 

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Relato breve.

03/07/2014

Instinto Animal.

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Se sentó y dejo la taza en un tamborete que había a su lado, estaba lleno de revistas de interés general.

Se sentó y dejo la taza en un tamborete que había a su lado, estaba lleno de revistas de interés general.

El reloj marcaba las 18:00 horas cuando Bruno regreso a casa después de un día de trabajo largo y agotador en la Biblioteca Municipal San patricio.

Nada más cerrar la puerta y asegurarse que ambos cerrojos estuvieran bien seguros; se dirigió a la cocina.

– Una infusión me vendrá muy bien para relajarme-pensó.  Descolgó una taza blanca que estaba colgada en la pared, todas ordenadas hacia el mismo lado y del mismo tamaño y color.

Abrió la puerta del armario, y saco una caja de color azul que decía Relax, era una mezcla de tila, azahar, melisa y hierba luisa. Colocó la caja en su estantería, a su lado se encontraban mas hierbajos todas ordenadas alfabéticamente: digestivo, línea, manzanilla; una al lado de la otra, todas bien cerradas y alineadas.

Saliendo de la cocina tenía un pequeño salón con un sillón individual negro, su aspecto era antiguo, pero estaba bien cuidado, sobre sí tenía un almohadón gris a cuadros.

Bruno siempre se había preocupado por el orden de la casa, lo tenía todo perfecto, o bien eso intentaba, nada podía estar fuera de línea porque era un error grave que se pagaba con castigo, así estaba alimentada su mente, error lleva a auto castigo o sanción.

Se sentó y dejo la taza en un tamborete que había a su lado, estaba lleno de revistas de interés general, un surtido que iba de cultura hasta geografía del país; encendió la lámpara, la regulo para que el haz de luz diera sobre el libro que abrió.

Entre sorbo y sorbo terminó su té y dio paso al siguiente capítulo. Le apasionaba la lectura, si bien no tenia preferencia hacia un género especifico, leía de todo.

Esta vez se había decantado por la antropología, el estudio de la naturaleza animal del ser humano, ya que creía que en el fondo, todos al nacer somos animales sin adiestrar, la cultura, la sociedad, el mundo en sí, nos va adiestrando desde que nacemos hasta que morimos.

Su pensamiento iba más allá de aquello; pensaba que el hombre desde el inicio de la humanidad se comportaba como una fiera, simplemente que fueron evolucionado sus modales y actos con el paso de tiempo.

Muchas tribus en África y América se comían los unos a los otros, algunos lo hacían para vengar a sus guerreros muertos, o para obtener más fuerza si lo que se comían era a su enemigo fuerte y corpulento.

De lo que más se sorprendía Bruno eran los casos dónde se comían por necesidad, por hambre, cientos de naufragios, en donde para sobrevivir había que comerse a los que morían primero.

– será sabrosa la carne humana – dijo sin darse cuenta que estaba hablando en voz alta.

Le gustaban los misterios, y cómo el comportamiento del hombre en ciertas circunstancias era incomprensible e invariable.

Un vago recuerdo vino a su cabeza al terminar de leer el tercer capítulo;  estaba arrodillado de cara a una pared después de sufrir algunos golpes en las manos, debía meditar sobre su mala acción, una reflexión de una hora en la misma posición. Movió la cabeza bruscamente como sacudiéndola, y cerró los ojos fuerte, su expresión era de desagrado y angustia.

El llanto de un bebé lo rescato de aquel mar tenebroso de recuerdos de la infancia que lo perseguían y agobiaba.

– ¡Otra vez ese niño llorando! – dijo en voz alta, lo suficiente para que la vecina del piso de al lado lo escuchara.

– es que no lo soporto, no lo aguanto- era la frase que se penetraba en su mente como un taladro con un tornillo.

Cerró el libro dando un golpe entre sus dos tapas, y se fue al baño a lavarse la cara para intentar relajarse un poco.

Su vida no era fácil, o al menos eso es lo que él creía, y su momento de lectura lo sacaba de este mundo y de sus vivencias y lo transportaba a otra dimensión, gruñía y maldecía cuando se interrumpía ese pequeño momento.

El agua fría sobre su cara pudo suavizar el color rojo de su rostro, era una expresión de ira e impotencia.

Y fue justo en ese instante cuándo se miró al espejo y vio en sus ojos azules el resentimiento, ira y maldad que llevaba adentro.

Todo lo que había querido en la vida y no había tenido, todo lo que había sufrido sin merecerlo.

Después de haber dejado la toalla en su sitio, bien colocada doblada correctamente, secó cada una de las gotas de su lavabo y regreso a su sillón.

Bruno no invitaba nunca a nadie a su casa, ni siquiera a chicas, tenia veintiocho años, si le apetecía sexo buscaba en la carretera a alguien de compañía, no quería compromiso ni relación con nadie.

No le interesaba salir mucho, no tenía amigos, y evitaba rotundamente cada invitación o insinuación por parte de sus compañeros de trabajo.

Respiro hondo, relajó los brazos que los llevaba tensos y acomodó su espalda, y de repente vino a su cabeza aquella idea que se le había ocurrido en el baño, no se sentía avergonzado de haberlo pensado,  es más, lo planearía y lo llevaría a cabo -con dedicación y trabajo será perfecto- pensó.

Cogió unos folios que tenía a su lado sobre un tamborete y escribió:  “primera fase, planificación”. Y debajo del título dejo caer la frase “muerte a los 3 años”. Era descabellado pero lo había pensado, había sentido la curiosidad de despertar su instinto animal, de explorar su lado oscuro.

Se preguntaba hasta dónde podía llegar, y hasta dónde le dejarían…

 

El agua fría sobre su cara pudo suavizar el color rojo de su rostro, era una expresión de ira e impotencia.

El agua fría sobre su cara pudo suavizar el color rojo de su rostro, era una expresión de ira e impotencia.

 

 

 

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02/07/2014

Perdón amor mío…

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¡Carta de perdón!

 

El amor a veces nos engaña, nos hace sufrir, no alegra, nos devuelve a la vida. Superar un desengaño es duro, te sientes abatido, con mil preguntas y ninguna respuesta, con un dolor en el pecho intenso y un sentimiento de amargura y desanimo, pero con el tiempo se va superando, lo vas dejando atrás, tal vez te cueste más o menos, pero nadie muere de amor, repones fuerza, tratas de conectarte en otras cosas, el trabajo, los amigos, la familia.

Todo cambia cuando el amor de tu vida deja este mundo, y te abandona igualmente pero contra su voluntad preso de su destino. El dolor se convierte en intenso y crónico. La impotencia de no poder remediarlo o cambiarlo se apodera de ti y te hunde cada vez más, hasta que tocas fondo.

Iris decidió que no quería provocarle ese dolor al amor de su vida, alejándose de él.  Confiaba en que él se repondría, encontraría un muevo amor y sería feliz, pero en sus últimos días, cuando su corazón comenzaba a pararse, decidió escribir esta carta.

 

 

Hola amor mío:

Soy Iris, si estás leyendo esto ahora es porque estoy muerta, ya no estoy en este mundo. Siempre me dijiste que no le tenías miedo a la muerte, que cuando llegara tú hora te marcharías sin más, pero yo sí, temo por mi muerte hasta el último momento, que es este en el que con gran dificultad estoy escribiendo estas palabras para ti. Eres merecedor de ellas y de muchas más, porque me lo diste todo, el amor, el respeto y la sinceridad absoluta. Fuiste bondadoso con migo, paciente, y a veces gruñón.

No me atreví a que vivieras este dolor tan grande a mi lado, te quise, te quiero y te querré siempre, por eso tuve que irme, para que no me veas desintegrarme poco a poco. Sé que eres un hombre muy inteligente y que sospechabas algo en mi reacción tan apresurada de dejarlo todo y marcharme, no podía afrontar el dolor de verte sufrir, de dejarte solo en este mundo que no  valoré hasta que supe que no tenía tiempo, que debía marcharme.

Cuanto lo siento el haberte hecho a un lado de mi situación, estoy segura que recibiría tu apoyo, pero a la vez te vería derrumbarte ante mí y no lo soportaría.

Preferí que te decepcionaras de mí y te enojaras pensando que me alejaba sin ningún motivo, que me apartaba de ti abandonándote.

Preferí tu rencor y odio antes que el dolor de verte sufrir por mi muerte, por la injusticia de la vida y del destino que trazaron esta línea para mí.

Acá se apaga mi sol, la luz de las mañanas y el calor que sentía mi piel al penetrar sus rayos, aquí se acaba mi respiración, que últimamente es entrecortada y suave, lentamente va desapareciendo, aquí se acaba el latido de este corazón que como un reloj roto ha dejado de funcionar, que pese al gran amor que lo mantenía vivo no pudo resistir.

Perdón, porque te enteres así de que jamás dejó de amarte mi alma, de que nunca te engañé y siempre te tuve en mi mente en cada momento que estaba lejos de ti.

Cuando me enteré de que el tumor en mi cerebro era definitivo, que el tiempo empezaba a contar hacia atrás no me quedó otra opción que empujarte al vacío y alejarte de mí lo más rápido posible.

Perdón amor mío, por hacerte llorar, preguntándote qué habías hecho mal, por dejarte noches sin dormir, por renegar del amor, y por odiarme.

Perdón amor mío por no dejarte elegir, y privarte de la verdad. En estos momentos, mis últimos momentos te los dedico a ti, amor mío, que iluminaste mi camino y me guiaste, me cuidaste y me aconsejaste.

Me gustaría escribirte mil hojas, pero mi aliento se va apagando poco a poco y la debilidad se apodera de mí, dejándome inmóvil, sin poder continuar.

Perdón amor mío…

¡Perdón amor mío!

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Relato breve.

19/06/2014

El Sótano

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El Sótano, un lugar dónde esconder recuerdos.

El Sótano, un lugar dónde esconder recuerdos.

 

Aquel día José dijo basta, iba a bajar al sótano y a limpiarlo todo, hacía tiempo que quería hacerlo pero los recuerdos lo abrumaban, el miedo y la soledad lo estaban convirtiendo en alguien que no era, un hombre perezoso, agrio, rebelde de sus instintos. Ya no quería sobrevivir, prefería ir a donde nadie sabe, pero creen que será mejor.  Más de una vez se había amenazado con un taladro pero su cobardía había evitado la tragedia.

Cuando bajó por las escaleras sintió un escalofrío que le sacudió todo el cuerpo, tembló y su piel se erizó, con cada escalón que bajaba venían más y más recuerdos a su cabeza.

Lo primero que vio al encender la luz, fue aquel mueble de roble antiguo que ella tanto se había empeñado en guardar, no servía para nada, él se lo había dicho más de una vez, pero aún así, Clara quería conservarlo, le parecía una pieza antigua y única, cómo lo era su amor.

Comenzó por la derecha, había muchas cajas una encima de otra y el polvo lo inundaba todo, pasó la mano por encima y estornudó.  Se limpió la nariz maldiciendo y  pensó otra vez:

– ¿qué hago aquí?, ¿porqué no dejarlo todo tal como está?, ¿para qué renovar todas estas sensaciones que me sacuden el corazón y me ahogan en un mar de pena?

Se tocó el pecho con la mano, bajó la mirada y las lágrimas volvieron a brotar de sus ojos tristes, enrojecidos e hinchados de tanto frotarlos.

Decidió a abrir la primera caja, metió la mano con suavidad y extendió sus tapas, y ahí estaba, no pudo aguantar suspirar, gemir y sollozar, no entendía cómo no había salido corriendo aún. Lo tocó, era tan suave, su color rosa permanecía intacto pese a los años que llevaba allí metido en aquella caja, era su pañuelo, se lo había regalado por su primer aniversario. Le apeteció olerlo, sentirlo, para sentirla a ella una vez más, para respirar su olor, su perfume a jazmines que le volvían loco. Pero la decepción se marcó en su rostro al no sentir nada, olía a viejo, como sus recuerdos,  a naftalina, lo quitó rápidamente de su nariz, e hizo un gesto de asco y lo guardó en su bolsillo. La caja estaba llena de libros, los preferidos de Clara, y  algunos DVD de películas que solían ver juntos.

Con cada caja que abría se le desgarraba el corazón, pero había llegado la hora de deshacerse de aquella tortura, y una vez tomada la decisión tenía que continuar porque no se veía capaz de volverlo a intentar.

Al cabo de las siete de la tarde tenía apiladas unas cuantas cajas arriba listas para sacarlas a la calle, al subir tomó un bocadillo que había dejado a medias al mediodía, estaba seco y desabrido, pero no le importó; hacía tiempo que había dejado de probar bocado, comía a deshoras, comida precalentada, y sándwich. Se había quedado en los huesos, de pesar  ochenta y cinco kilos ahora pesaba sólo sesenta.

José era de estatura mediana, al quedarse tan delgado sus manos parecían gigantes ante sus brazos, siempre había destacado en su mirada el color de sus ojos verdes cristalinos, y su nariz que era grande y con un leve toque hacia abajo. A Clara le encantaba, se perdía entre sus ojos, siempre le decía que tenía una mirada dulce, tierna, tan suave como la seda.

Se limpió las manos en el pantalón y decidió bajar una vez más, este sería el tercer y último viaje, por fin acabaría con aquella agonía. Era lo que le habían recomendado que hiciera y a lo que estaba dispuesto hacer después de cinco años.

Su terapeuta lentamente veía que estaba saliendo adelante, y eso le confortaba como profesional, le había dicho que el primer paso para seguir  con su vida era empezar a vivir, él no se había muerto, ella sí. Pero José se sentía tan muerto como ella, sólo que él en este mundo y Clara en dónde vamos cuando morimos.

Pensó  que al terminar lo primero que haría sería abrir su portátil y enviar un correo a Luis, contarle que al fin lo había logrado y que estaba preparado para la siguiente fase de la terapia.

Con la última caja en las manos sintió un aire que recorrió todo el sótano y por un instante lo hizo tambalear, todos sus pensamientos de logro triunfal se desvanecieron y una vez más lo invadió la inseguridad y el miedo. Sintió frío, y era julio, era imposible que corriera aire fresco en ese momento, trató de tranquilizarse y excusar la situación:

– He debido de dejar la puerta abierta de la calle- musitó en voz alta pero entrecortada.

La sensación le recorrió todo el cuerpo y lo único que pudo imaginar es que era ella, que estaba allí con él, una presencia fantasmal que no quería salir de su vida, o todo lo contrario, que quería ser libre de la prisión de aquel sótano.

Con tantos pensamientos y esa electricidad en el cuerpo la caja se deslizó por las manos, escuchó el golpe al dar contra el suelo, se abrió y los álbumes de fotos que contenían quedaron desparramados en el suelo; uno quedó abierto y vio su foto, ella era morena con unos rizos electrizantes, con ojos color café y una sonrisa pura y sincera, sin ninguna duda era muy  fotogénica.

Paralizado frente a su foto vio y sintió una luz blanca y rutilante, que podía deslumbrarlo, se tapó los ojos, el corazón le latía a mil por hora, parecía que iba a salir de su pecho.

Estaba allí con él, podía verla, quería tocarla, hablarle, besarle, pero estaba pasmado, inmóvil,  ni siquiera podía pestañearpor miedo a que desapareciera.

Estiró su mano para alcanzarla, y vio un camino que  se le elevaba hacia el infinito, no lo podía creer, nunca había sabido lo que era el infinito hasta aquel día. La luz desapareció y la paz interior que sintió le inundó el alma. Por fin volvía a ser feliz.

 

El sótano                          El sótano 3

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Relato breve.

14/06/2014

La cara de la verdadera necesidad

Esta es la historia del comienzo de una amistad y un amor sincero y puro, amor de hermano, amor de amigo , amor de ser humano, amor a la vida, a la esperanza, a los sueños de que las cosas pueden cambiar, de que existe algo bueno para todo el mundo, de que no estamos solos.

 

Esa tarde era una más de otras tantas en las que Sara no estaba satisfecha consigo misma pero seguía con la rutina de su vida diaria, ella se quejaba de que no disfrutaba de la vida, en más de una ocasión había pensado en la muerte, pero no era lo que realmente quería hacer, tampoco modificaba las cosas, se quejaba pero no hacía nada para cambiarlo.

Muchas veces se preguntaba porqué no era feliz, lo tenía todo, una amor que la adoraba la trataba como una reina, no tenía la obligación de trabajar, porque él se ocupaba de todo, tenía tiempo para ella, para sus cosas, sus hobbies, su vida. No le faltaba ni para comer ni un techo, ni una estufa en invierno, tenía el apoyo de su familia y amigos. Pero siempre se sintió incompleta, vacía, sentía que tenía mucho amor para dar, pero que no era suficiente.

Era marzo, ya pronto vendría la primavera, había llovido por la noche y toda la tarde, por fin se despejaba pero el aire era fresco, su nariz se enrojecía y estaba casi helada, su cuerpo estaba caliente incluso sus pies y sus manos, pero su nariz no, era como un trozo de hielo pegado a su cara. Estaba en su casa, tan acogedora y calentita en invierno, amplia con muchas habitaciones, un salón grande, con una pantalla de televisión de cuarenta pulgadas. Ella no miraba mucho la televisión era algo que la aburría profundamente. Esa tarde fue a comprar al supermercado. Nunca pensó que su vida cambiaría en ese mismo instante, que sus pensamientos volarían tan lejos.

-Perdone señorita, no quiero molestarla, pero… -Los ojos de aquel hombre se llenaron de lágrimas, su cara se retorció arrugando los ojos y ocultando sus labios.

Ella no entendía nada estaba conmocionada, trataba de seguir al hombre en lo que decía y lo que quería explicar pero estaba como en shock, algo que nunca había sentido, en un primer momento  se dio cuenta que tenía miedo, que no sabía lo que le estaban diciendo.

Lo miró y la ropa que llevaba era vieja y anticuada, llevaba un paraguas en la mano. Su cara pequeña tenía una barba como de dos días, sintió el impulso de olerlo para saber si olía a orina, los prejuicios que acompañan nuestra vida todo el tiempo, pudo descifrar que era un hombre de la calle, pero le llamó la atención la amabilidad de tal hombre, la educación al hablar , lo acogedor de estar a su lado. Estaba confusa.

Entre lágrimas aquel hombre dijo- Hoy no he vendido nada, me lo han quitado todo, no tengo nada, tengo cuarenta céntimos- sacó de su bolsillo las monedas pequeñas, repartidas entre cinco céntimos y  diez céntimos.

-Necesito sesenta céntimos para comprar un bocadillo para comer, por favor- sus lágrimas caían a borbotones- Nunca le pido nada a nadie, lo siento.

Sara estaba paralizada, tenía una revolución de sentimientos que no los podía explicar. Miró su monedero y no tenía ninguna moneda.

-No tengo suelto, pero entremos al bar que te compro el bocadillo-

-Muchas gracias señorita, muchas gracias- no paraba de decir aquel hombre con los ojos llenos de lágrimas- extendiendo su mano con las monedas que tenía para la chica.

– No, tranquilo guárdatelas.

Se sentaron en una mesa, mientras el hombre se comía el bocadillo que antes de darle el primer bocado le ofreció muy amablemente a ella si quería un trozo. Bebieron un agua y charló un poco sobre él.

–          He caminado ocho kilómetros hoy y me lo han quitado todo, yo vendo hierbas y caracoles, ¿me ha visto alguna vez fuera del supermercado?

–          Sí, te vi el otro día, ¿dónde vives?

–          A las afueras, en una cuadra de caballos, me dejan dormir ahí, a la mañana bien temprano voy al campo a recoger hierva, tomillo, orégano, romero y caracoles para vender.

–          ¿Y tu familia?

–          Estoy solo con mi Dios. Hoy no vendí nada, los policías me lo quitaron todo, y esto es lo primero que como en todo el día. Tengo los zapatos rotos y mojados.

–          Siento mucho tener que pedirle esto señorita, me da mucha vergüenza.

–          No te sientas avergonzado, los que roban son los que deben sentir vergüenza.

–          ¿Qué necesitas?, ¿cómo te puedo ayudar?

–          Pantalones, ropa y zapatos señorita. Hace mucho frío por la noche, y me pongo muchas capas de ropa.

–          Bueno, voy a ver qué consigo de mi marido, mañana paso por aquí.

–          ¿cómo te llamas? , Yo soy Sara

–          Juan señorita, muy agradecido.

 

Esa noche Sara no paró de pensar en aquel hombre, triste, desesperado pero a la vez aferrado a esta cruel vida que le había tocado vivir. ¿Cómo ayudarle? Pensó una y otra vez.

Le había comprado comida y agua, le había dejado dinero para el autobús, pero ese hombre necesitaba mucho más que eso. No tenía un techo vivía al lado de unos caballos, sin luz ni agua, sin comida.

Comprendió que renegaba de su vida de princesa, mientras la cara de la verdadera necesidad estaba a su alrededor.

Por la mañana temprano se levantó, apenas  había pegado ojo, se tomó un café bien cargado y fue directo al supermercado.   En una mano cargaba una bolsa con comida, ropa y zapatos, y en la otra otra llevaba solidaridad, cariño y compañía. Juan ya no estaba solo con su Dios.

La verdadera cara de la necesidad que no sabemos ver.

La verdadera cara de la necesidad que no sabemos ver.

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Relato breve.

12/06/2014

Lunes de Tragedia

Historia dramática ficticia, pero una realidad en el mundo en que vivimos, lo importante es aprender que el odio y la venganza no llevan a buen puerto, no es bueno dejarse guiar por la ira para hacer frente al dolor.

Aquel banco color verde oscuro...

Aquel banco color verde oscuro…

 

Se sentó en aquel banco de color verde oscuro, si lo mirabas lejos tal vez se veía negro.  Su cara reflejaba tristeza, amargura, pena.  Las arrugas se marcaban aún más en su rostro, era inevitable que se notara el paso del tiempo, aquellos años que pasaron volando y poco a poco demacraron su rostro, aparentando muchos más años de los que en realidad tenía.

Jorge tiene el pelo canoso, la mirada perdida y la espalda encorvada, las muchas cajas descargadas en el trayecto de su vida se han quedado ancladas en su cuerpo marcando una leve protuberancia por detrás, ya no le duele, ya no le molesta, ya no le importa.

La vida lo pone a prueba una vez más y ya no tiene fuerzas, se encuentra abatido, rendido ante el sufrimiento del dolor de ver la verdad y aceptar el destino.

Se pasa la mano por la frente y se limpia las primeras gotas de sudor que empieza a provocar la primavera, el sol penetra en su cuerpo calentándolo, mira hacia a los lados y el mundo pasa lentamente, ve a gente que pasea sobre la acera, aquel chico que lleva a su perro al parque, los coches que buscan aparcamiento. Todo transciende en cámara lenta.

Los recuerdos lastimeros empiezan a empañar su visión, y piensa en su vida, en la vida de las personas que ama, en la vida del mundo que lo rodea.

– ¿Porqué te fuiste Carmen?- pensó, mientras corría una lágrima por su mejilla izquierda. Simplemente la dejó caer, hasta que desapareció, pero vinieron otras cada vez más seguidas, sus ojos se enrojecieron y mediante un suspiro profundo acercó un pañuelo y secó su rostro húmedo.

La imaginó sonriendo, aquel lunes de  tragedia; eran las cinco de la tarde y se preparaba para irse a trabajar cómo lo hacía todos los días, ella era muy responsable y puntual, metódica y exigente; amaba su trabajo, tanto como a su marido, amaba a los niños.

La vida no la compensó con el placer de ser madre, pero ella se sentía madre de todos sus alumnos, tal vez su destino hubiese sido diferente si ese lunes de tragedia no se hubiese cruzado en su camino, si no hubiese cogido el coche y si esa camioneta azul grande y voluminosa no se hubiese saltado un stop.

Una pareja de enamorados pasa frente al banco color verde oscuro, Jorge sigue ahí, inmutado, lo miran y deciden preguntar

-¿Se encuentra bien, le podemos ayudar en algo?-

-Sí, no os preocupéis, muchas gracias por preguntar- dice  Jorge con los ojos llorosos y el corazón débil. Levanta la cabeza y mira fijamente a aquel muchacho quién llevaba a su chica de la mano. Le susurra despacio.

– Si consideras que es tu amor verdadero, hazla feliz cada minuto y cada segundo de su vida, amala sin contemplaciones y cuando vengan tormentas, ámala aún más hasta que se te desgarre el corazón de felicidad, nunca será suficiente-

El muchacho se quedó pasmado, no entendía nada pero se imaginó que lo que pasaba en aquel corazón era mal de amores y decidieron dejarlo solo y continuar con su camino.

Jorge sonrió, era tal vez la primer sonrisa de la semana, desde aquel lunes de tragedia. Podía reconocer el amor a distancia, olerlo, presentirlo, aquella pareja estaba enamorada y eran felices.

En ese momento escuchó rechinar un coche pegando un frenazo, sintió un escalofrío en el cuerpo, una sensación de oscuridad dolor e ira, recordaba a la perfección la cara de aquel joven de veintidós años que le robó la felicidad, que alejó a Carmen de su vida para siempre, no quería odiarlo ni maldecirlo, pero no lo podía evitar. No sabía a quién culpar, necesitaba encontrar un camino para desahogar ese dolor, y el odio estaba siendo el canal perfecto.

Envuelto en un tornado de sentimientos que no paraba de dar vueltas y de ir desde la felicidad al resentimiento, Jorge emprendió su camino, se levantó del banco color verde oscuro, y en la primera calle giró hacia la izquierda, respiraba entrecortado y sus pasos eran ligeros, a media manzana de recorrido vio un cartel que decía Hospital Clínico dirección derecha, siguió las indicaciones del cartel y en diez minutos estaba allí, subiendo las escaleras de la entrada.

La puerta era de cristal automático, en cuanto el sensor notó de su presencia se abrió de par en par, se dirigió a recepción de la primera planta, allí detrás del mostrador una señorita joven y guapa lo atendió.

– ¿En qué puedo ayudarlo?- dijo con voz amable y pausada.

– Buenas días, estoy buscando la habitación de Sergio Suárez , ¿por favor?, dijo tratando de caerle bien a la señorita para ser complacido.

– ¿Es usted familiar señor?-

– Claro, es mi sobrino, estoy deseoso de verlo y abrazarlo- dijo, con los ojos enrojecidos y lagrimosos; nunca pensó que podría mentir tan descaradamente sin sentir remordimiento alguno.

La recepcionista sintió compasión por él, podía ver lo afectado que estaba.

-Escriba su nombre en esta planilla de visitas y firme aquí- le señaló con el dedo un recuadro en blanco sobre la hoja.

-Segunda planta, habitación C-

-Muchas Gracias, que tenga buen día y que sea muy feliz, expresó con agradecimiento en un tono suave y cariñoso.

Subiendo las escaleras tocó su bolsillo para verificar que todo estaba en orden, lo palpó y sintió el frío de la culata en los dedos, un frío helador que olía a muerte, y a lunes de tragedia. Miró el pasillo y veía enfermeras y médicos caminando, algunos con el teléfono móvil, otros con camillas. Preguntó a dónde estaba el pasillo con la puerta C y le indicaron que a la izquierda se toparía con ella, las paredes eran blancas, y las puertas también, había cortinas que cubrían las ventanas y que dejaban entrar los rayos de sol.

Su corazón se aceleró, sus ojos brillaron y su mano se dirigió directo al manillar  girando lentamente para no hacer ruido. al entrar sintió un olor extraño, lo calificó como olor a desinfección. No había familiares en la habitación, era mediodía y seguramente estarían en la cafetería, era poco el tiempo así que, debía moverse rápido.

Al mirarlo no sintió compasión por él, la mascarilla de oxígeno cubría su rostro, sus ojos estaban cerrados, tal vez dormía o tal vez estaba inconsciente, lo miró fijamente, lo maldijo, lo odió con todas sus fuerzas como nunca había sentido por nadie. Sólo hicieron falta diez segundos, lo que tardó en apuntar con la pistola en su cabeza y apretar el gatillo.

El estruendo del disparo retumbó en la habitación, la sangre se derramaba sobre la almohada, cubriéndolo todo a su paso de un rojo intenso.

Jorge miró sus manos, temblaban, le dolían. Apuntó directo a su cabeza. Un segundo disparo abrió paso a un túnel oscuro, frío y desolador: el de la venganza, la muerte y el suicidio en aquel  lunes de tragedia.

 

 

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