ElQueAsesina - Escritura Creativa

Relato breve.

12/06/2014

Lunes de Tragedia

Historia dramática ficticia, pero una realidad en el mundo en que vivimos, lo importante es aprender que el odio y la venganza no llevan a buen puerto, no es bueno dejarse guiar por la ira para hacer frente al dolor.

Aquel banco color verde oscuro...

Aquel banco color verde oscuro…

 

Se sentó en aquel banco de color verde oscuro, si lo mirabas lejos tal vez se veía negro.  Su cara reflejaba tristeza, amargura, pena.  Las arrugas se marcaban aún más en su rostro, era inevitable que se notara el paso del tiempo, aquellos años que pasaron volando y poco a poco demacraron su rostro, aparentando muchos más años de los que en realidad tenía.

Jorge tiene el pelo canoso, la mirada perdida y la espalda encorvada, las muchas cajas descargadas en el trayecto de su vida se han quedado ancladas en su cuerpo marcando una leve protuberancia por detrás, ya no le duele, ya no le molesta, ya no le importa.

La vida lo pone a prueba una vez más y ya no tiene fuerzas, se encuentra abatido, rendido ante el sufrimiento del dolor de ver la verdad y aceptar el destino.

Se pasa la mano por la frente y se limpia las primeras gotas de sudor que empieza a provocar la primavera, el sol penetra en su cuerpo calentándolo, mira hacia a los lados y el mundo pasa lentamente, ve a gente que pasea sobre la acera, aquel chico que lleva a su perro al parque, los coches que buscan aparcamiento. Todo transciende en cámara lenta.

Los recuerdos lastimeros empiezan a empañar su visión, y piensa en su vida, en la vida de las personas que ama, en la vida del mundo que lo rodea.

– ¿Porqué te fuiste Carmen?- pensó, mientras corría una lágrima por su mejilla izquierda. Simplemente la dejó caer, hasta que desapareció, pero vinieron otras cada vez más seguidas, sus ojos se enrojecieron y mediante un suspiro profundo acercó un pañuelo y secó su rostro húmedo.

La imaginó sonriendo, aquel lunes de  tragedia; eran las cinco de la tarde y se preparaba para irse a trabajar cómo lo hacía todos los días, ella era muy responsable y puntual, metódica y exigente; amaba su trabajo, tanto como a su marido, amaba a los niños.

La vida no la compensó con el placer de ser madre, pero ella se sentía madre de todos sus alumnos, tal vez su destino hubiese sido diferente si ese lunes de tragedia no se hubiese cruzado en su camino, si no hubiese cogido el coche y si esa camioneta azul grande y voluminosa no se hubiese saltado un stop.

Una pareja de enamorados pasa frente al banco color verde oscuro, Jorge sigue ahí, inmutado, lo miran y deciden preguntar

-¿Se encuentra bien, le podemos ayudar en algo?-

-Sí, no os preocupéis, muchas gracias por preguntar- dice  Jorge con los ojos llorosos y el corazón débil. Levanta la cabeza y mira fijamente a aquel muchacho quién llevaba a su chica de la mano. Le susurra despacio.

– Si consideras que es tu amor verdadero, hazla feliz cada minuto y cada segundo de su vida, amala sin contemplaciones y cuando vengan tormentas, ámala aún más hasta que se te desgarre el corazón de felicidad, nunca será suficiente-

El muchacho se quedó pasmado, no entendía nada pero se imaginó que lo que pasaba en aquel corazón era mal de amores y decidieron dejarlo solo y continuar con su camino.

Jorge sonrió, era tal vez la primer sonrisa de la semana, desde aquel lunes de tragedia. Podía reconocer el amor a distancia, olerlo, presentirlo, aquella pareja estaba enamorada y eran felices.

En ese momento escuchó rechinar un coche pegando un frenazo, sintió un escalofrío en el cuerpo, una sensación de oscuridad dolor e ira, recordaba a la perfección la cara de aquel joven de veintidós años que le robó la felicidad, que alejó a Carmen de su vida para siempre, no quería odiarlo ni maldecirlo, pero no lo podía evitar. No sabía a quién culpar, necesitaba encontrar un camino para desahogar ese dolor, y el odio estaba siendo el canal perfecto.

Envuelto en un tornado de sentimientos que no paraba de dar vueltas y de ir desde la felicidad al resentimiento, Jorge emprendió su camino, se levantó del banco color verde oscuro, y en la primera calle giró hacia la izquierda, respiraba entrecortado y sus pasos eran ligeros, a media manzana de recorrido vio un cartel que decía Hospital Clínico dirección derecha, siguió las indicaciones del cartel y en diez minutos estaba allí, subiendo las escaleras de la entrada.

La puerta era de cristal automático, en cuanto el sensor notó de su presencia se abrió de par en par, se dirigió a recepción de la primera planta, allí detrás del mostrador una señorita joven y guapa lo atendió.

– ¿En qué puedo ayudarlo?- dijo con voz amable y pausada.

– Buenas días, estoy buscando la habitación de Sergio Suárez , ¿por favor?, dijo tratando de caerle bien a la señorita para ser complacido.

– ¿Es usted familiar señor?-

– Claro, es mi sobrino, estoy deseoso de verlo y abrazarlo- dijo, con los ojos enrojecidos y lagrimosos; nunca pensó que podría mentir tan descaradamente sin sentir remordimiento alguno.

La recepcionista sintió compasión por él, podía ver lo afectado que estaba.

-Escriba su nombre en esta planilla de visitas y firme aquí- le señaló con el dedo un recuadro en blanco sobre la hoja.

-Segunda planta, habitación C-

-Muchas Gracias, que tenga buen día y que sea muy feliz, expresó con agradecimiento en un tono suave y cariñoso.

Subiendo las escaleras tocó su bolsillo para verificar que todo estaba en orden, lo palpó y sintió el frío de la culata en los dedos, un frío helador que olía a muerte, y a lunes de tragedia. Miró el pasillo y veía enfermeras y médicos caminando, algunos con el teléfono móvil, otros con camillas. Preguntó a dónde estaba el pasillo con la puerta C y le indicaron que a la izquierda se toparía con ella, las paredes eran blancas, y las puertas también, había cortinas que cubrían las ventanas y que dejaban entrar los rayos de sol.

Su corazón se aceleró, sus ojos brillaron y su mano se dirigió directo al manillar  girando lentamente para no hacer ruido. al entrar sintió un olor extraño, lo calificó como olor a desinfección. No había familiares en la habitación, era mediodía y seguramente estarían en la cafetería, era poco el tiempo así que, debía moverse rápido.

Al mirarlo no sintió compasión por él, la mascarilla de oxígeno cubría su rostro, sus ojos estaban cerrados, tal vez dormía o tal vez estaba inconsciente, lo miró fijamente, lo maldijo, lo odió con todas sus fuerzas como nunca había sentido por nadie. Sólo hicieron falta diez segundos, lo que tardó en apuntar con la pistola en su cabeza y apretar el gatillo.

El estruendo del disparo retumbó en la habitación, la sangre se derramaba sobre la almohada, cubriéndolo todo a su paso de un rojo intenso.

Jorge miró sus manos, temblaban, le dolían. Apuntó directo a su cabeza. Un segundo disparo abrió paso a un túnel oscuro, frío y desolador: el de la venganza, la muerte y el suicidio en aquel  lunes de tragedia.

 

 

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