ElQueAsesina - Escritura Creativa

Relato breve.

14/06/2014

La cara de la verdadera necesidad

Esta es la historia del comienzo de una amistad y un amor sincero y puro, amor de hermano, amor de amigo , amor de ser humano, amor a la vida, a la esperanza, a los sueños de que las cosas pueden cambiar, de que existe algo bueno para todo el mundo, de que no estamos solos.

 

Esa tarde era una más de otras tantas en las que Sara no estaba satisfecha consigo misma pero seguía con la rutina de su vida diaria, ella se quejaba de que no disfrutaba de la vida, en más de una ocasión había pensado en la muerte, pero no era lo que realmente quería hacer, tampoco modificaba las cosas, se quejaba pero no hacía nada para cambiarlo.

Muchas veces se preguntaba porqué no era feliz, lo tenía todo, una amor que la adoraba la trataba como una reina, no tenía la obligación de trabajar, porque él se ocupaba de todo, tenía tiempo para ella, para sus cosas, sus hobbies, su vida. No le faltaba ni para comer ni un techo, ni una estufa en invierno, tenía el apoyo de su familia y amigos. Pero siempre se sintió incompleta, vacía, sentía que tenía mucho amor para dar, pero que no era suficiente.

Era marzo, ya pronto vendría la primavera, había llovido por la noche y toda la tarde, por fin se despejaba pero el aire era fresco, su nariz se enrojecía y estaba casi helada, su cuerpo estaba caliente incluso sus pies y sus manos, pero su nariz no, era como un trozo de hielo pegado a su cara. Estaba en su casa, tan acogedora y calentita en invierno, amplia con muchas habitaciones, un salón grande, con una pantalla de televisión de cuarenta pulgadas. Ella no miraba mucho la televisión era algo que la aburría profundamente. Esa tarde fue a comprar al supermercado. Nunca pensó que su vida cambiaría en ese mismo instante, que sus pensamientos volarían tan lejos.

-Perdone señorita, no quiero molestarla, pero… -Los ojos de aquel hombre se llenaron de lágrimas, su cara se retorció arrugando los ojos y ocultando sus labios.

Ella no entendía nada estaba conmocionada, trataba de seguir al hombre en lo que decía y lo que quería explicar pero estaba como en shock, algo que nunca había sentido, en un primer momento  se dio cuenta que tenía miedo, que no sabía lo que le estaban diciendo.

Lo miró y la ropa que llevaba era vieja y anticuada, llevaba un paraguas en la mano. Su cara pequeña tenía una barba como de dos días, sintió el impulso de olerlo para saber si olía a orina, los prejuicios que acompañan nuestra vida todo el tiempo, pudo descifrar que era un hombre de la calle, pero le llamó la atención la amabilidad de tal hombre, la educación al hablar , lo acogedor de estar a su lado. Estaba confusa.

Entre lágrimas aquel hombre dijo- Hoy no he vendido nada, me lo han quitado todo, no tengo nada, tengo cuarenta céntimos- sacó de su bolsillo las monedas pequeñas, repartidas entre cinco céntimos y  diez céntimos.

-Necesito sesenta céntimos para comprar un bocadillo para comer, por favor- sus lágrimas caían a borbotones- Nunca le pido nada a nadie, lo siento.

Sara estaba paralizada, tenía una revolución de sentimientos que no los podía explicar. Miró su monedero y no tenía ninguna moneda.

-No tengo suelto, pero entremos al bar que te compro el bocadillo-

-Muchas gracias señorita, muchas gracias- no paraba de decir aquel hombre con los ojos llenos de lágrimas- extendiendo su mano con las monedas que tenía para la chica.

– No, tranquilo guárdatelas.

Se sentaron en una mesa, mientras el hombre se comía el bocadillo que antes de darle el primer bocado le ofreció muy amablemente a ella si quería un trozo. Bebieron un agua y charló un poco sobre él.

–          He caminado ocho kilómetros hoy y me lo han quitado todo, yo vendo hierbas y caracoles, ¿me ha visto alguna vez fuera del supermercado?

–          Sí, te vi el otro día, ¿dónde vives?

–          A las afueras, en una cuadra de caballos, me dejan dormir ahí, a la mañana bien temprano voy al campo a recoger hierva, tomillo, orégano, romero y caracoles para vender.

–          ¿Y tu familia?

–          Estoy solo con mi Dios. Hoy no vendí nada, los policías me lo quitaron todo, y esto es lo primero que como en todo el día. Tengo los zapatos rotos y mojados.

–          Siento mucho tener que pedirle esto señorita, me da mucha vergüenza.

–          No te sientas avergonzado, los que roban son los que deben sentir vergüenza.

–          ¿Qué necesitas?, ¿cómo te puedo ayudar?

–          Pantalones, ropa y zapatos señorita. Hace mucho frío por la noche, y me pongo muchas capas de ropa.

–          Bueno, voy a ver qué consigo de mi marido, mañana paso por aquí.

–          ¿cómo te llamas? , Yo soy Sara

–          Juan señorita, muy agradecido.

 

Esa noche Sara no paró de pensar en aquel hombre, triste, desesperado pero a la vez aferrado a esta cruel vida que le había tocado vivir. ¿Cómo ayudarle? Pensó una y otra vez.

Le había comprado comida y agua, le había dejado dinero para el autobús, pero ese hombre necesitaba mucho más que eso. No tenía un techo vivía al lado de unos caballos, sin luz ni agua, sin comida.

Comprendió que renegaba de su vida de princesa, mientras la cara de la verdadera necesidad estaba a su alrededor.

Por la mañana temprano se levantó, apenas  había pegado ojo, se tomó un café bien cargado y fue directo al supermercado.   En una mano cargaba una bolsa con comida, ropa y zapatos, y en la otra otra llevaba solidaridad, cariño y compañía. Juan ya no estaba solo con su Dios.

La verdadera cara de la necesidad que no sabemos ver.

La verdadera cara de la necesidad que no sabemos ver.

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