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Relato breve.

02/12/2015

Los invisibles

Los invisibles de la Sociedad

Soy Invisible, la gente no puede verme.

Soy Invisible, la gente no puede verme.

Mi vida no ha sido fácil. Soy invisible, nadie puede verme, puedo hacer miles de cosas y la gente ni siquiera se da cuenta de que estoy allí. Algunos les gustaría tener este don, pero a mí, no me convence. No es algo que haya elegido y que no luchara con todas mis fuerzas para revertir este problema, pero a veces las cosas no salen como uno quiere.

Mis ojos abren temprano cada día, muchas veces cubiertos por el rocío de la noche, es gracioso pero la gente invisible también tiene frío, miedo y hambre. Es difícil conseguir  alojamiento, que el hecho de ser invisible no te da derecho para entrar en casa de un desconocido y meterse en su cama, ya me gustaría a mí; creo que la gente no te ve pero te presienten, saben que estas ahí dando vueltas a su alrededor. Incluso se alarman, pero si yo soy inofensivo y tierno. Me parece que nos confunden con fantasmas, con espectros de gente que andan deambulando por ahí.

Mi madre me lo solía decir, la gente que tiene una muerte violenta no encuentra fácilmente el camino, o los que han cometido errores y no se han arrepentido pagan su precio en la tierra. Habladurías de vieja le decía.

Los invisibles también tenemos madres, porqué salimos de algún lado, no surgimos así porque sí. Te sorprenderá saber que en algún momento tenemos familia y sientes hasta que no eres invisible, es como cuando te enamoras, que sientes mariposas en el estómago y no paras de pensar cosas bonitas. Es una etapa que pasamos la mayoría de los invisibles, intentando creer  que sí nos ven.  Luego el destino y las circunstancias te hacen volver a la realidad y te recuerdan cada día tu condición.

Yo no lo comprendía, mi madre antes de partir hacia la luz, como solía decirme, no me lo había explicado, yo, inocente pensando que todos éramos iguales, hasta que me di cuenta solo que yo no era así, yo era invisible. No estoy solo, hay muchos invisibles en el mundo, en la ciudad, en los barrios. No vamos a invadirlos si es eso lo que teméis. Nosotros buscamos lo mismo que ustedes seres visibles, buscamos ser felices.

Al principio creía en la felicidad y el amor sobre todo con Rosa, mi madre, ella me hacía sentir como con una explosión de satisfacción todo el rato, me encantaban los besos, los mimos me que me hacía, sus abrazos y sus historias fantasiosas de Dios y el cielo. Yo me reía, saltaba de alegría, de ilusión por que cada día que pasaba era una aventura. Que poco me duró, a los siete años, Rosa partió para no regresar y yo me fui a un lugar donde llevan a los niños invisibles cuando se quedan sin madre ni padre.

Ahí conocí a muchos chicos como yo, algunos se tomaban la vida de una manera más atrevida, eran revoltosos, agresivos y estaban todo el rato enfadados. Luego había otros como yo que buscaban  la tranquilidad y la intimidad.

Conocí a Juanito, así le llamaban, él era revoltoso pero siempre se me acercaba para hablar conmigo, fue el primero que me explicó las reglas del juego que ahora me tocaba jugar. Me dijo: -Atento que te voy a explicar las normas, aquí se hace lo que dice Carlos, él es el que manda, si quieres hacer algo tienes que preguntárselo primero, segundo punto, nuestra estancia es corta en este lugar, si no viene nadie y te secuestra nos escaparemos a los 14 años- tiempo suficiente para planearlo pensé, aún quedaban como 5 años.

-Espera un momento, ¿cómo es eso del secuestro?, ¿quién nos quiere hacer daño? Pregunté alarmado.

– La gente- me dijo en vos baja.

He de reconocer que sentí miedo, otra de las cosas que podemos tener los invisibles, yo lo siento a menudo, es algo que no se me quita del cuerpo. El miedo te marca y muchas veces te acompaña toda la vida.

Crecí con Juanito, a Carlos el manda más, nunca le hice mucho caso, pero evitaba meterme en problemas, por suerte no me secuestraron, con el tiempo aprendí cosas nuevas y hasta conocí a una chica, Soledad se llamaba. Nos hicimos amigos y luego cuando logramos escaparnos de aquel lugar, estuvimos juntos un tiempo. Éramos una peña, Soledad, Juanito, Carlos y yo.

Nuestros caminos iban siempre juntos, comíamos juntos, dormíamos juntos, alucinábamos juntos y nos desinhibíamos juntos. Éramos un cuarteto, el cuarteto de los invisibles.

En un esqueleto de edificio abandonado por la crisis habíamos montado nuestro hogar, al principio la libertad nos encendió el alma, nos dio un subidón de adrenalina que parecía que nos comeríamos el mundo, pero el paso de los años, el frío y la realidad nos volvía a recordar que no nos comíamos nada, ni siquiera un pedazo de pan.

Hay mi Rosa querida, que se había marchado sin explicarme que el juego es este: luchar y luchar y no ganar nunca.

El primero en abandonar el grupo fue Carlos, salvaje como siempre le gustaba alucinar demasiado con la irrealidad y un día no despertó, yo intenté salvarlo pero fue imposible. Me duele aún de recordarlo.

Juanito no era tan atrevido, le encantaba volar, pero era creativo, tenía ideas y siempre conseguía llevar a cabo sus planes. Un día me propuso un viaje, ciudad nueva, gente nueva, aire nuevo, vida nueva. Le dije que sí, y ahora estoy aquí en donde vives tu. Seguro has pasado por mi lado y como soy invisible no te has dado cuenta.

Yo empecé una vida junto a Soledad, quisimos ser felices a nuestra manera y formar una familia. No había planes, seguíamos nuestro destino. Tuvimos un bebé, se llamó Sofía, era hermosa, lo sorprendente fue que ella no era invisible como nosotros, la podían ver, la sentían, la cuidaban, no le tenían miedo como a nosotros. Soledad con el tiempo se fue transformando también, de repente hablaba con gente, salía, buscaba un destino distinto al nuestro y yo la dejé continuar porque ella era feliz y la amaba. Pero a mí la gente nunca me vio.

Un día preso del pánico ante su abandono, toque puertas y puertas de gente para que me ayudaran, para que me vieran, pero fue imposible. Y lo comprendí, yo era invisible para el mundo y contra eso no podía luchar.

El aire fresco rosa mis mejillas, el cartón y la manta que me cubre me arropan. Entro en un profundo sueño, pienso en Rosa, en Soledad y Sofía las tres princesas de mi vida, las veo las toco y en un suspiro veo el camino, adiós digo con todas mis fuerzas, sonrío y camino hacia él.

Invisible para el mundo

Invisible para el mundo

Cuántos invisibles tenemos a nuestro alrededor y no somos capaces de verlos, le huimos, le ignoramos, le tenemos miedo en vez de compasión. Esto es una llamada a la reflexión, para que miremos a nuestro alrededor y sepamos ver la realidad.

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Relato breve.

29/06/2015

Amar a la persona equivocada

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Ella bailaba sin cesar, era su pasión.

Ella bailaba sin cesar, era su pasión.

Un amor tan grande como el que yo siento no entiende de reglas y normas, sigue su curso, improvisa.

Apretó su dedo en el botón play, la música empezó a sonar, sus pies comenzaron a danzar, envolvían y acompañaban el ritmo de la canción, sus caderas se tambaleaban de un extremo hacia otro, sensual y provocativamente, sus pechos presos de la euforia y el derroche de energía se encontraban tiesos y turgentes, sus hombros los acompañaban en el movimiento.

Era un baile sincronizado, todo su cuerpo iba al compás del sonido, su melena castaño oscura se desplegaba por los aires en cada giro, tapaba su rostro de vez en cuando pero aún así era simplemente hermosa, tan sexy que hacía que un calor frenético recorriera mi entrepierna, una sensación de bienestar y pensamientos lujuriosos que danzaban junto a ella.

Era inevitable sentirme atraído por ella, todo el pueblo lo estaba, hasta las mujeres se giraban al verla pasar, la envidia tal vez, o la preocupación de no poder controlar lo que pensaban sus maridos a verla caminar.

Rocío apenas tenía dieciocho años, había nacido en Barcelona, pero los infortunios de la vida la llevaron  a vivir en San Jorge junto a su tía, quien se hizo cargo de ella después de aquel terrible accidente que marcó su vida e hizo que tomara otro rumbo.

Su hermosura la había heredado de su madre, morena como ella, con rasgos latinos despertó pasiones en los hombres, los celos, furia y  la venganza hicieron predecir que no tendría un destino agraciado.

Había averiguado todo sobre ella, la había investigado, observado y deseado por las noches cuando por mi habitual insomnio no lograba conciliar el sueño. Creo que estoy empezando a amarla en silencio y a la distancia, porque mi cobardía y prejuicios me frenan a decirle la verdad.

A veces pienso de qué serviría que supiera que este amor que inunda mi corazón es puro y sincero, que la llenaría de besos y abrazos todo el tiempo y le daría mi vida si fuese necesario. Palabras absurdas y ocultas tras esta careta de vecino agradable, de hombre caballeroso que podría querer algún día tan solo como amigo, mentor o peor, como si fuera su padre.

Sus bailes me cautivan, me calman y a la vez me excitan, observo sentado,  tranquilo, sin emular gestos, ni expresiones mientras mi cuerpo se rinde ante el mas fogoso de las sensaciones, el deseo de lo prohibido, de lo lejano aviva aún más este fuego interior.

Al salir de la taberna me meto en la ducha, mi cuerpo sudoroso necesita refrescarse, cierro los ojos y calmo la hoguera que yace entre mis piernas hasta quedar saciado. Me estiró en la cama y solo puedo pensar en ella, en sus ojos verdes, en su sonrisa, en su rostro perfecto. Maldigo una y otra vez no haberla conocido en otra vida, en otro mundo, en otro año.

Cierro mis ojos y me dejo llevar por el cansancio, me adentro en un mar de sueños y navego por él de su mano, de la mano de Rocío.

El sol entra en mi ventana cada día, despierta mi mente y mi cuerpo, mi corazón quiere seguir soñando pero la realidad me trae de inmediato a mi vida, a mi casa y a mi habitación.

Cada mañana salgo a comprar el periódico, mi excusa para pasar por el bar tomar un café y con suerte saber algo de ella, tal vez verla y cruzar alguna palabra, no soy matemático pero de diez intentos solo obtengo un uno por ciento de acierto, no me sale rentable pero lo sigo haciendo.

-Hola Julio, buenos días, ¿le pongo lo mismo de siempre?

-Claro, para que vamos a cambiar, a esta altura uno ya tiene marcado los hábitos.

-Habla usted como si fuera un abuelo, todavía se pueden romper las reglas, cambiar el rumbo de las cosas, deshacerse de los costumbrismos y la rutina- Dijo Juan alegre como cada mañana.

-Carmen y yo vamos a ir a la feria del pueblo esta noche, vengase con nosotros,  la niña actúa en un espectáculo, está muy contenta, se comenta que viene un productor muy bueno de la capital en busca de talentos, y creo que esta es su oportunidad para que cumpla su sueño-

Mi corazón empezó a latir con fuerza, solté la taza de café y como un milagro no fue a parar al suelo, siempre me acercaba en busca de noticias frescas, pero esa no era la mejor para empezar el día. Me aterró la idea de pensar que Rocío podía marcharse de manos de un vendedor de promesas falsas buscando solo un acercamiento carnal. No lo podía permitir.

-Claro que iré, y ¿cómo se llama ese productor que dice Juan?

-Ernesto Saavedra, fue representante de algunos artistas importantes en la capital, eso nos ha contado Rocío, esta muy emocionada.

-Y Carmen ¿está contenta?, no permitirá que Rocío se vaya a conocer mundo sola siendo tan joven. Tengo que reconocer que fui sarcástico y atrevido, pero el nerviosismo hacía que ya no midiera las palabras.

-Carmen quiere que la niña sea feliz, que tenga lo que nosotros encerrados en el pueblo no pudimos hacer, vivir, soñar, luchar por lo que queremos. Nosotros tuvimos que conformarnos con trabajar y sobrevivir, es algo que le prometió a su a hermana que en paz descanse- Juan hizo un gesto con la mano simbolizando la cruz de cristo, se besó el pulgar y miró hacia atrás en donde había un recuadro con una foto de su mujer junto a Lidia.

-Bueno, luego nos vemos, voy a intentar trabajar un poco. Levanté la mano para saludar y esbocé una sonrisa falsa, estaba enojado, cabreado y lo peor es que sentía el miedo recorrer mi cuerpo.

Me senté en mi despacho, como era de costumbre no sentía inspiración para trabajar, estaba gastando lentamente mis ahorros y si no terminaba el libro la editorial me demandaría por estar fuera del plazo de entrega. Me habían encargado un ensayo sobre comunicación y las nuevas tecnologías, entusiasmado empecé el proyecto pero todo se truncó cuando mis sentimientos comenzaron a aflorar y a ocupar todos mis pensamientos.

El desencadenante de esta locura enfermiza que me atormenta fue la noche de navidad, su mirada dulce, su abrazo al saludarme, sus labios al rozarme la mejilla con un beso para felicitarme despertó en mí todo lo que había estado negándome.

La había visto crecer y no podía creer que pensara en ella como mujer, pero así era y no voy a dejar que nadie me la arrebate, sé que no es de mi propiedad y que mi amor es secreto, pero no puedo controlar lo que siento, la cordura ha desaparecido y el que manda es el corazón.

Rocío deseaba triunfar en el mundo de la música, bailar era su especialidad, como si hubiese nacido para ello. Había practicado para que el espectáculo fuese especial, innovador y llamativo, que era lo que buscaban los productores. Tenía la certeza de que sería elegida, que podría desarrollar una carrera profesional fuera de aquel pueblo.

Había dejado su vida personal para dedicarse sólo al baile, sus amigas salían, conocían chicos mientras que Rocío bailaba sin cesar. Amaba la música más que a nada en el mundo, era su escapatoria de la desgracia que la sacudió al morir su madre en manos de su padre.

Las circunstancias la habían hecho madurar de golpe y tenía claro sus prioridades y sueños y no iba a desaprovechar esta oportunidad, era su noche, era feliz, era Rocío Castro.

Preso de mi pánico empecé a tener ideas macabras y desagradables, movía mis dedos sin parar, caminaba por el salón, por la habitación y no hallaba respuestas, nada calmaba mi ansiedad. Decidí buscar su nombre en internet, ver su rostro y su curriculum tan prestigioso como lo describía Juan.

Al aparecer su fotografía en pantalla mi alma se desvaneció en un solo suspiro, era guapo, verdaderamente guapo, atractivo, fibroso, con ojos que encandilan, con una sonrisa que encajaba a la perfección con las facciones de su cara.

Cómo iba a competir yo con ese guaperas, me cuestionaba, pregunta irónica si recordaba que tenía cuarenta y ocho años. Mi barriga marcaba cierta distancia con el escritorio en mi despacho, mi pelo ya estaba casi un cincuenta porciento de color blanco y mi cara tenía líneas de expresión, que marcaban los signos de mi edad, de que el tiempo pasaba y era inútil enamorarse de algo imposible.

Tenía que evitar que conociera ese productor y no se me ocurrió mejor idea que intentar ponerme en contacto con él, ofrecerle mi casa para que descansase y disfrutara de la feria.

Soy conocido en la ciudad, mis libros se han vendido por todo el país e incluso dos novelas se tradujeron en tres idiomas. La fama nunca me gustó y busqué asilo en este pueblo, alejado de todo, con gente humilde y especial.

El reloj marca las diecisiete de la tarde, el timbre suena en mi puerta, camino hacia la entrada, con los pensamientos revueltos, sólo improvisaré, me dejaré llevar por lo que surja, jamás lo había hecho y era hora de intentarlo.

-Hola, bienvenido a San Jorge, esta es mi casa y durante estos días será la suya también- Saludé lo mas cordial que pude, disimulando los pensamientos oscuros que se cruzaban por mi cabeza.

-Me alegro de que el prestigioso escritor Julio River me reciba aquí. ¿esta es su guarida?.

-Sí, este es mi pequeño mundo, aquí surgen mis personajes, es más, estaba elaborando un personaje nuevo para una historia que tengo entre manos.

Mientras entraba en la trampa y dejaba su maleta en el salón preguntaba y observaba la casa, visto en persona era aún más atractivo de lo que había visto por la web.

-No quiero molestarle en su trabajo, si prefiere puedo ir a un hostal.

-Me ofende que piense así, no me interrumpe, me agrada hablar con gente que sabe identificar el talento en otras personas, ¿porqué ha venido a eso verdad?

-He venido a disfrutar de la feria, (dijo entre risas); me han dicho que hay una jovencita que tiene mucho desparpajo bailando y creo tener una oportunidad para ella, siempre y cuando logre cautivarme.

Cuando se refirió a Rocío mis manos se tensaron, mi respiración comenzó acelerarse y mis ojos no querían parpadear, sólo querían mirarlo fijamente, tal vez tratando de intimidarlo, hacerlo recular hacia atrás.

Mis intentos fueron fallidos, ni se percató de mi angustia y agresividad, se sentó en el sofá y sacó su móvil, comenzó a escribir unos párrafos. Inmediatamente se lo arrebaté sin pensarlo y en respuesta a su impulso por preguntar qué demonios estaba haciendo, me atajé contestando que esta experiencia era para vivirla relajadamente, sin interferencias tecnológicas, algo tranquilo, tradicional, como en los antiguos tiempos. Mi discurso sonó convincente, y más viniendo de un viejo solitario como yo.

Lo dejé en un cajón en mi despacho, toqué su hombro y sonreí- tranquilo hombre que le aseguro yo que se puede estar desconectado un día del móvil.

Lo invité a conocer la casa, y a tomar una copa, y dejé para el broche final mi rincón preferido, un cuarto en donde me solía encerrar para recuperar mi concentración cuando aturdido no lograba entrelazar mis ideas, tenía un sofá color granate, una pequeña biblioteca con mis obras preferidas y una pequeña lámpara, era una habitación creada en la parte trasera de la casa, sin ventana ni conexión con el exterior.

Al entrar allí cerré la puerta con fuerza, Ernesto se sobresaltó y al girarse le atisbé un  palo en la cabeza que lo dejó inconsciente tendido en el suelo, un hilo de sangre formaba un charco alrededor de su cabeza. No era lo que había planeado, simplemente improvisé.

El amor tiene estas cosas, uno se deja llevar por impulsos, es preso de deseos incontrolables que se adueñan de tu mente, de tu corazón. Yo no hice nada malo, solo amar a la persona equivocada. Mentiría si digiera ahora encerrado en estas cuatro paredes que lo siento por que no es así, he defendido mi amor y he roto las reglas de la vida, pero un amor tan grande como el que yo siento no entiende de reglas y normas, sigue su curso, improvisa.

encerrado en estas cuatro paredes no me arrepiento de amar.

encerrado en estas cuatro paredes no me arrepiento de amar.

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Relato breve.

02/03/2015

Manos suaves, Manos Malditas

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Sentada en la terraza de un bar miraba las palmeras que se movían al son del viento, el aire era cálido, la primavera había llegado

Sentada en la terraza de un bar miraba las palmeras que se movían al son del viento, el aire era cálido, la primavera había llegado

Amor, ambición, mentiras, engaños y muerte. Un relato con un desenlace trágico, una historia de una vida de mentira, la chica que quería ser lo que no era, tener lo que no tenía, y ensuciar sus manos  si hacía falta para conseguirlo.

Sentada en la terraza de un bar miraba las palmeras que se movían al son del viento, el aire era cálido, la primavera había llegado. El sonido de las cotorras llenaba el ambiente, un par de gorriones se acercaban tímidamente por unas migas de pan tiradas en el suelo,  pero si sentían algún movimiento brusco echaban a volar rápidamente.

La silla era algo incómoda y el café amargo e intenso hicieron que en más de una ocasión tuviera arcadas, todo quedó en un intento no hubiese sido muy educado empezar a vomitar en medio de la terraza llena de extranjeros. Merecía la pena al ver la inmensidad del mar, tranquilo de color azul brillante, donde se posaban los rayos de sol, era un paisaje que hipnotizaba.

Llena de nostalgia volvieron aquellos recuerdos, los de su infancia jugando con muñecas, sin preocupaciones, ni obligaciones, sin necesidad de controlar el tiempo, con la inocencia característica de los más pequeños donde prima la sinceridad ante todo. Se preguntaba en qué momento había perdido todo aquello,  cuándo se había convertido en esa persona que al mirarse al espejo no se reconocía.

¿Quién no ha mentido alguna vez?, su pensamiento iba más allá de aquello, miraba sus manos, eran suaves y delicadas, con las uñas largas y pintadas de color rosa, un toque de brillo hacía que resaltasen y brillaran junto al mar compitiendo por los rayos de sol. Esas manos preciosas y cálidas, finas y dulces guardaban un secreto muy oscuro.

Amaia provenía de una familia humilde, había sido feliz durante su niñez, en su etapa de adolecente tuvo problemas con sus padres, nada fuera de lo normal, para esa etapa tan dura que empieza a mostrar los primeros cambios, los pequeños  pasos  que la van guiando hacia la madurez. Ambiciosa y con un carácter destacable no le gustaba que le digan lo que debía hacer, no aceptaba críticas, y no se arrepentía de sus errores. Su fuerza se desarrollaba en su mirada, intensa y penetrante, directa y firme que muchas veces emitía miedo y frío.

Conoció el amor, las primeras veces no le fue bien, pero lo dejó pasar, hasta que vio que el amor no la llevaría hacia dónde ella deseaba ir, así que se decantó por otras opciones.

Era un lunes al atardecer, Franco saldría de la oficina siguiendo su rutina de siempre, pararía por su café de la tarde y viajaría hasta su lujosa casa en el centro de Madrid, era su oportunidad, todo preparado, planeado, no había motivos para fallar.

Llevaba un vestido elegante y fino, marcaba la curvatura de su cuerpo de una forma atractiva, sin ser vulgar, sus movimientos eran delicados y lentos, sentía como si tuviera una cámara observándola, lo fingía todo a la perfección.

-Un café por favor, con una gota de leche, por favor.

Se sentó en la barra, a su lado, sin mirarlo, sin olerlo, sin sentirlo. Sacó su tableta y buscó varios archivos de economía que previamente se había descargado, algunos estudios económicos y algunas estadísticas.  Franco no pudo resistir hacer  todo lo contrario, la miró, sintió su olor incluso pudo sentir el rose de su brazo con el suyo.

En ese instante un ruido sobresaltó sus pensamientos eróticos, el móvil cayó y quedó dividido en tres partes, la tapa voló  hacia un extremo mientras la batería y la carcasa se quedaban extendidas justo debajo de su tamborete.

-Lo siento, que torpe, se me ha caído, sería tan amable de… no dejó que acabara la frase, inmediatamente la tomó del brazo para que no se agachara y él caballerosamente, recogió el móvil.

-Intentaré armarlo.

-No hace falta, muchas gracias.

-Sí, tranquila, esto se me da bien, esperemos que funcione.

-Mi torpeza siempre me juega malas pasadas. Me llamo Amaia Ruiz. Su voz era firme pero a la vez suave, quería denotar cierta timidez.

-Un placer señora Amaia, me llamo Franco Salinger.

-Señorita, por favor, dijo soltando una sonrisa que pretendía encandilarle, envolverlo, atraerlo, como una trampa diseñada especialmente para su presa.

-Bueno, el móvil está listo, ahora esperemos no tenga ningún fallo, señorita Amaia. Se miraban el uno al otro, se deseaban, se sonreían.

El tiempo pasó y la trampa dio resultado, ahora comenzaba a recoger la cosecha, todo lo que había sembrado durante algunos años. Ya no era Amaia Ruíz, ahora era la señora Salinger.

Franco era diez años mayor que ella, pensó que había encontrado al amor de su vida, a quién lo había rescatado del mundo del trabajo y le había demostrado que había cosas por descubrir y disfrutar.

Franco había fundado la empresa Salinger junto con su hermano Julio, se encargaba de la venta de software para diversas empresas, programas informáticos especializados para la mejora de la administración. Habían desarrollado un modelo nuevo de asistente virtual, que podía llevar la agenda de una empresa sin ningún inconveniente, reuniones, calendarios, viajes, elaboración de nóminas y contratos, archivos de documentación, diversas formas de organización en un solo software. Este método al ser digital, virtual, moderno y eficaz, ahorraba a la empresa de un departamento de administración específico, de una secretaría y de papeleo y extra papeleo. Estaban en una era digital, de expansión de la tecnología, las comunicaciones y los negocios, y Franco y Julio sabían aprovecharlo. La empresa a lo largo de los últimos años había recaudado millones de euros, se habían expandido a otros países, y ya no era una simple empresa familiar, eran una multinacional que tenía la patente de unos de los proyectos más innovadores del momento.

Amaia no podía dejar pasar esa oportunidad, era lo que siempre había soñado, una vida llena de lujos, era ambiciosa fría, y calculadora. En sus primeros encuentros había sentido cierta atracción hacia él, un mundo desconocido una vida y entorno nuevos que descubrir. Con el paso del tiempo su relación avanzaba, pero sus sentimientos retrocedían, ya no lo quería, no lo soportaba, no quería que la tocara, que la acariciara, ni besara. Sentía asco, pero no podía dejarlo, lo perdería todo pensaba.

Amaia había firmado unas clausulas que en caso de divorcio se quedaría sin nada, con excepción de si tuvieran hijos, ellos serían los herederos. Ella no quería tener hijos, su vida independiente se acabaría, y quedaría atada aún más a una familia que detestaba.

-Hola cariño, hoy llegas pronto.

-Sí, quiero que cenemos tranquilamente, tengo algo para contarte, es una sorpresa.

Amaia se puso un vestido nuevo que acababa de comprarse, a pesar de los años seguía hermosa, con su figura intacta, sexy y provocadora.

Franco elegante, con un taje color azul marino bajó las escaleras para tomar su mano, besarle y observarla con la mirada llena de deseo. La amaba.

-¿Dónde has reservado mesa?

-En casa, en el jardín, Blanca se ha encargado de todo.

-¿Vamos a cenar en el jardín?, me apetecía salir. Amaia sabía que si salían podría esquivar sus caricias y besos, ya que en público era un caballero.

Salieron hacia el lujoso jardín, una mesa los esperaba llena de comida y champan, el mantel era blanco, los sillones eran cómodos y suaves como la seda, podían desvanecerse en ellos eternamente.

-¿Qué querías contarme?, se sirvieron una copa, las burbujas subían hacía arriba, la espuma se derramaba.

-Nos vamos a vivir a Rusia

-¿qué? ¿Cómo?

-He cerrado un trato con una empresa allí que comprará nuestros servicios y he pensado que lo mejor sería trasladarnos allí para expandirnos más hacia el este, me han propuesto la investigación de un nuevo proyecto de software orientado a la seguridad nacional.

-No creo que sea buena idea, no quiero dejar Madrid, puedes ir tú y luego yo viajar a verte de vez en cuando.

-Amaia ¿tú crees que soy tonto?

-¿qué estás diciendo?, no te entiendo, no me consultas nada, lo planificas todo tu solo.

-Sé que no te quieres ir por Rubén, sé que tienes una aventura con él.

-¿Qué?, la cara de Amaia comenzaba a enfurecerse, pero no sólo con Franco, si no, con ella misma, ¿cómo la había descubierto?, ¿qué había salido mal?

-¿Cómo voy a estar involucrada con alguien de mi familia? Rubén es mi hermano y lo sabes.

-Eso es lo que me has hecho creer todos estos años, lo he descubierto y estoy dispuesto a perdonarte, nos iremos a Rusia, si no, ya sabes dónde tienes la puerta.

Amaia tiró la copa al suelo, los cristales estallaron contra el suelo. Se dirigió a la habitación, tumbada en la cama no sabía qué hacer, ni qué decir. Claro está que la había descubierto, después de diez años de engaños y falsedades. No podía irse allí, no podía dejar a Rubén, no podía quedarse sin nada.

Pensó lo peor, sería improvisado pero debía hacerlo esa noche, ya no aguantaba más.

Franco seguía en el jardín, apenas habían probado bocado, miraba las estrellas, se sentía traicionado, pero su amor era más fuerte, la amaba tanto que quería tenerla sólo para él, ya no le importaban las mentiras, los engaños ni lo que haya hecho, sólo quería estar con ella, y lejos de España, muy lejos de allí.

Sintió unos pasos, giró su cabeza y era ella, radiante, con un picardías blanco, sexy, su piel dorada resaltaba entre la seda blanca, su cabello castaño estaba recogido con un moño, sus ojos verdes intensos lo miraron fijamente, era imposible resistirse ella.

-Lo siento, siento la discusión, siento mi comportamiento, quiero estar contigo, y estoy dispuesta a olvidarlo todo junto a ti, nos iremos juntos a vivir una nueva vida. Su interpretación intentó ser lo más creíble posible, incluso pudo fingir una lágrima que cayó sobre su mejilla.

-¿Te apetece un baño relajante en el jacuzzi, con una buena copa, buena compañía y mucho deseo? Dijo, estirando su mano hacia él, aquella mano que esa noche se convertiría en más que una extremidad del cuerpo.

Franco estaba embobado, su belleza, sus palabras, su dulzura, era inevitable decir que no. Se levantó, la besó con mucha pasión, y de la mano fueron a su habitación. Él desnudo se metió en el jacuzzi, ella se fue desvistiendo como iniciando un ritual, lentamente, despertando deseo, pasión, y violencia. Franco nunca imaginaría que sería la última vez que la tocaría, que deslizaría sus dedos por sus pechos, por su cuerpo entero.

En el extremo derecho de la bañera había un champan helado, y dos copas a su lado, Amaia eligió la derecha, tomó un trago, y la colocó en el otro extremo, se abalanzó sobre él, lo besó, pidió con ganas que la penetrara, que estuviera dentro de ella, él estaba loco, la abrazó con fuerza y hundió su pene lo mas que pudo para saciarla, hicieron el amor varias veces, luego bebieron relajadamente. Franco comenzó a sentirse cansado, sus ojos se cerraban, e intentaba mantener la cabeza firme pero era más fuerte que él. Intentó salir de la trampa, y ella con sus delicadas manos lo retuvo dulcemente.

-¿A dónde vas? , quiero que te quedes conmigo, aquí los dos relajados.

-No me encuentro bien, saldré un momento

Otro intento para levantarse y cayó de rodillas, no lo pudo evitar, se desvaneció.

-Cariño, ¿te encuentras bien?, no recibió respuesta, tocó su rostro por última vez, posó sus manos sobre su cara rodeándola y hundiéndola bajo el agua, no había resistencia alguna, lo mantuvo así unos cinco minutos, lo suficiente para que ya no respirara.

 

Sentada en aquella terraza de sillas incómodas, sintiendo el sol, contemplando el mar, y escuchando a los pájaros cantar y hablar en su propio idioma. Escuchó la sirena de la policía.

 

jacuzzi

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Relato breve.

23/02/2015

Relato La Transformación

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Sentía que era injusto dañar a la persona que más te ama, prefiriendo engañarse a sí mismo, y renunciar a Carla, por no apagar el brillo de Bárbara.

Sentía que era injusto dañar a la persona que más te ama, prefiriendo engañarse a sí mismo, y renunciar a Carla, por no apagar el brillo de Bárbara.

 

Soñaba con una vida distinta en donde no existían las mentiras ni los engaños, dónde cada uno es lo que es y nadie juzga a nadie, donde todos se aman sin importar condición física, ni sexual, ni espiritual.

 

Sentada enfrente del espejo se iba desmaquillando poco a poco, las pestañas postizas eran guardadas con cuidado para poder usarlas nuevamente, los labios color rojo intenso volvían a ser pálidos. Los ojos ya no brillaban, los parpados no reflejaban luz, y el tono e piel había vuelto a su normalidad, donde se dejaban ver los poros abiertos de la abundante depilación con algunas rojeces.

Parecía una piel totalmente diferente, una cara distinta pero unos mismos ojos observando ambas facetas. El vestido ya se lo había quitado y estaba colgado en el armario, las medias que cubrían las piernas sostenidas con un portaligas color negro, se deslizaba lentamente hacia abajo, en un lento movimiento que la masajeaba y acariciaba a la vez. Las plataformas en el costado de la cama esperaban ser sustituidas por los zapatos color marrón número  cuarenta y uno que posaban a su lado.

Carla era  muy femenina con movimientos sexys culminaba su rutina de transformación,  le gustaba más la primera parte, en dónde se convierte en princesa, que la última cuando vuelve a la realidad en plena medianoche.

Con unos jeans puestos, una camiseta color azul y sus zapatos color marrón,  subió las escaleras que daban a la calle, a la salida del club Half.

– He Carlos, no te olvides que mañana cambiamos turno, tienes que estar aquí a las seis, no me falles- gritó desde la puerta Lorenzo mientras le guiñaba un ojo.

-No te preocupes guapa, aquí estaré, hasta mañana- Saludó levantando su mano y moviendo sus dedos delicadamente.

La noche estaba fresca, se arrepintió de no haberse llevado una chaqueta, lo último que quería era resfriarse en ese momento en donde su carrera estaba despegando.

Carlos había conseguido un papel en una revista teatral, protagonizaba un papel secundario pero muy influenciado por los personajes principales, por lo tanto salía en gran parte de la obra. También trabaja en un club de noche, con un show streeptis , por las mañanas aprovechaba para ensayar la obra.

El paso ligero hasta la parada del metro lo hizo entrar en calor, ya no sentía escalofríos, miró su reloj y vio que el metro no tardaría en llegar, en media hora estaría en casa.

Entró sigilosamente, tal vez intentando no hacer ruido, sin encender la luz dio los primeros pasos en plena oscuridad hasta que sus pupilas se acostumbraron y empezó a definir las figuras de los muebles del salón, su mente ya sabía el recorrido, la cantidad de pasos que debía dar, dónde girar, y encontrar así la puerta del dormitorio, eran varios años haciendo lo mismo, la práctica se había adueñado de su rutina convirtiéndola en algo perfecto, jamás topaba con nada, y el silencio permanecía constante en la casa.

Al entrar en la cama sintió el calor entre las sábanas, le sabía tan rico después del frío de la noche, al taparse y girarse hacia el lado derecho su postura favorita y más cómoda, un brazo cálido y cariñoso rodeó su cuerpo, un beso en la nuca lo hizo estremecer.

-Cariño que bueno que ya hayas llegado, que descases mi vida. Su voz era suave y fina, estaba entre dormida pero le gustaba aferrarse a su cuerpo, sentir su olor y su respiración.

-Que descanses tú también Bárbara.

Cerró sus ojos y se imaginó otra vida, la que siempre había soñado, en donde no existían las mentiras ni los engaños, dónde cada uno es lo que es y nadie juzga a nadie, donde todos se aman sin importar condición física, ni sexual, ni espiritual. Pero al despertarse se daba cuenta que ese mundo no era real.

-Buenos días, levanta cariño que llegarás tarde al trabajo, te hice el almuerzo lo tienes en una bolsa sobre la mesa. El desayuno ya está listo también.- Le dio un beso en la mejilla y acarició su rostro, su mirada era tierna y llena de amor.

-Enseguida me levanto- dijo girándose hacia el otro lado de la cama- luego nos vemos.

-Me voy a llevar a los niños a la escuela, luego haré la compra y pasaré por la tienda para ver si necesitan ayuda.

-Perfecto, nos vemos luego.-Aún no era capaz de abrir los ojos.

El horario de Carlos era variado, por las mañanas se levantaba en torno las ocho treinta y se marchaba hacia la casa de Roberto un amigo que le prestaba el piso para sus ensayos y para prepararse para el club, luego volvía a casa sobre las dos, comía con Barbará y volvía al club en torno a las seis o a las ocho depende del turno. Laboralmente estaba bien, ganaba lo suficiente para sacar adelante a su familia y vivir dignamente.

La vida de Carla era totalmente reducida, se limitaba al horario de seis de la tarde a pasadas las doce de la medianoche,  intentaba robar parte de la vida de Carlos, tal vez más tiempo siendo Carla, pero a veces era imposible, se sentía frustrada, quería ser libre, tener  más tiempo, disfrutar de la vida y no solo del club.

Al llegar a casa Bárbara preparó la comida, recogió la casa, y ansiosa esperó a Carlos a que entrara por la puerta, quería mimarlo y consentirlo después de tanto trabajo que tenía por la mañana en una obra de peón, y por la noche de seguridad en un solar apartado de la ciudad.

Sabía que Carlos trabaja duro para que ella y los mellizos fueran felices y no les faltara de nada, por lo tanto ella intentaría hacer lo mismo con él, cuidarlo y consentirlo todo lo que pudiera. Los niños comían en el cole, por eso la comida era su horario favorito en dónde podían estar juntos y tener cierta intimidad.

Al llegar a casa Carlos se dio una ducha y fue hacia la cocina, se sentó en la mesa.

-¿Cómo ha estado tu día hoy?

-Bien, un poco cansado, pero bien, ya tenemos la obra casi terminada.

-¡Qué bueno!, en la tienda de mi madre todo normal, he pasado por allí pero no había gente así que me he vuelto pronto a casa.

-Esta tarde me voy más pronto, necesitan en la empresa de seguridad que entre antes así que descansaré un poco y me marcho.

Carlos a penas probaba bocado, se sentía incómodo, era mucho tiempo fingiendo una vida de mentiras, que aunque quisiera decir la verdad no sabría por dónde empezar. Su rostro emanaba tristeza y resignación, mientras veía la luz que desprendía  Bárbara al mirarle.

Sentía que era injusto dañar a la persona que más te ama, prefiriendo engañarse a sí mismo, y renunciar a Carla, por no apagar el brillo de Bárbara. Él la quería, habían sido novios de pequeños, creía que se había enamorado, pero un día se dio cuenta de que en realidad no estaba enamorado de ella,  sino más bien quería ser como ella, se había quedado encantado con su forma de andar, sus gestos, sus movimientos, su sensualidad, la admiraba, quería transformarse en ella. Luego llegaron los mellizos, Álvaro y Agustín que cambiaron su vida para siempre, lo ataron más a una vida que no quería tener.

-¿Estás bien?, te noto algo callado.

-No, tranquila solo que estoy cansado, intentaré dormir un rato antes de irme.

Se recostó en la cama, cerró los ojos y escucho los pasos sensuales de Bárbara al entrar en la habitación, iba sólo en ropa interior, se acercó y comenzó a acariciarlo y besarle, Carlos se dejó llevar pero en su mente estaba Carla, la verdad, las mentiras, la vida fingida, el trabajo inventado. No pudo continuar.

-¿Qué pasa?, ¿no te apetece?, llevamos tiempo sin estar juntos, sólo quería relajarte.

-No pasa nada, no me encuentro bien- comenzó a vestirse sin mirar a Bárbara a los ojos- tengo que marchar, luego nos vemos por la noche- la besó en la frente y salió de la habitación dejando un camino de aroma a su piel mezclado con perfume hasta llegar a la puerta donde se esfumaba todo rastro.

Bárbara no lo entendía, hacía tiempo lo notaba lejos, frío, comenzó a pensar e imaginar lo peor. – ¿Y si me está engañando?, ¿tal vez tenga otra mujer?, o sólo está cansado. Su cabeza comenzó a dar vueltas, buscando respuestas, inventando preguntas, encontrando escusas.

Revisó su armario, registró su ropa, sus cajones, su correo electrónico, pero no encontró nada, era una mezcla de alivio y preocupación porque no lograba averiguar porque Carlos ya no era el de antes, ya no sonreía, ya no era feliz.

Una mañana decidió seguirlo a la obra, su rostro quedó pálido al verlo entrar en una casa, que no era precisamente una obra en construcción, su corazón palpitaba sin parar, y sus ojos se llenaban de lágrimas, -lo sabía, tiene otra familia, otra mujer- pensó.

Caminó despacio hasta la entrada de la casa, quiso asomarse por la ventana pero temía que la vieran, rodeo el jardín lentamente agachada y sin perder de vista la puerta principal. Cuando encontró un lugar cómodo fuera del alcance de cualquier observador  que la sorprendiera, escuchó voces, eran en forma de versos, tal vez diálogos, no entendía muy bien lo que se decía pero era la voz de Carlos, podía reconocerlo. Sus lágrimas caían por sus mejillas y una impotencia y rabia se adueñó de ella, quería saberlo todo, estaba dispuesta a enfrentarlo cuando al asomarse por la ventana  su corazón dio un vuelco, se quedó sin respiración, la vista se nublaba y sentía desvanecerse, se sostuvo de los barrotes de la ventana y lo único que pudo decir fue -¿Carlos eres tú? -Cayó al suelo semiinconsciente, intentando imaginar que estaba en un sueño, que no era verdad lo que había visto.

Carlos al verla desplomarse salió corriendo de la casa y la sostuvo en sus brazos, la purpurina reflejaba los rayos de sol en su cara, su rostro maquilado a la perfección y con cierta exageración se enmudeció, la miraba, la acariciaba, no se atrevía a decir su nombre. Arrodillada y con Bárbara entre sus brazos, Carla sintió el alivio de la verdad, el fuego de la mentira y el dolor de Bárbara.

Carla sintió el alivio de la verdad, el fuego de la mentira y el dolor de Bárbara.

Carla sintió el alivio de la verdad, el fuego de la mentira y el dolor de Bárbara.

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Relato breve.

03/02/2015

La Bodega

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Movió la copa y deslizaba su contenido de un lado a otro meneándola con delicadeza, su nariz ya podía sentir el aroma

Movió la copa y deslizaba su contenido de un lado a otro meneándola con delicadeza, su nariz ya podía sentir el aroma

El amor de una familia puede lograr lo imposible

Movió la copa y deslizaba su contenido de un lado a otro meneándola con delicadeza, su nariz ya podía sentir el aroma,  flores  y vegetales, tal vez trufa, seta, manzanilla. La degustación era intensa, mantener el sorbo en su boca, sentir el gusto junto con el aroma deslizándose sobre su garganta, amaba el vino, su delicadeza, su espesor, el color intenso, y el pálido, la vida y fuerza que proyectaba.

Hugo catador de vinos, decidió convertirse en un emprendedor,  desarrollar su potencial, su madurez y habilidad para montar su propia bodega. Había sido una decisión difícil y la familia no estaba del todo de acuerdo, pero logró convencerlos. La inversión era grande, quería producir su propio vino, elegir la tierra, cultivar las viñas eligiendo el tipo de uva especial para la creación de una obra maestra.  Necesitaba ayuda, inversores, algún socio, asesoramiento. Fue un proceso largo pero estaba dando sus frutos.

Invirtió todo lo que tenía y más, hipotecó su casa con un crédito que a regañadientes el banco le dio, y se asoció con Roberto Linares, un grande de los negocios, reconocido en la ciudad, en todo en lo que invertía sacaba ganancia, eso sí, él no era hombre de un solo negocio, le gustaba invertir, reflotar y luego vender, se aburría y volvía a empezar. Había estudiado finanzas en la universidad, un hombre de mundo, había viajado por varios países y muchas veces manejaba más de un negocio a la vez. Delgado y alto ya casi sin pelo, el siempre decía cada pelo que se me cae es una buena transacción hecha y ya casi estoy pelado así que imagina el resto. No era entendido del área del vino pero veía en el proyecto de Hugo futuro y fundiendo los dos cerebros podía salir algo muy bueno y ganancial.

Martina no estaba del todo convencida de que su marido se involucrara en semejante proyecto, lo amaba y quería apoyarlo, pero también pensaba en sus hijos en su futuro.

Aceptó el trato, y amenazó en más de una vez a Hugo si todo salía mal, pero ella sabía que aunque todo se fuera al garete seguirían estando los cuatro juntos.  Carlos y Tamara eran mellizos y estaban en la etapa más difícil para un padre, la a adolescencia. Los medios de comunicación y la tecnología no ayudaban mucho, los mantenían distraídos y ya ni les hacían caso. Hugo estaba inmerso en su proyecto que avanzaba cada vez más, ya tenían la uva recogida y pronto empezarían lo más importante. La creación del famoso vino.

Ella no sabía tanto como Hugo, pece que él había intentado enseñarle la sensación placentera al tomarlo, ella tomaba, si le sabía bueno repetía hasta que sentía él primer mareo y cuando su lengua no paraba de hablar, cortaba el grifo porque sabía que la cosa terminaría mal. Al contrario pasaba si le sabía malo, tomaba solo una copa, pero al ser Hugo un especialista sólo compraba vinos buenos y sentía que los desperdiciaba al no saborearlos, y más de una vez se sentía arrepentida de haberlo vomitado después de una gran noche.

Hugo disfrutaba de la vida, del trabajo y del vino, todo iba sobre ruedas, y se sentía feliz, sus hijos le daban algún que otro problema, pero nada que no se pudiera solucionar. Esa tarde marchó temprano a la bodega quería tramitar cierta documentación y dejar todo listo para poder disfrutar el fin de semana en casa con su familia.

La bodega estaba alejada del pueblo, la habían construido al lado del viñedo para tener todo mejor controlado, tenía varios trabajadores a su cargo.

Entró a su despacho y se sentó en su amplio sillón de piel, era cómodo y confortable, su escritorio ya no estaba lleno de papeles, la informática se había apoderado de él y todo estaba digitalizado, su ordenador, su tableta, su Smartphone  eran todo lo que necesitaba.

Al encender el ordenador  una carpeta en particular situada en el extremo derecho llamó su atención. En ese Instante se sintió fatigado, un dolor intenso le entró en el pecho,  se debilitó y casi no podía respirar, se desplomó sobre el suelo.

Al despertar miró su brazo y tenía cables conectados por todos lados, una mascarilla le administraba oxigeno, miró a su alrededor y vio a Martina dormida en un sofá, se encontraba distinta, o al menos eso veía, su pelo había cambiado, su cara parecía demacrada y claramente estaba más delgada, estaba amaneciendo y los rayos de sol empezaban a entrar por la habitación. Se preguntaba ¿Qué había pasado?, ¿Cómo es que estaba allí?, no recordaba bien lo que había hecho el día anterior. Se esforzaba pero no podía. Escucho unos pasos y la puerta de la habitación se abrió.

-Te has despertado, me alegro mucho, vamos a llamar al médico enseguida. Dijo la enfermera.

-¿Dónde estoy?, ¿Qué ha pasado?

Martina al escucharlo hablar pegó un salto del sillón, su cara se llenó de alegría y sus ojos empezaron a soltar pequeñas gotas de agua.

-No llores, tranquila, estoy bien ¿qué hago aquí?, preguntó despacio y con esfuerzo, le costaba hablar.

-No hables mi amor, te quiero tanto, me hace muy feliz saber que estas mejor. Ahora quédate tranquilo que vendrá el médico a verte.

Al entrar el médico pidió un informe detallado a la enfermera de las últimas veinticuatro horas, lo inspeccionó y dijo:

-Salgan un momento fuera por favor, hablaré con el paciente a solas.

Martina salió resignada, quería saber lo que hablaban, lo que le contaría, si le diría la verdad.  Intentó llamar a Carlos pero le salía el contestador, dejó un mensaje, y llamó a Támara.

-Hola mamá, estoy conduciendo

-Tu padre ha despertado, el médico está con él ahora mismo, cuando puedas vente la hospital.

-Voy ahora mismo, en el trabajo no habrá problemas, en unos minutos llego.

Tamara trabajaba en el Ayuntamiento, era secretaria de la sección de cultura y deporte, iba por las mañanas pero cuando realizaban diferentes eventos asistía por la tarde. Conmocionada condujo al hospital lo más rápido que pudo, sus sentimientos eran una mezcla de alivio, felicidad e incertidumbre.

El Doctor Oliver, se sentó al lado de la cama, con su informe en la mano lo miró fijamente y dijo:

-Me alegra que haya despertado, si le soy sincero ya no tenía muchas esperanzas, esto es un milagro y debe dar gracias, sus síntomas son totalmente estables, débiles pero estables. Le voy hacer unas preguntas y usted en la medida en que pueda me irá contestando. ¿Recuerda cómo se llama??

-Sí, me llamo Hugo, ¿Qué hago aquí? ¿Qué ha pasado?,

-Tranquilo, vamos de a poco.

-Recuerda ¿dónde vive? , ¿Si tiene familia?

-Claro que sí, mi mujer o al menos es creo acaba de salir, tengo dos hijos adolescentes, ¿están todos bien? ¿Qué pasó?

-Están todos bien, no se preocupe, ha sufrido un infarto, y ha estado un tiempo en coma, inconsciente, ahora ha vuelto en sí y necesito saber ¿qué es lo último que recuerda?

-No los sé, estoy confundido. ¿Cómo un infarto? ¿Cuándo?

– Veo que se está poniendo nervioso, vamos a dejar esta conversación para más tarde ahora descanse, luego le haremos una pruebas y responderemos a todo lo que desea saber. Miguel López le inyectó un relajante y que lo hizo desvanecerse y sumergirse otra vez en un profundo sueño.

Al salir por la puerta Támara y Martina se abalanzaron sobre él para preguntar si estaba bien, si había mejorado.

– Tranquilas, dejen que Hugo descanse son muchas preguntas y respuestas de golpe y su cerebro debe reaccionar de a poco, es mucho tiempo el que lleva en coma, y va a necesitar tiempo para recordarlo todo, no es conveniente que sufra emociones fuerte y mucho menos disgustos, Esta tarde lo visitará un neurólogo, haremos unas pruebas y las mantendremos al tanto. Ahora es preferible que descanse.

– Pero ¿está bien? ¿se va a mejorar?, Martina lloraba sin parar, eran demasiadas emociones juntas y había explotado, abrazada a Tamara que intentaba calmarla, le dijo

– confío en usted doctor, siempre lo hice.

Cuando había pasado la exaltación,  llegó Carlos, con su uniforme de guardia civil.

– He recibido el mensaje, ¿qué ha pasado? ¿Está bien?

– Sí tranquilo, se abrazó a su madre como nunca antes lo había hecho.

– Se ha despertado y ha cobrado el conocimiento, solamente tenemos que esperar para que dé a poco se vaya enterando de las cosas, tiene que descansar y no hay que confundirlo.

– Había pensado en que ustedes de momento no entraran a verlo.

– ¿Pero por qué? – Preguntó protestando Carlos.

– Porque es mucho tiempo el que ha pasado y hasta que no se oriente no conviene que los vea así.

Carlos aceptó pero no estaba de acuerdo, quería ver a su padre, lo echaba tanto de menos, se había perdido muchos momentos junto a él, muchas preguntas que hacerle de hombre a hombre, cosas que hasta con su madre le daba vergüenza, pero la vida lo había llevado a sufrir esta etapa y ahora estaba feliz, muy feliz de que las cosas empezaran a salir bien.

Tamara era más callada, su procesión la llevaba por dentro, se había vuelto introvertida, preocupada sólo por el bienestar de su madre y su padre, y se había olvidado de ella misma, no salía con las amigas, ni iba de compras, ni tenía novio. Sólo trabajaba y se iba a casa, ella se ocupaba de todo lo que su madre no podía hacer estando en el hospital, aunque era inútil estar allí, el mayor deseo de Martina era que cuando despertara Hugo, ella estuviera esperándole con los brazos abiertos.

La camilla se movía de una lado hacía otro, sentía que iba a velocidad, no era mucha pero pudo sentir un leve aire fresco en el rostro, le gustó sentirlo quiso acariciarlo pero rápido lo subieron a la ambulancia, el estudio que iban a hacerle era en otro hospital así que había que trasladarlo, Martina iba sentada al lado del conductor, la observaba intentaba hablar pero le costaba un poco, estaba sedado y se sentía todo el tiempo drogado y mareado incapaz de pronunciar palabra alguna.

– ¿Cómo ha salido todo?- preguntó Martina al ver salir al médico del consultorio.

– Muy bien, el caso de su marido es sorprendente, nunca habíamos visto una recuperación casi total de las funciones cerebrales y motoras después de un coma de tanto tiempo. Le vamos a ir quitando la sedación y podrá hablar con él,  lo que pasó hay que contárselo poco a poco, dejarlo que recuerde las cosas por sí mismo, contara con la ayuda de un especialista en la materia.

– Estoy feliz de que esté bien, pero tengo miedo que no acepte la realidad que vivimos hoy, cuándo sepa la verdad. Martina estaba preocupada y tensa.

– Para eso va haber tiempo, no es conveniente que sepa todo de golpe.

Martina había hablado con sus hijos y ya estaban en el hospital nuevamente, el médico le había dicho que si todo salía bien, pronto estaría en casa. Su preocupación se notaba en su cara, sus ojos brillaban pero su expresión denotaba miedo e incertidumbre.

– ¿Cómo te sientes?

– Confuso, estoy un poco mareado. ¿Y los chicos porqué no vienen a verme?

– El doctor ha dicho que las visitas de a poco, no debes tener fuertes emociones

– ¿Pero qué pasa? Siento como si todos me engañaran

– ¿Qué es lo último que recuerdas? Dijo esquivando la respuesta

– No empieces como el doctor, dime ¿qué pasó, qué día es hoy, cuándo nos vamos de aquí, y el negocio, te ocupas tu del negocio?

– Vale, vale son muchas preguntas de golpe.

Martina le sostuvo la mano y le dijo

-te quiero y estas de nuevo con nosotros eso es lo que importa-

– Tuviste un infarto que derivó en un coma, has estado un tiempo descansando cariño, y nosotros, hemos estado aquí cuidándote.-

– ¿Pero cuantos días he estado así?

– Unos cuantos, hoy hablaremos con un especialista y podremos despejar todas tus dudas, ahora descansa.

Hugo cerró los ojos lentamente y se durmió.

Era martes del año 2018, tenía fuerzas para levantarse, comía solo y poco a poco recuperaba fuerzas, el psicólogo había tenido varias sesiones con él, habían hablado de sus recuerdos, de lo que había hecho él en su vida, de sus ambiciones, de lo que quería hacer al salir  de allí. Había llegado el momento de decir la verdad.

– Llevamos hablando un buen rato, y nadie me dice lo que realmente pregunto.

– Hugo, tuviste un infarto muy grave, caíste en coma profundo y pensamos que no despertarías, es normal que nos tomemos un tiempo para ir asimilando las cosas.

– ¿Cuánto tiempo he estado durmiendo? – Dijo con sarcasmo, mientras fruncía el ceño.

– Cuatro años

– ¿qué? – Dijo sorprendido, conmocionado, sus ojos se abrieron como dos platos.

– ¿Me está diciendo que he perdido cuatro años de mi vida durmiendo?, no lo puedo creer. Quiero ver a mi familia, quiero saber que ha pasado este tiempo, ¿mis hijos, van a la universidad?

– Estamos en el año 2018, sus hijos hoy mismo estarán aquí.

– Ahora creo ha sido suficiente información por hoy, usted descanse y mañana continuaremos.

Hugo se sentía confuso, no podía creer que cuatro años de su vida estaban tirados a la basura, en ese momento se vino a la mente la bodega, el negocio, el golpe. Se nubló su vista y tuvo que respirar pausadamente ya que sus pulsaciones habían aumentado.

Lo recordaba todo, recordaba su proyecto, recordaba su amor por su trabajo, su vida entera pasó frente a sus ojos en escasos minutos.  Había encontrado los documentos en dónde decía que ya nada le pertenecía, en dónde lo había perdido todo, ya no tenía nada.

Cuando el vino estaba por salir a distribución Roberto había realizado unas transacciones financieras que no habían salido bien, cómo máximo inversor tenía acceso a documentación y firma legal de la empresa, todo había salido mal y estaban en banca rota, no había dinero para los empleados, ni para la distribución, venta. Marketing y demás cosas de las cuáles Roberto se encargaría, Hugo solamente tenía que ocuparse de que el vino fuera excelente.

Recordó el momento en que leyó la documentación, se quedó estupefacto, se vinieron a su mente la hipoteca de la casa, sus hijos, Martina, su vida entera se desmoronaba.

Se desplomó como un saco de patatas, desvanecido no intentó pedir auxilio, deseaba morir, antes que ver a su familia en la calle.

– ¿Permiso se puede? Preguntó Martina al entrar en la habitación

Con los ojos llorosos y un nudo en la garganta, Hugo dijo:

– Lo recuerdo todo Martina, ¿qué hice? Arruiné tu vida y la de los chicos.

– No es verdad, estamos bien y feliz de que estés de nuevo con nosotros, ¿están afuera, les digo que pasen?

– Sí por favor, la cara de Hugo expresaba una combinación de resentimiento, culpabilidad, emoción, lloraba, reía, no sabía que decir.

Al verles entrar, suspiró, estaban irreconocibles, Carlos alto y fuerte, moreno como él, con los ojos tristes y sinceros. Tamara era toda una mujer, parecía que habían pasado mil años. Se abrazaron los tres tan fuerte como pudieron hasta que crujieron sus huesos, se besaron y se miraron con afecto y consolación.

– Lo siento, lo siento repetía Hugo mientras rompía a llorar

– No pasa nada dijo Carlos, estás vivo y eso hay que celebrarlo, vamos hacer una juerga de bienvenida que vas a flipar.

– No lo abrumes con fiestas ni nada, se apresuro a decir Támara, ahora lo queremos para nosotros y no vamos a compartirlo con nadie-

Se pasaron un buen rato hablando de anécdotas y recuerdos de pequeños, Hugo pudo sonreír  al fin. Poco a poco se fue enterando de la verdad, sus hijos trabajaban y su mujer se encargaba de una vecina mayor, doña Concha, vivían en un piso de alquiler un poco apretados pero felices; leyó en las noticias que Roberto estaba detenido por estafa e imputado por diferentes delitos fiscales, se alegró que pagara de alguna forma todo lo que su familia había sufrido por su culpa.

Volver a empezar es difícil, pero si te acompaña el amor de tu familia se puede hacer hasta lo imposible, sobreviví gracias a ellos y hoy estoy aquí, recuperado, listo para seguir luchando, vida hay una sola y yo ya perdí demasiado tiempo.

Volver a empezar es difícil, pero si te acompaña el amor de tu familia se puede hacer hasta lo imposible

Volver a empezar es difícil, pero si te acompaña el amor de tu familia se puede hacer hasta lo imposible

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Relato breve.

02/02/2015

La Fuente

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Fuente resplandeciente y bella, llena de misterio.

Fuente resplandeciente y bella, llena de misterio.

Esa noche Marcos descubrió que la belleza la podemos tener tan cerca como queramos, sólo hay que saber verla.

 

Hace años que pasaba por la misma avenida, siempre hacía el mismo recorrido los mismos pasos, las mimas miradas, tenía cronometrado el tiempo que tardaba desde su casa hasta la tienda. Nunca se detenía a ver los escaparates ni los carteles con ofertas de rebaja al cincuenta por ciento o al setenta por ciento. Su mente divagaba por sus pensamientos privados, aquellos secretos que guardaba. El trayecto hacia el trabajo era tiempo de descanso, de relax, se dejaba llevar y no se centraba en nada, sus pies caminaban solos, ya sabían el camino. Incluso alguna vez cerró los ojos cuando caminaba y su cuerpo iba era incapaz de perder el rumbo.

Marcos era sencillo, vestía casi siempre con la misma ropa, tejanos, polos de colores y zapatos náuticos, era clásico pero sabía combinar los colores y los modelos. Bueno sería raro que no lo hiciera trabajando en una tienda de ropa masculina. No era algo que le atrajera mucho, pero de momento era lo que tenía y debía llevar el pan a casa.

La tienda estaba en pleno centro frente a la plaza principal, siempre había gente en esa avenida, era la calle principal de la ciudad, y a parte de estar lleno de turistas, los comercios que rodeaban la plaza eran de primeras marcas, Dior, Versace, Dolce Gabanna  entre otras.

Ese día  Marcos se encontraba inmerso en sus pensamientos, le habían notificado que viajaría a Londres con el representante de la tienda a ver la nueva colección de la marca Lince Line para la cual trabajaba.

-Londres, nunca imaginé que viajaría fuera del país y encima a la producción de una colección, qué dirá la familia cuándo se entere me muero de ganas de ver la cara de Sole, seguro que hasta siente envidia- pensaba callado mientras veía por el escaparate pasar a la gente con bolsas de una tienda y otra.

Volvió a tierra en el instante en que entró una mujer a la tienda, era elegante alta y morena, parecía que se había hecho algunos retoques en la cara y los pechos pero aún así era guapa, fue a  atenderla de inmediato, muy  servicial como siempre entre saludos cordiales entendió que buscaba un traje para su marido, era un regalo y quería lo mejor.  Después de ver varios modelos, la mujer le dijo:

-¿Ve usted aquella fuente de en frente?-

-Sí-  contestó sin saber bien a dónde iba con esa pregunta.

-Pues, quiero que mi marido al acercarse brille como un metal precioso, qué esté reluciente, resplandeciente. Tiene que ser el traje adecuado para el momento adecuado y el lugar adecuado, eso es lo que necesito. – dijo soltando una mirada entre distraída y melancólica.

Marcos entendió bien que era muy importante para ella, pero qué demonios tenía que ver la fuente y el momento y lugar perfecto, a qué venía eso, se preguntó.

Consiguió un traje elegante y moderno, ni muy formal ni muy sport, según sus criterios era lo que tenía para ofrecer.

Empaquetaron el traje en una percha de madera muy fina, junto con una funda color azul impermeable que tenía bordado el nombre de la empresa en el lado posterior.

La mujer dedicó una sonrisa a Marcos mientras se despedía y muy sutilmente le señaló con la mirada la fuente.

Marcos respondió a su sonrisa con un gesto cortes y sonriendo también.  Cuando ya no hubo ni rastro de aquella mujer morena de ojos negros y románticos, miró la fuente y se quedó maravillado. No entendía como era que no lo había visto antes. Nunca le había prestado atención, pero esa fuente irradiaba belleza y en ese momento también un misterio, que descubriría al salir de la tienda.

Al cabo de dos horas se encontraba parado allí, hipnotizado, el color cristalino del agua, el sonido de las gotas al caer, el resplandor del que hablaba aquella mujer. Cerró los ojos, noto la brisa acariciar su rostro, el sonido del chorro central de la fuente era relajante, se perdió en él. ¿Cómo es que nunca lo había notado?, la paz que irradiaba inserta en medio de un tumulto de gente que iba y venía  con prisas.  Tal cómo él había hecho durante tanto tiempo.

La noche cayó y Marcos se alejó, su última mirada hacia la fuente lo motivaron a pedir un deseo, ilusionado o fantaseando caminó alrededor de ella, una fuerza magnética lo atraía más y más y él a contra fuerza, caminaba hacia al lado opuesto.

Esa noche Marcos descubrió que la belleza la podemos tener tan cerca como queramos, sólo hay que saber verla.

Fuente con belleza y resplandor.

Fuente con belleza y resplandor.

 

 

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Relato breve.

26/01/2015

Éxtasis

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Mi cerebro no lo podía controlar, vibraciones, sensaciones, espasmos.

Mi cerebro no lo podía controlar, vibraciones, sensaciones, espasmos.

Lo que realmente quería era soltar mi el pelo, arrancar mi ropa, derrochar pasión y sexo, y mucho sexo.

 

Salí de la oficina con mucha prisa, si me retrasaba más de un minuto perdería el tren y no me apetecía esperar el siguiente, estaba cansada. Quería llegar a casa pronto, relajarme, leer, o tal vez escuchar música mientras cocino algo. Estaba aburrida de mi vida, necesitaba un cambio pero aún no sabía cuál, tal vez era la soledad que me estaba presionando.

Al subir al tren vi que venía casi completo, era  hora punta, todo el mundo salía de trabajar, no me apetecía en lo más mínimo ir de pié, los tacones me estaban matando, me daban puntadas, deseaba tirarlos por la ventana, ocho horas de pié con tacones es para morirse.

Había un asiento libre a mi derecha, así que sin dudarlo me dirigí para sentarme y rogar que ninguna persona mayor se acercara y tuviera que cederle el tan ansiado asiento.

A mi lado había un joven sentado, al pedirle permiso para pasar levantó la cabeza y sus ojos azules me impactaron, no pude evitar mirarlo fijamente hasta que esquivó la mirada incómodo y yo sonrojada me senté a su lado. Iba leyendo un libro de Gabriel García Márquez, pude mirar de reojo que era la novela “Crónica de una muerte anunciada”, ya la había leído, una novela impactante, con la muerte del escritor la reedición de sus libros más famosos había estallado, todo el mundo leía obras suyas.

Era alto, sus brazos eran largos y delgados también sus manos que atrapaban aquel libro, con dedos largos y finos, las uñas las llevaba cortas y limpias eso decía mucho de su higiene, o al menos para mí.

Pude ver que no tenía anillos, por lo que supuse que no estaba ni casado ni comprometido. Pensé, bien por mí, es mi oportunidad, tenía que hablarle, darle conversación. Pero no quería ser brusca e interrumpirle la lectura; prefería observarlo unos instantes más antes de dar el primer paso.

Su pelo color castaño claro hacía contraste con sus ojos, un azul que jamás había visto. Su piel era dorada, por lo que podía concluir que tomaba el sol, brillaba al rozarle los rayos de sol que se colaban por la ventana.

En un momento me imaginé a nosotros juntos en la playa, me sorprendí de lo que estaba pensando, al fin al cabo era un desconocido, alguien con quien compartiría sólo un viaje en tren.

Quería que el tiempo se detuviera, para disfrutar más de él. Pude acercarme lentamente y con gesto de disimulo lo rocé para sentir su piel, un aroma a perfume me inundó los pulmones, tan suave y tan sexy, suspiré y noté que me estaba excitando.

No podía creer que me estuviera pasando esto, allí mismo, sentía calor entre mis piernas, mi pelvis realizaba movimientos; intentaba ser discreta, tal vez buscando posición, lo que realmente quería era subirme encima de él y menearme con fuerza y soltura, soltar mi pelo y arrancar mi ropa, derrochar pasión y sexo, y mucho sexo.

Pero qué estaba pensando me preguntaba,  el sudor empezó a recorrer mi cuerpo, aflojé un botón de la camisa intentando encontrar aire y a la vez llamar su atención, mi vagina comenzó a palpitar y decidí fundirme en ese sentimiento que tanto hacía que no tenía, claramente era un calentón, pero la fantasía y el deseo me hicieron continuar.

Mi cerebro no lo podía controlar, seguía mandando órdenes allí abajo, vibraciones, sensaciones, espasmos. Sentía humedad en mis bragas, y no me importó, lo miré una última vez y cerré los ojos, me fundí en pensamientos obscenos, carnosos, pasiones que nunca había experimentado, él y yo  arrancándonos la ropa, besándonos con locura, acariciándonos y masturbándonos mutuamente, el calor subía de mi pelvis hacia todo mi cuerpo, mientras sentía que me penetraba con fuerza y  que mis gemidos eran profundos y libres, los movimientos eran coordinados, no podíamos parar, la respiración se entrecortaba y los músculos se tensaban aún más, hasta que llegó el éxtasis, una explosión de placer que hacía menearme aún más en el asiento,  un suspiro final, relajó mi cuerpo, y con los ojos cerrados me fundí en una relajación profunda.

Al cabo de unos minutos abrí mis ojos delicadamente y noté que estaba empapada, el tren tenía aire acondicionado, no hacía demasiado calor fuera, me sonrojé de lo que acababa de sentir.

Abrí mi bolso y saqué un pañuelo, cuidadosamente lo pasé por mi rostro y pecho, no quería correr mi maquillaje, ni tampoco quedar como una sudorosa, en ese instante él me miró y mientras me fundo en sus ojos, se levanta del asiento para marcharse.

– Lo siento,  me bajo en la próxima parada- dijo al entorpecer con su mochila mi bolso.

-No te preocupes, dije con la voz casi entrecortada.

Me hubiese gustado darle las gracias por el hermoso orgasmo que acababa de regalarme, pero simplemente dije adiós, sin parar de mirar su culo al bajar.

Dudé en asomarme por la ventana y ver qué dirección tomaba, pero en el último instante giré mi cabeza y un guiño de ojo iluminó mi rostro, sonrojándolo una vez más.

Se me sacudió el corazón, era imposible que sintiera algo por esa persona que no sabía ni quién era, ni su nombre, ni sus gustos, ni nada de su vida, pero que acababa de provocarme el mejor orgasmo de mi vida, y en medio de un tren lleno de gente.

Llevaba unos pantalones color crema, y un polo azul que combinaba a la perfección con sus ojos.  Parecía dulce, tierno, sencillo.

A partir de ese día tomé el tren a la misma hora y mientras pude me senté en el mismo asiento buscando un nuevo orgasmo cada día.

Un suspiro final, relajó mi cuerpo, y con los ojos cerrados me fundí en una relajación profunda.

Un suspiro final, relajó mi cuerpo, y con los ojos cerrados me fundí en una relajación profunda.

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Relato breve.

29/12/2014

La Torre

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Alma negra llena de Dolor

La torre

La torre

El corazón se me desgarró en el instante en que escuché su voz, era inconfundible, ronca áspera, en tono grave, siempre imponiendo autoridad, no podía enfrentarlo, le temía, el miedo inundaba mi pecho llenándolo de un dolor intenso, un nerviosismo que se mezclaba con un temblequeo en el cuerpo que en ocasiones parecía que me iba a desvanecer frente a la puerta.

El Castillo era grande, siempre le habían gustado los lujos, así que se compró un castillo, estaba alejado de todo, en las afueras de la ciudad, el parque que lo rodeaba era inmenso y espectacular, con un pequeño lago rodeado de árboles que a su alrededor tenía bancos para tomar el sol de primavera. Los miraba desde la ventana en lo alto de la torre, el sol reflejaba sus rayos en el césped verde que volvía su color aún más intenso.

Las habitaciones eran grandes y espaciosas, lujosas, con mucho estilo y arte, los mejores diseñadores habían cruzado esas paredes improvisando, moldeando y creando grandes diseños dignos de observación y encanto. Un Picasso, un Dalí, las obras de arte magnificas que rodeaban el salón volvían irresistible el cruzar sus pasillos.

Entre tanto encanto, cultura y derroche de estilo se ocultaba una puerta oscura, estaba segura que era la del infierno, tal vez había muerto y mi lugar era allí, o tal vez estaba viva, y mi vida era un infierno, era graciosos pensarlo, últimamente la realidad ya no formaba parte de mi entorno, todo era irreal y aterrador.

El pánico había marcado mis huesos, encorvada y con los puños cerrados mi cuerpo no era el de antes, los años habían pasado y casi no me reconocía. Una vez me escapé, tomé mucho valor para hacerlo, pude llegar hasta una de las habitaciones de la primera planta, era de color rosado tenía un espejo grande enfrente de la cama, camine hasta ponerme frente a él con los ojos entreabiertos, cuando miré aquel rostro envejecido, triste y demacrado no pude ver a Carla, esa adolescente, con el pelo rizado y los ojos verdes, sonriente y entusiasta. El impacto fue grande, más grande fue el castigo cuando me hallaron inmóvil, tratando de hablar con esa desconocida.

No debía desobedecer, se pagaba caro, con el tiempo te acostumbras, las pesadillas cesan, y la fuerza de voluntad también, las ganas de luchar desaparece y sólo queda el miedo a que llegue la noche.

Se podían ver hermosos amaneceres desde la torre, ésta no estaba decorada con grandes pinturas ni espectaculares libros, no estaba pintada de rosa y tampoco tenía enormes espejos. Era mi torre, creo que después de treinta años aquí, podía decir que era mía, digo treinta años pero es un cálculo aproximado, no se en que año estamos, ni qué día, ni la hora, sólo sé, cuando amanece y cuando se oculta el sol.

Al principio intentaba controlar el tiempo, llevar un cálculo, pero fue inútil, no pude hacerlo. Sofía me dio un libro una vez, lo leí tantas veces que puedo recordarlo casi de memoria, sentía que los personajes de aquella historia formaban parte de mi vida, los podía adoptar como familia. En escondidas lo leía una y otra vez, era una historia de batallas y los que ganaban eran los más fuertes, los que nunca bajaban los brazos, ese libro me dio fuerzas para luchar los primeros años, pero luego lentamente fue perdiendo su efecto.

En un descuido de Sofía, una tarde en la que estaba agobiada e indispuesta, saqué de su maleta papel y un bolígrafo, lo guardé como un tesoro, no podía desaprovechar ni un centímetro de hoja y ni una gota de tinta, tenía tanto para decir, al principio me costó intentar escribir, había perdido la práctica, intentaba copiar las letras de aquel libro.

Comencé a escribir contra la puerta, de espaldas, encorvada en el suelo, si se acercaban a la ventana no podrían verme, ya tengo el oído agudo y escucho perfectamente los pasos, hasta el aliento cuando se acercan a unos metros de la puerta. Por fin tenía algo mío, algo que me pertenecía, una palabra, un dialogo, un signo.

Y comencé a escribir como pude y cuando pude, a veces el dolor en el cuerpo no me permitía colocarme en una posición evitando ser descubierta, otras veces el amanecer era cálido y me daba fuerzas para intentarlo.

Alma negra, llena de dolor,

cargada de llanto, sin consolación.

Testigo de pena y de rencor,

aborrecida de la vida y de su esplendor.

Sonrisa apagada, morado era su color,

Ojos tristes sin resplandor.

Desde una torre podía ver el sol,

pero nunca sentirlo en su corazón.

Alma negra llena de dolor,

alcanza las nubes en su elevación,

sobre una estrella posar fue su intensión.

Aquella noche la aflicción se despidió,

para en un nuevo día volver a ver salir el sol.

Sus pasos al caminar eran característicos como su voz, mi corazón palpitaba sin parar, la puerta se abrió, su rostro oscuro y envejecido se posó a mi lado, ya sabía lo que pasaría pero no podía parar de temblar, de repente el día se volvió oscuro, se llenó el cielo de nubes, una fuerte tormenta se desató.

La torre

La torre

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Relato breve.

11/09/2014

Amor entre Llamas

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Estaba deslumbrada ante tanta belleza, no esperaba a nadie y ahí estaba él, parado frente a ella, con cara de felicidad

 

Cayó al suelo, sus oídos quedaron sordos, casi no podía moverse,  podía sentir el olor a humo, y  un calor intenso.

Cayó al suelo, sus oídos quedaron sordos, casi no podía moverse, podía sentir el olor a humo, y un calor intenso.

 

Estaba sentada en el sofá de la casa leyendo un libro cuando sitió la explosión, los cristales de la ventana estallaron, en segundos sentía el ardor de esos diminutos pedazos de cristal incrustados en su piel.

Cayó al suelo, sus oídos quedaron sordos, casi no podía moverse,  podía sentir el olor a humo, y  un calor intenso. Había fuego en la casa, las llamas todavía no habían llegado al salón pero su intensidad se hacía notar. Tenía que ser rápida, moverse y pedir auxilio.  Se arrastraba por el suelo intentando levantarse, cuando lo consiguió se dio cuenta que sus piernas estaban débiles, apenas podía dar pequeños pasos.

El ventanal del salón había quedado destruido,  estaba en el piso número seis, la posibilidad de saltar era nula.

Ya comenzaba a sentir un pitido en sus oídos y a lo lejos podía descifrar una  sirena, sabía que venía ayuda, pero tenía que hacer algo, para alejarse de las llamas o para salir de allí.

Tosiendo sin parar trató de acercarse al baño, todavía allí no había llegado el fuego, encendió todos los grifos que pudo y colocó tapones para que el agua se acumulara. Mojó todo su cuerpo, el fuego avanzaba rápidamente, ya no tenía ideas, el temor se había apoderado de ella.

No era la primera misión de David, estaba formado y capacitado, llevaba 10 años formando parte del real cuerpo de bomberos.

El edificio estaba desalojado aparentemente no había víctimas, con excepción de Paula que atemorizada y casi sin fuerzas estaba escondida en el baño.

David ya había planeado el rescate, subirían con la escalera de la autoescala para ingresar por la ventana del salón, era riesgoso utilizar el ascensor o las escaleras interiores de edificio. El fuego se iba expandiendo de manera rápida.

La manzana había sido acordonada y cerrada, los vecinos de Paula que no eran muchos, ya estaban a salvo.

El humo se acercaba cada vez más, en cualquier momento podía quedar inconsciente. Ya casi no quedaba oxigeno.

El baño tenía una pequeña ventana circular, casi como del tamaño de la cabeza de una persona, estaba cerrada y el tiempo había hecho que se oxidara su estructura y era difícil de abrir, lo intentó en varias ocasiones sin resultados beneficiosos. Era el momento de abrirla o moriría asfixiada, la ayuda ya estaba en el edificio pero apenas podía respirar, se estaba desvaneciendo y  cerrando los ojos.

Se subió al bidé con escasa fuerza y empezó a golpear la ventana intentando abrirla, daba a un patio interior que ningún vecino utilizaba y que no estaba demasiado cuidado ni higiénico. Era su última esperanza. El intento fue fallido, no pudo abrirla, sentada en el baño, rodeada de agua, un sueño dulce y suave se apoderó de ella, la llevó a otra parte, lejos del miedo, del calor, y de la desesperación por no poder respirar.

Una luz intensa la deslumbró al abrir los ojos, sólo podía ver el techo color blanco y esa luz que no le permitía seguir explorando. Intentó moverse, entender lo que pasaba pero todo era confuso, miles de preguntas vinieron a su cabeza. Estaba cansada, adormecida, por momentos pensaba que estaba soñando, que ese lugar no era real. No se podía mover mucho, respiraba con dificultad.

-Buenos Días, señorita  Aguirre, ¿Cómo se encuentra?- era una voz dulce y pausada. Paula intentaba ver su rostro, relacionarlo con alguien o algo pero fue inútil.

-¿Quién es usted?, ¿Dónde estoy?

-Tranquila, vamos despacio, todavía está bajo los efectos de la medicación, tardará un rato en volver en sí, lo importante es que se ha despertado. Soy el doctor Carbajal, es un placer verla despierta, poco a poco iremos dando más detalles, ahora debe descansar, ya habrá tiempo para preguntas y respuestas- Se marchó despacio, vestía una bata blanca, y llevaba un accesorio de médico en el cuello.

Paula insistía en no volver a dormir y atar cabos sueltos, que hacía ella allí, qué había pasado, cuánto tiempo había pasado. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la luz del techo, podía ver a su lado izquierdo una maquina que marcaba varias cosas, números y rayas desiguales, algunas encorvadas. En el frente un ramo de flores  blancas, que daban vida al espantoso lugar dónde se encontraba.

Los recuerdos venían a su cabeza y se iban rápidamente, pasaban muy de prisa, recordaba cuando era niña jugando con su padre, cuando se partió un brazo y estaba en un lugar similar pero con la cara de su madre mirándola, y mimándola en todo momento. Ahora se encontraba sola, confusa e intrigada por quién había enviado flores, tal vez sean decoración de la habitación pensó.

Movió su mano y vio que tenía varias pinchaduras en el brazo, el suero conectado, le impedían que lo pudiera mover con facilidad. Le dolía todo el cuerpo, como si un camión hubiese pasado por encima de ella, sentía ganas de levantarse, incluso tenía la boca seca, deseaba beber una coca cola o un refresco azucarado.

La puerta se abrió y entró una mujer  con una enorme sonrisa en la cara, se dirigió a su brazo izquierdo le tomó la tención y la fiebre, las muecas en su cara aparentaban que estaba todo bien.

-¿Qué día es hoy?, preguntó despacio.

-Ya puede hablar, esto va por buen camino, me llamo Claudia, soy la enfermera que está de guardia hoy, cualquier cosa que necesite presione este botón de aquí – dijo señalando un pequeño aparato situado al lado de su mano derecha.

– Hoy es martes, a media mañana vendrá el doctor para hablar con usted, no se esfuerce en hablar  por el momento, guarde energías, pronto obtendrá todas las respuestas.

El tiempo pasaba lentamente, estaba un poco desconcertada intentaba recordar lo que había hecho el día anterior o bien el último día antes de entrar en el hospital pero no era capaz.

Escuchó voces que se acercaban, la puerta se abría lentamente.

-Hola señorita Aguirre-

-Vemos que ya está despierta y lúcida- acercó una silla y se sentó a su lado, llevaba la misma bata blanca que por la mañana temprano.

-¿Recuerda su nombre?

-Sí, me llamo Paula, ¿qué hago aquí?, ¿qué pasó?

-¿No lo recuerda?

-No, es todo muy confuso, tengo sensaciones pero no puedo saber qué es lo que pasó.

-No se preocupe es normal que su mente no lo recuerde, a veces los efectos traumáticos quedan ocultos en nuestro subconsciente hasta que nuestro cerebro se encuentra preparado nuevamente para traerlos al presente. Con tiempo ya irá recordando.

-Pero cuéntemelo usted, ¿cuándo vine aquí? , ¿Qué fecha es hoy?

– Hoy es martes once de febrero del año 2014, son las trece horas.

Paula pensativa no sabía qué decir, estaba asimilando la información pero se sentía tan confusa que hasta tenía ganas de llorar.

-Ha sufrido un accidente en su casa, hubo un incendio que la dejó inconsciente por una intoxicación  a causa de una combinación de gases tóxicos  debido al denso humo. Ha sido muy Valente Paula, y muy inteligente, si no se hubiese protegido como lo hizo tal vez hoy las cosas serían diferentes.

-Ahora le traerán la comida y luego podrán visitarla. ¿Desea que llamemos a alguien en especial?, no encontramos demasiada información de su entorno.

Paula pensativa y atónita, dijo -¿quién ha traído esas flores?

-Son de parte de David, es el bombero que la rescató, ha estado muy preocupado por usted-

– No quiero ver a nadie, prefiero estar sola-

Al salir el doctor dejó un aroma a perfume que hizo deleitar a su nariz, se perdió su cuerpo a través de la puerta desprendiendo un gesto de cariño con la mano. ¡Qué dulce! pensó Paula.

Eran las catorce horas cuando sonó el teléfono móvil, metió su mano al bolsillo, le costó encontrarlo ya que era muy pequeño para tan ancha y profunda abertura.

-Hola, ¿diga?

-Buenos Días, ¿con el señor David Bonet?

-Sí, soy yo-

-Le llamo del Hospital San Jorge, este es el número de contacto que hay para la paciente Paula Aguirre, la señorita se ha despertado hoy por la mañana, se encuentra estable y fuera de peligro-

-Perfecto qué buena noticia, ¿a qué hora puedo pasar a verla?, ¿en qué habitación se encuentra?

-La  trasladamos a planta baja, puede venir a partir de las dieciséis horas, en recepción le informarán, hasta luego.

-Hasta luego alcanzó a decir cuando la enfermera ya había colgado del otro lado.

La sonrisa de David se expandía sobre su rostro dejando ver sus dientes blancos impecables que hacían contraste con su piel morena y bronceada. Al subir a la oficina habló con su jefe, le comentó la noticia y se tomó la tarde libre, se lo debían. David era un hombre muy responsable, comprometido con su trabajo y con la gente al cien por cien. Era ágil, rápido y muy dinámico, sabía por dónde tirar en cada caso y estaba físicamente muy bien entrenado. Era exigente consigo mismo, su entrenamiento y rutina diaria habían formado un cuerpo que parecía esculpido por un artista. Solidario y vacilón cómo se definía en varias ocasiones había posado para calendarios benéficos en ropa interior y sin ropa.

La cabeza le giraba a mil por hora, ¿cómo qué se había incendiado todo?, sus  cosas, sus libros, su trabajo. Seguro no quedaba nada de aquello. Ese piso tan antiguo era su refugio, el lugar perfecto para ocultarse de este mundo que tantas decepciones le había dado. Se había diseñado su propio búnker como ella solía decir.

Paula era escritora, siempre le había apasionado la literatura, sobre todo la poesía, desde pequeña escribía por los rincones de la casa en vez de jugar con muñecas. Era una chica muy bohemia y solitaria, ella creaba su propio mundo interior entre verso y verso.

A los veinte años se quedó huérfana, sus padres fallecieron en un accidente de coche, fue el día más triste de su vida, ella era fuerte, sabía salir adelante, pero se hundió en su interior y el dolor se apoderó de ella alejándola de cualquier entorno normal de la vida cotidiana.

Trabajaba en una revista literaria on line, escribía poemas y también una columna de reflexión, lo que ganaba le alcanzaba para subsistir, le había quedado un mínima herencia que lo había invertido en aquel piso,  el edificio era antiguo y su interior aún más, pero ella encontró paz allí dentro y quiso quedarse, se ajustaba al precio que podía pagar. Quería una vida libre de exigencias de la sociedad y sin ataduras ni compromisos, tanto económicos como sentimentales.

Paula se había quedado sola en el mundo, no tenía relación con antiguos familiares, y tampoco había cosechado un círculo de amistades, sabía perfectamente que lleve el tiempo que lleve en el hospital a nadie le importaba su ausencia.

Los ojos de Paula se sobresaltaron cuando inmersa entre tanto recuerdo, sintió un leve golpe en la puerta.

-¿Se puede entrar?, asomando su cabeza con el pelo excesivamente corto, pareció iluminar toda la habitación con su ojos verdes, entró David lentamente sonriendo.

-¿Quién eres?, preguntó, estaba deslumbrada ante tanta belleza, no esperaba a nadie y ahí estaba él, parado frente a ella, con cara de felicidad. No podía creer que alguien se alegrara de que estuviera bien. Entre tanta soledad era un punto de apoyo que seguramente le aclararía las ideas, que haría que su vida vuelva a encajar.

-Me llamo David, soy el bombero que te rescató en tu piso, te he traído algo, espero te guste. No nos conocemos y no sé tus gustos pero para que tengas compañía- Le dio una bolsita de color rosa de la cual asomaba un poco de papel con textura suave y unas orejas largas.

Paula no podía dejar de mirarlo fascinada, estaba sintiendo algo que nunca había sentido, pensaba en qué le había pasado, en si su accidente había provocado un cambio en su personalidad, en su vida, o tal vez se había dado cuenta que estaba viva, y que debía aprovechar esta segunda oportunidad.

-¿Me ayudas a sentarme por favor?

– Si claro- Se acercó a ella y tomó un almohadón levantando su espalda lo colocó detrás para que estuviera más cómoda. Pudo sentir su piel, la notó suave, cálida.

– ¿Y? ¿No lo abres?

Sacó de la bolsa un conejo de peluche color gris, tenía las orejas largas y caídas y la expresión de su cara y su morro era graciosa. Paula soltó una sonrisa.

-Ya hace tiempo que dejé de jugar a las muñecas, me gusta mucho, si me ayudas lo colocaremos aquí encima de la mesilla, para que esté a mi lado. Muchas Gracias. Creo que con haberme salvado ya es suficiente, has cumplido con la sociedad.

-Fue gracias a ti, si no te hubieras escondido en el baño y no hubieras hecho lo que hiciste… No terminó la frase. –Bueno no vine a hablarte de eso, ¿cómo estás?, ¿cómo te sientes?

-Bien, hablando con el desconocido a cual le debo la vida, y un regalo, esbozó una sonrisa. Era impropio de ella, hablar con ironía, reírse y estar alegre, más bien era apagada, triste y directa. ¿Qué había pasado con la Paula de antes?, estaba sorprendida de sí misma y nerviosa. No quería que él lo notara.

– Cuéntame ¿cómo pasó todo, qué provocó la explosión?

David la miraba con ternura, parecía tan frágil e indefensa, tenía ganas de abrazarla, de mimarla y protegerla.

-Fue un escape de gas en la tubería, la estructura del edificio era antigua y no se había realizado el mantenimiento correcto,  afectó tu piso y algunos de tus vecinos que por suerte están todos bien.

– ¿Sueles visitar a todas las personas que salvas?, después que soltó la pregunta se arrepintió, sus mejillas se sonrojaron y un leve calor envolvió su rostro.

– No suelo hacerlo, ni puedo hacerlo- dijo riéndose, la miraba a los ojos y parecía el mundo detenerse, como si se entrelazaran y no pudieran separarse.

-Disculpa si soy imprudente, es qué estoy bastante confundida, parece que he olvidado comportarme.

-No digas  eso, no me ofende, ¿ha venido tu familia a verte?

-Lamentablemente no va a poder ser, creo que eres mi única visita. Su cara era de pena y resignación al mismo tiempo.

-Lo siento mucho, ahora el impertinente soy yo, te toca a ti perdonarme. Le guiñó el ojo tratando de zafar de la situación.

-¿Todo quedó destruido? ¿Se pudo salvar algo?, tenía mi trabajo allí, todas mis cosas, ahora ya sí que no tengo nada. Bajó la mirada.

-Me tienes a mí, vendré a verte mañana, no puedo contarte mucho, el médico me dijo que no te agobie con lo sucedido y yo soy muy obediente- Dijo riéndose y derrochando ternura y dulzura al hablar.

Con un gesto con la mano se despidió, ella hubiese preferido un beso, pero se conformaba, con cerrar los ojos y recordar su rostro. Se desvaneció en la cama intentando despejar su mente y descansar, solamente recordándolo a él.

El mundo que tanto había criticado, la religión de la cual había renegado, le estaban dando una segunda oportunidad, debía aprovecharla tal vez en recompensa de lo duro que fue estar sola tanto tiempo.

El sol entraba por la ventana, hacían brillar las cortinas blancas que caían hasta el suelo, el doctor Carbajal había prometido  que si todo marchaba bien se podría ir esa misma tarde, ya había pasado un mes desde que se había despertado, aún no recordaba nada de lo ocurrido. El seguro le había conseguido un piso en el centro, amueblado y se le había abonado una indemnización para que comenzara de cero. No era mucho pero para llenar el armario y la nevera le alcanzaría. Llamó a la revista en la que trabajaba para explicar su ausencia, ella trabajaba como freelance , por lo que no tenía contrato fijo, en cuanto consiguiera un ordenador y retomara su vida, volvería con su ritmo de trabajo.

Al salir del hospital y respirar el aire fresco sus pulmones se llenaron de más vida, se sentía libre, fresca y contenta. Tenía que pasar por el supermercado y algunas tiendas antes de ir a su nueva casa. De camino al centro comercial decidió cambiar el rumbo, se tomó un taxi  y se dirigió a su antiguo barrio, necesitaba ver lo, tal vez así recordaría.

El edificio seguía en pie pero estaba precintado y lo cubría toda una malla color verde, su ventana no se podía ver. Un suspiro viajó por su pecho, algunas lágrimas cayeron por sus mejillas.

Sintió una mano que tocó su hombro, hizo que diera un sobre salto, al darse vuelta David secó sus lágrimas, con sus dedos de forma delicada, y se fundieron en un beso apasionado, lleno de fuerza y vida.

-¿Cómo te has ido del hospital sin mí?

– Necesitaba pensar,  lo siento, ¿Cómo sabías que estaba aquí?

Le dio la mano y no se separó de ella ni un segundo. Paula nunca recordó lo sucedido, pero rehízo su  vida y descubrió que a veces estamos muertos en vida y que no lo merecemos, tenemos que despertarnos y ser felices, aprovechar cada segundo para ser feliz, y luchar sin bajar los brazos.

Tenemos que despertarnos y ser felices, aprovechar cada segundo para ser feliz, y luchar sin bajar los brazos.

Tenemos que despertarnos y ser felices, aprovechar cada segundo para ser feliz, y luchar sin bajar los brazos.

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Relato breve.

08/09/2014

El Sueño

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He soñado reiteradas veces que asesino a mi padre y a mi hijo.

Tranquila, estamos aquí para hablar relajadamente si quiere puede tumbarse y cerrar los ojos si le hace sentir más cómoda.

Tranquila, estamos aquí para hablar relajadamente si quiere puede tumbarse y cerrar los ojos si le hace sentir más cómoda.

 

Estaba nerviosa, el Doctor  López me hizo pasar a la consulta  saludándome muy amablemente, su gesto cercano al abrir la puerta y su mirada dulce hizo que me sintiera más cómoda. El despacho era grande, muy amplio, había un escritorio grande de color marrón oscuro,  con un sillón grande que seguramente cubría toda la espalda al sentarse.  Enfrente había dos sillas más pequeñas, no parecían tan cómodas cómo el sillón.

Me hizo señas con la mano hacia un sofá que estaba en el lado derecho del despacho, al sentarme, noté su suavidad, él me miraba de una forma especial. Estaba acostumbrada a estar con hombres y nunca nadie me había mirado así, con ternura y simpleza. Ni mis curvas extravagantes, ni mi gran escote habían provocado nada en él.

Tenía el pelo canoso, un hombre adentrado en cierta edad, era normal que sea prudente con sus pacientes. Podría ser mi padre, tal vez era así como me miraba como un padre.

-Bueno señorita Arantxa, ¿qué es lo que la trae a esta consulta?-, su delicadeza hacía que le mirara embobada en vez de prestar atención a mis verdaderos motivos.

– No sé, por dónde empezar, estoy un poco nerviosa-

– Tranquila, estamos aquí para hablar relajadamente si quiere puede tumbarse y cerrar los ojos si le hace sentir más cómoda. -Prefería observar su rostro y sus gestos, así que desistí de su proposición.

-Últimamente no me encuentro bien, mi vida nunca ha sido fácil, pero estoy teniendo pesadillas todos los días, no puedo descansar bien-

-¿A qué se dedica?

-Soy puta, dicho vulgarmente, ejerzo la prostitución como medio de subsistencia, para mantener a mi hijo y a mi padre- Observé detenidamente su rostro y no se sorprendió de mi oficio. Tenía razón Susana cuando me dio su número, no me siento incómoda.

-¿Sobre qué sueña?

Eso es lo alarmante doctor, son pesadillas muy feas que no paran y estoy empezando a tener miedo. Yo vivo con mi padre ciego, está mayor y enfermo y tengo un hijo de seis años, se llama Lucas, es muy guapo y cariñoso. He soñado reiteradas veces que asesino a mi padre y a mi hijo.

El doctor seguía sin sorprenderse y con tranquilidad me preguntó cuándo habían empezado los sueños, y con qué frecuencia los tenía.

-Hábleme sobre su padre-

Cuando era pequeña mi padre Francisco me decía: – eres una princesa muy bonita y cuando seas mayor serás una hermosa Reina.

–          ¿Reina de qué? Preguntaba con curiosidad

–          Reina de tu propio mundo, de tu vida y tu futuro. Cuando llegue el momento te darás cuenta.

Esas palabras aún están en mí, luché con todas mis fuerzas para llegar a ese reino, para ser la máxima autoridad de mi vida, pero las cosas no salieron como pensaba, la vida es muy difícil, el mundo muy complicado.

Mi padre se quedó ciego a causa de un accidente laboral, la empresa no se hizo responsable, y la subvención  que le asignaron no le alcanzaba para vivir, mi madre huyó cuando yo era muy pequeña, no se adaptó a la vida familiar, y decidió seguir volando  abandonándonos a los dos. Él sufrió mucho pero siguió adelante por mí, para que no me falte de nada, y ahora me toca a mí hacer lo mismo.

-¿Se siente en deuda con Francisco?

-No – Su pregunta me tomó desprevenida y me quedé muda.

-Amo a mi padre, jamás le haría daño, quiero lo mejor para él.

-Yo no he dicho que no le quiera, simplemente pregunto si siente que es su responsabilidad, si siente que le debe algo-

Su tono de voz era sereno, mientras hablaba tomaba nota en una libreta que apoyaba en su regazo, me intrigaba saber qué anotaba, tal vez en un descuido si estiraba mi cuello podría leer algo.

-¿Cuántos años tiene su padre?-

Sesenta y tres, él está bien, sólo que la ceguera lo complica todo, ya se acostumbró a moverse por la casa, pero no puede hacer su vida de antes. Durante el día yo estoy allí. Hasta las nueve de la noche, cuando me voy al club. Vuelvo sobre las siete de la mañana.

-¿Tiene miedo de perder a su padre, Arantxa?-

No sé, supongo que sí, todo el mundo tiene miedo cuando se trata de perder a un ser querido.

-¿Cuénteme el último sueño que tuvo?-

Fue todo muy extraño, me desperté sudada entera y agitada, nunca había pasado tanto miedo. Era de noche, estaba muy oscuro, yo caminaba con prisa, miraba hacia atrás pero nadie me seguía, trotaba cada vez más rápido, de pronto corría con todas mis fuerzas pero no avanzaba, intentaba mover mis piernas más rápido pero ahí seguía en el mismo lugar. Miró mis manos y tenía sangre en ellas, no entendía que había pasado. Aparecía mi casa a lo lejos, caminaba hacia allí, estaba la puerta abierta, los llamaba y no contestaban, y de repente estaban  tumbados en el suelo, miraba mi mano y ya no sólo tenía sangre si no, que tenía unas tijeras y comenzaba propinar puñaladas por todo su pecho, sin parar. En ese momento me desperté. No pude evitar alterarme al recordarlo, un escalofrío en mi cuerpo me hizo tocarme el pecho y desear colocarme una chaqueta encima.

-¿De qué tiene miedo?, ¿Cree que en realidad puede llegar a convertir en realidad sus sueños?

-No lo sé, a veces me siento cansada de todo, trabajar en la noche no es fácil, y cuando llego a casa muchas veces no puedo descansar, me siento sola y agotada-

-Tal vez ahí están sus respuestas, lo que siente es agotamiento y estrés, y su cuerpo lo está manifestando a través de sueños.  Se ha terminado por hoy, la espero el jueves, intente descansar, y relajarse-

Hablar con él me ayudó bastante, si bien ya sé que estoy agotada y cansada de todo, no es necesario pagar sesenta euros para que me lo diga un psicólogo. Me tengo que ir a casa rápido, ya esta anocheciendo, debo hacer la cena y preparar a mi padre para la cama.

Al llegar a casa, vi la  puerta abierta, me extrañó porque le tengo dicho a Francisco que no salga si estoy fuera de casa, al entrar había unas sillas tiradas sobre el suelo, me asusté, comencé a llamarlo a gritos a ambos, mientras recorría la casa, mi corazón latía fuerte, me faltaba el aire.

La cara se me descompuso al sentir un fuerte olor nauseabundo que venía de uno de los cuartos, sentía miedo, tanto como lo había sentido en mis sueños. Me miré las manos, temblaban pero estaban limpias no tenían sangre. Abrí lentamente la puerta, tuve que taparme la nariz porque no se podía respirar del fuerte olor.

Mi cuerpo se desvaneció, cayendo de rodillas, mis ojos brillaban pero no salían lágrimas de ellos, el silencio se apoderó de la situación.

Cuando pude recomponerme cerré la puerta con cuidado, y me dirigí al salón, cogí el teléfono y marque el número de Susana, mi amiga.

– Hola Arantxa, ¿Cómo estás?- contestó en el tercer tono.

– He vuelto a tener el mismo sueño-  dije mientras miraba la caja del costurero abierto sobre la mesa, estaba todo en su sitio, lo único que faltaba eran las tijeras.

Tenía en mis manos unas tijeras y comenzaba propinar puñaladas por todo su pecho.

Tenía en mis manos unas tijeras y comenzaba propinar puñaladas por todo su pecho.

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