ElQueAsesina - Escritura Creativa

Relato breve.

11/09/2014

Amor entre Llamas

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Estaba deslumbrada ante tanta belleza, no esperaba a nadie y ahí estaba él, parado frente a ella, con cara de felicidad

 

Cayó al suelo, sus oídos quedaron sordos, casi no podía moverse,  podía sentir el olor a humo, y  un calor intenso.

Cayó al suelo, sus oídos quedaron sordos, casi no podía moverse, podía sentir el olor a humo, y un calor intenso.

 

Estaba sentada en el sofá de la casa leyendo un libro cuando sitió la explosión, los cristales de la ventana estallaron, en segundos sentía el ardor de esos diminutos pedazos de cristal incrustados en su piel.

Cayó al suelo, sus oídos quedaron sordos, casi no podía moverse,  podía sentir el olor a humo, y  un calor intenso. Había fuego en la casa, las llamas todavía no habían llegado al salón pero su intensidad se hacía notar. Tenía que ser rápida, moverse y pedir auxilio.  Se arrastraba por el suelo intentando levantarse, cuando lo consiguió se dio cuenta que sus piernas estaban débiles, apenas podía dar pequeños pasos.

El ventanal del salón había quedado destruido,  estaba en el piso número seis, la posibilidad de saltar era nula.

Ya comenzaba a sentir un pitido en sus oídos y a lo lejos podía descifrar una  sirena, sabía que venía ayuda, pero tenía que hacer algo, para alejarse de las llamas o para salir de allí.

Tosiendo sin parar trató de acercarse al baño, todavía allí no había llegado el fuego, encendió todos los grifos que pudo y colocó tapones para que el agua se acumulara. Mojó todo su cuerpo, el fuego avanzaba rápidamente, ya no tenía ideas, el temor se había apoderado de ella.

No era la primera misión de David, estaba formado y capacitado, llevaba 10 años formando parte del real cuerpo de bomberos.

El edificio estaba desalojado aparentemente no había víctimas, con excepción de Paula que atemorizada y casi sin fuerzas estaba escondida en el baño.

David ya había planeado el rescate, subirían con la escalera de la autoescala para ingresar por la ventana del salón, era riesgoso utilizar el ascensor o las escaleras interiores de edificio. El fuego se iba expandiendo de manera rápida.

La manzana había sido acordonada y cerrada, los vecinos de Paula que no eran muchos, ya estaban a salvo.

El humo se acercaba cada vez más, en cualquier momento podía quedar inconsciente. Ya casi no quedaba oxigeno.

El baño tenía una pequeña ventana circular, casi como del tamaño de la cabeza de una persona, estaba cerrada y el tiempo había hecho que se oxidara su estructura y era difícil de abrir, lo intentó en varias ocasiones sin resultados beneficiosos. Era el momento de abrirla o moriría asfixiada, la ayuda ya estaba en el edificio pero apenas podía respirar, se estaba desvaneciendo y  cerrando los ojos.

Se subió al bidé con escasa fuerza y empezó a golpear la ventana intentando abrirla, daba a un patio interior que ningún vecino utilizaba y que no estaba demasiado cuidado ni higiénico. Era su última esperanza. El intento fue fallido, no pudo abrirla, sentada en el baño, rodeada de agua, un sueño dulce y suave se apoderó de ella, la llevó a otra parte, lejos del miedo, del calor, y de la desesperación por no poder respirar.

Una luz intensa la deslumbró al abrir los ojos, sólo podía ver el techo color blanco y esa luz que no le permitía seguir explorando. Intentó moverse, entender lo que pasaba pero todo era confuso, miles de preguntas vinieron a su cabeza. Estaba cansada, adormecida, por momentos pensaba que estaba soñando, que ese lugar no era real. No se podía mover mucho, respiraba con dificultad.

-Buenos Días, señorita  Aguirre, ¿Cómo se encuentra?- era una voz dulce y pausada. Paula intentaba ver su rostro, relacionarlo con alguien o algo pero fue inútil.

-¿Quién es usted?, ¿Dónde estoy?

-Tranquila, vamos despacio, todavía está bajo los efectos de la medicación, tardará un rato en volver en sí, lo importante es que se ha despertado. Soy el doctor Carbajal, es un placer verla despierta, poco a poco iremos dando más detalles, ahora debe descansar, ya habrá tiempo para preguntas y respuestas- Se marchó despacio, vestía una bata blanca, y llevaba un accesorio de médico en el cuello.

Paula insistía en no volver a dormir y atar cabos sueltos, que hacía ella allí, qué había pasado, cuánto tiempo había pasado. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la luz del techo, podía ver a su lado izquierdo una maquina que marcaba varias cosas, números y rayas desiguales, algunas encorvadas. En el frente un ramo de flores  blancas, que daban vida al espantoso lugar dónde se encontraba.

Los recuerdos venían a su cabeza y se iban rápidamente, pasaban muy de prisa, recordaba cuando era niña jugando con su padre, cuando se partió un brazo y estaba en un lugar similar pero con la cara de su madre mirándola, y mimándola en todo momento. Ahora se encontraba sola, confusa e intrigada por quién había enviado flores, tal vez sean decoración de la habitación pensó.

Movió su mano y vio que tenía varias pinchaduras en el brazo, el suero conectado, le impedían que lo pudiera mover con facilidad. Le dolía todo el cuerpo, como si un camión hubiese pasado por encima de ella, sentía ganas de levantarse, incluso tenía la boca seca, deseaba beber una coca cola o un refresco azucarado.

La puerta se abrió y entró una mujer  con una enorme sonrisa en la cara, se dirigió a su brazo izquierdo le tomó la tención y la fiebre, las muecas en su cara aparentaban que estaba todo bien.

-¿Qué día es hoy?, preguntó despacio.

-Ya puede hablar, esto va por buen camino, me llamo Claudia, soy la enfermera que está de guardia hoy, cualquier cosa que necesite presione este botón de aquí – dijo señalando un pequeño aparato situado al lado de su mano derecha.

– Hoy es martes, a media mañana vendrá el doctor para hablar con usted, no se esfuerce en hablar  por el momento, guarde energías, pronto obtendrá todas las respuestas.

El tiempo pasaba lentamente, estaba un poco desconcertada intentaba recordar lo que había hecho el día anterior o bien el último día antes de entrar en el hospital pero no era capaz.

Escuchó voces que se acercaban, la puerta se abría lentamente.

-Hola señorita Aguirre-

-Vemos que ya está despierta y lúcida- acercó una silla y se sentó a su lado, llevaba la misma bata blanca que por la mañana temprano.

-¿Recuerda su nombre?

-Sí, me llamo Paula, ¿qué hago aquí?, ¿qué pasó?

-¿No lo recuerda?

-No, es todo muy confuso, tengo sensaciones pero no puedo saber qué es lo que pasó.

-No se preocupe es normal que su mente no lo recuerde, a veces los efectos traumáticos quedan ocultos en nuestro subconsciente hasta que nuestro cerebro se encuentra preparado nuevamente para traerlos al presente. Con tiempo ya irá recordando.

-Pero cuéntemelo usted, ¿cuándo vine aquí? , ¿Qué fecha es hoy?

– Hoy es martes once de febrero del año 2014, son las trece horas.

Paula pensativa no sabía qué decir, estaba asimilando la información pero se sentía tan confusa que hasta tenía ganas de llorar.

-Ha sufrido un accidente en su casa, hubo un incendio que la dejó inconsciente por una intoxicación  a causa de una combinación de gases tóxicos  debido al denso humo. Ha sido muy Valente Paula, y muy inteligente, si no se hubiese protegido como lo hizo tal vez hoy las cosas serían diferentes.

-Ahora le traerán la comida y luego podrán visitarla. ¿Desea que llamemos a alguien en especial?, no encontramos demasiada información de su entorno.

Paula pensativa y atónita, dijo -¿quién ha traído esas flores?

-Son de parte de David, es el bombero que la rescató, ha estado muy preocupado por usted-

– No quiero ver a nadie, prefiero estar sola-

Al salir el doctor dejó un aroma a perfume que hizo deleitar a su nariz, se perdió su cuerpo a través de la puerta desprendiendo un gesto de cariño con la mano. ¡Qué dulce! pensó Paula.

Eran las catorce horas cuando sonó el teléfono móvil, metió su mano al bolsillo, le costó encontrarlo ya que era muy pequeño para tan ancha y profunda abertura.

-Hola, ¿diga?

-Buenos Días, ¿con el señor David Bonet?

-Sí, soy yo-

-Le llamo del Hospital San Jorge, este es el número de contacto que hay para la paciente Paula Aguirre, la señorita se ha despertado hoy por la mañana, se encuentra estable y fuera de peligro-

-Perfecto qué buena noticia, ¿a qué hora puedo pasar a verla?, ¿en qué habitación se encuentra?

-La  trasladamos a planta baja, puede venir a partir de las dieciséis horas, en recepción le informarán, hasta luego.

-Hasta luego alcanzó a decir cuando la enfermera ya había colgado del otro lado.

La sonrisa de David se expandía sobre su rostro dejando ver sus dientes blancos impecables que hacían contraste con su piel morena y bronceada. Al subir a la oficina habló con su jefe, le comentó la noticia y se tomó la tarde libre, se lo debían. David era un hombre muy responsable, comprometido con su trabajo y con la gente al cien por cien. Era ágil, rápido y muy dinámico, sabía por dónde tirar en cada caso y estaba físicamente muy bien entrenado. Era exigente consigo mismo, su entrenamiento y rutina diaria habían formado un cuerpo que parecía esculpido por un artista. Solidario y vacilón cómo se definía en varias ocasiones había posado para calendarios benéficos en ropa interior y sin ropa.

La cabeza le giraba a mil por hora, ¿cómo qué se había incendiado todo?, sus  cosas, sus libros, su trabajo. Seguro no quedaba nada de aquello. Ese piso tan antiguo era su refugio, el lugar perfecto para ocultarse de este mundo que tantas decepciones le había dado. Se había diseñado su propio búnker como ella solía decir.

Paula era escritora, siempre le había apasionado la literatura, sobre todo la poesía, desde pequeña escribía por los rincones de la casa en vez de jugar con muñecas. Era una chica muy bohemia y solitaria, ella creaba su propio mundo interior entre verso y verso.

A los veinte años se quedó huérfana, sus padres fallecieron en un accidente de coche, fue el día más triste de su vida, ella era fuerte, sabía salir adelante, pero se hundió en su interior y el dolor se apoderó de ella alejándola de cualquier entorno normal de la vida cotidiana.

Trabajaba en una revista literaria on line, escribía poemas y también una columna de reflexión, lo que ganaba le alcanzaba para subsistir, le había quedado un mínima herencia que lo había invertido en aquel piso,  el edificio era antiguo y su interior aún más, pero ella encontró paz allí dentro y quiso quedarse, se ajustaba al precio que podía pagar. Quería una vida libre de exigencias de la sociedad y sin ataduras ni compromisos, tanto económicos como sentimentales.

Paula se había quedado sola en el mundo, no tenía relación con antiguos familiares, y tampoco había cosechado un círculo de amistades, sabía perfectamente que lleve el tiempo que lleve en el hospital a nadie le importaba su ausencia.

Los ojos de Paula se sobresaltaron cuando inmersa entre tanto recuerdo, sintió un leve golpe en la puerta.

-¿Se puede entrar?, asomando su cabeza con el pelo excesivamente corto, pareció iluminar toda la habitación con su ojos verdes, entró David lentamente sonriendo.

-¿Quién eres?, preguntó, estaba deslumbrada ante tanta belleza, no esperaba a nadie y ahí estaba él, parado frente a ella, con cara de felicidad. No podía creer que alguien se alegrara de que estuviera bien. Entre tanta soledad era un punto de apoyo que seguramente le aclararía las ideas, que haría que su vida vuelva a encajar.

-Me llamo David, soy el bombero que te rescató en tu piso, te he traído algo, espero te guste. No nos conocemos y no sé tus gustos pero para que tengas compañía- Le dio una bolsita de color rosa de la cual asomaba un poco de papel con textura suave y unas orejas largas.

Paula no podía dejar de mirarlo fascinada, estaba sintiendo algo que nunca había sentido, pensaba en qué le había pasado, en si su accidente había provocado un cambio en su personalidad, en su vida, o tal vez se había dado cuenta que estaba viva, y que debía aprovechar esta segunda oportunidad.

-¿Me ayudas a sentarme por favor?

– Si claro- Se acercó a ella y tomó un almohadón levantando su espalda lo colocó detrás para que estuviera más cómoda. Pudo sentir su piel, la notó suave, cálida.

– ¿Y? ¿No lo abres?

Sacó de la bolsa un conejo de peluche color gris, tenía las orejas largas y caídas y la expresión de su cara y su morro era graciosa. Paula soltó una sonrisa.

-Ya hace tiempo que dejé de jugar a las muñecas, me gusta mucho, si me ayudas lo colocaremos aquí encima de la mesilla, para que esté a mi lado. Muchas Gracias. Creo que con haberme salvado ya es suficiente, has cumplido con la sociedad.

-Fue gracias a ti, si no te hubieras escondido en el baño y no hubieras hecho lo que hiciste… No terminó la frase. –Bueno no vine a hablarte de eso, ¿cómo estás?, ¿cómo te sientes?

-Bien, hablando con el desconocido a cual le debo la vida, y un regalo, esbozó una sonrisa. Era impropio de ella, hablar con ironía, reírse y estar alegre, más bien era apagada, triste y directa. ¿Qué había pasado con la Paula de antes?, estaba sorprendida de sí misma y nerviosa. No quería que él lo notara.

– Cuéntame ¿cómo pasó todo, qué provocó la explosión?

David la miraba con ternura, parecía tan frágil e indefensa, tenía ganas de abrazarla, de mimarla y protegerla.

-Fue un escape de gas en la tubería, la estructura del edificio era antigua y no se había realizado el mantenimiento correcto,  afectó tu piso y algunos de tus vecinos que por suerte están todos bien.

– ¿Sueles visitar a todas las personas que salvas?, después que soltó la pregunta se arrepintió, sus mejillas se sonrojaron y un leve calor envolvió su rostro.

– No suelo hacerlo, ni puedo hacerlo- dijo riéndose, la miraba a los ojos y parecía el mundo detenerse, como si se entrelazaran y no pudieran separarse.

-Disculpa si soy imprudente, es qué estoy bastante confundida, parece que he olvidado comportarme.

-No digas  eso, no me ofende, ¿ha venido tu familia a verte?

-Lamentablemente no va a poder ser, creo que eres mi única visita. Su cara era de pena y resignación al mismo tiempo.

-Lo siento mucho, ahora el impertinente soy yo, te toca a ti perdonarme. Le guiñó el ojo tratando de zafar de la situación.

-¿Todo quedó destruido? ¿Se pudo salvar algo?, tenía mi trabajo allí, todas mis cosas, ahora ya sí que no tengo nada. Bajó la mirada.

-Me tienes a mí, vendré a verte mañana, no puedo contarte mucho, el médico me dijo que no te agobie con lo sucedido y yo soy muy obediente- Dijo riéndose y derrochando ternura y dulzura al hablar.

Con un gesto con la mano se despidió, ella hubiese preferido un beso, pero se conformaba, con cerrar los ojos y recordar su rostro. Se desvaneció en la cama intentando despejar su mente y descansar, solamente recordándolo a él.

El mundo que tanto había criticado, la religión de la cual había renegado, le estaban dando una segunda oportunidad, debía aprovecharla tal vez en recompensa de lo duro que fue estar sola tanto tiempo.

El sol entraba por la ventana, hacían brillar las cortinas blancas que caían hasta el suelo, el doctor Carbajal había prometido  que si todo marchaba bien se podría ir esa misma tarde, ya había pasado un mes desde que se había despertado, aún no recordaba nada de lo ocurrido. El seguro le había conseguido un piso en el centro, amueblado y se le había abonado una indemnización para que comenzara de cero. No era mucho pero para llenar el armario y la nevera le alcanzaría. Llamó a la revista en la que trabajaba para explicar su ausencia, ella trabajaba como freelance , por lo que no tenía contrato fijo, en cuanto consiguiera un ordenador y retomara su vida, volvería con su ritmo de trabajo.

Al salir del hospital y respirar el aire fresco sus pulmones se llenaron de más vida, se sentía libre, fresca y contenta. Tenía que pasar por el supermercado y algunas tiendas antes de ir a su nueva casa. De camino al centro comercial decidió cambiar el rumbo, se tomó un taxi  y se dirigió a su antiguo barrio, necesitaba ver lo, tal vez así recordaría.

El edificio seguía en pie pero estaba precintado y lo cubría toda una malla color verde, su ventana no se podía ver. Un suspiro viajó por su pecho, algunas lágrimas cayeron por sus mejillas.

Sintió una mano que tocó su hombro, hizo que diera un sobre salto, al darse vuelta David secó sus lágrimas, con sus dedos de forma delicada, y se fundieron en un beso apasionado, lleno de fuerza y vida.

-¿Cómo te has ido del hospital sin mí?

– Necesitaba pensar,  lo siento, ¿Cómo sabías que estaba aquí?

Le dio la mano y no se separó de ella ni un segundo. Paula nunca recordó lo sucedido, pero rehízo su  vida y descubrió que a veces estamos muertos en vida y que no lo merecemos, tenemos que despertarnos y ser felices, aprovechar cada segundo para ser feliz, y luchar sin bajar los brazos.

Tenemos que despertarnos y ser felices, aprovechar cada segundo para ser feliz, y luchar sin bajar los brazos.

Tenemos que despertarnos y ser felices, aprovechar cada segundo para ser feliz, y luchar sin bajar los brazos.

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